Tonterías de un jueves por la tarde

¿Por qué todo se contagia?

A veces parece que los sentimientos vuelan por el aire, se te meten en la nariz y te hacen estornudar. Como una lágrima que cae de una mejilla a otra, como dos labios que al presionarse generan una corriente eléctrica que hace a la célula animal estremecerse de placer. Como el ritmo acompasado, lento, amargo, desgarrador, que acompaña al corazón, a todos los corazones, hasta que se convierten en algas verdes y viscosas en el fondo del mar. Como el grito que desencadena la tormenta.
No sirve de nada criticar, porque luego me descubro teniendo ideas algo hipócritas, incontenibles pero censurables. Cosas que nunca saldrán de mi boca, y que mi cerebro rechaza con pudor. De todas formas, da absolutamente igual. No sirve de nada hacer diferencias, porque a la hora de la verdad toda la gente tiende hacia lo mismo, nos guste o no. O la mente cambia y no la podemos controlar. O nos manejan más de lo que pensamos. No sé, tendré que pensarlo más.
Por ahora sólo sé que todos somos el mismo, y todos somos iguales.

stuff (nuevo extracto del diario)




11/III/2010

Cosas que me gustan: el té amargo con mucho azúcar, andar descalza, el olor del cacao, las canciones con letras que no tienen sentido, el vintage, llorar de risa, los ojos claros, aburrirme por la tarde, los cascabeles, los atardeceres, los batidos de chocolate de los Italianos, pintarme flores sobre las venas de las muñecas en clase, las fotos antiguas, el sonido de Windows al iniciarse, las uñas negras, los perfumes caros, el rímel, los jerseys anchos de lana gorda, las Converse, las sonrisas grandes, los plátanos maduros, cantar, las rosas marchitas, la luna llena, el agua, los confetis, la letra C, cepillarme mucho el pelo o no cepillármelo nada, el desorden, la hora de cenar, las Polaroid, las sopas de sobre, lo estilizado...

Cosas que no me gustan: la sensación de la nariz que te dice que te estás enfriando, los dientes amarillos, que me toquen la cara, el olor de algunos desodorantes, las personas que hablan bajito de algo importante aunque no haya nadie alrededor, las alcachofas, despertarme, el frío de por la mañana, dormir al aire libre, el olor a sudor, la ropa amarilla, el flamenco y la música máquina, mis uñas, la gente que no sabe pedir perdón, los empujones, los exámenes, los bolígrafos Bic, las arañas, los pelos de las piernas, el yeso, la tiza, las paredes blancas (sí, las de mi habitación lo son), ordenar, los baños públicos, las fotos de carnet, el chocolate blanco, las chucherías...

Y esos collares de perlas de plástico

En algún sitio leí que tenían la mirada de lobas heridas.

Me pregunto cómo debes de sentirte sabiendo que todo a tu alrededor está tan cubierto de maquillaje. Y añadir más y más...

Maldito Tim Burton

Esta noche he tenido un sueño de esos que te oprimen el pecho al despertar, como si una mano invisible jugase con las conexiones del corazón, descolocando todas las emociones. De esos en los que la realidad se difumina y te hace odiarla más que nunca, de esos en los que no sabes si la pesadilla termina o comienza al abrir los ojos. Supongo que no es tan raro levantarte llorando un lunes por la mañana.
Dicen que si no cuentas un sueño diez minutos después de soñarlo se te olvida, pero yo lo recuerdo perfectamente, porque es el sueño más bizarro que he tenido en años.



El gato de Cheshire me llevaba cada noche a un cine abandonado lleno de gente extraña y loca con historias inverosímiles. Me llevaba a lugares increíbles y por la mañana despertaba en mi cama con una carta suya escrita en tinta roja en la mano y con punzadas de angustia creciente en el corazón. En las cartas él criticaba la vida real, las personas que me rodeaban, se burlaba y satirizaba todo lo que no perteneciese a aquél otro lugar, haciendo que pareciese ridículo lo racional. Yo cada vez pasaba más tiempo viajando con el gato, y cuando volvía a mi cama leía y releía una y otra vez sus cartas, las devoraba con ansia esperando su regreso como una drogadicta que necesita su dosis.
Me distanciaba de todo el mundo y acababa vagando confusa por la ciudad como una sin techo, añorando con cada fibra de mi ser mi chute de fantasía. El gato de Cheshire me abandonaba durante un tiempo, tiempo que pasaba refugiada en la tienda de lámparas y espejos de una anciana que me dejaba su diminuto baño para lavarme y beber agua del grifo. Seguía recibiendo cartas de tinta roja, en las que el gato insultaba a la viejecita y la llamaba "bruja" y "brújula". Comenzaba a pensar que me estaba volviendo loca, y que era yo misma la que escribía las cartas, que todo era una invención de mi subconsciente, y ya no sabía lo que existía y lo que no. Nunca me he sentido tan abandonada.

Finalmente la sonrisa del gato volvía a aparecer, pero él volvía agresivo, desconfiado, herido. En el otro lugar el cine se había convertido en un supermercado en el que poco a poco y en grandes filas se iba destruyendo a las criaturas al hacerlas pasar por caja. Recuerdo que yo corría agarrada a Cassie (de Skins) buscando al gato de Cheshire entre la gente sin dejar de llorar, mientras la fantasía se iba destruyendo poco a poco.

Me he despertado con la sensación de no estar sola en mi habitación. Y sobre la estantería, contra la pared, la estela, el rastro casi difuminado de una enorme sonrisa.

Como dijo el gran sabio: yo no me empano, yo reflexiono.


Quizá se deba a caminar sola por la calle con las farolas encendidas, agarrada a mí misma para que el frío no me afecte. Quizá se deba a esa extraña atracción que tiene el suelo sobre mí, que siempre tengo que estar con la nariz apuntando hacia abajo cuando ando. Mi madre de pequeña me reñía por no mirar al frente. Pero mirar al frente hace daño, el viento me da en los ojos y eso no me gusta. Además, si miras las puntas de los zapatos al andar te das más cuenta de que la Tierra es redonda, porque el suelo parece salir de no se sabe dónde y da la impresión de que estás dando vueltas sobre una pelota de cemento. Incluso he llegado a creer que no avanzaba y que me iba a quedar dando vueltas para siempre. Qué vergüenza, dios mío, atascada ahí en medio de la calle. No sé, quizá sea por eso que se me va tanto la cabeza.
A veces me parece que el mundo entero se resume en la sombra de las hojas de los árboles sobre la acera. Es una sensación rara, como un soplo de aire fresco, como una frase que te llega súbitamente a los labios, como un atragantamiento. Es el tipo de cosa que sólo puede entender quien viva el mundo de la calle con la mente perdida entre las piedrecitas de las baldosas y las hormigas ambulantes. De repente lo ves todo clarísimo. Abres mucho los ojos, sorprendido de que no se te hubiese ocurrido antes. En un sólo movimiento está resumida toda la historia habida y por haber, en el estúpido y usual bamboleo de las ramas al viento. Pero un árbol en el suelo ya no es un árbol. Entonces, ¿qué es? ¿Cómo puedes explicar lo que acabas de sentir, esa respuesta instantánea que te quema la garganta como el vodka a palo seco al no poder expresarla? Entonces es cuando alguien se da cuenta de que no estás en lo que tienes que estar y te ganas una colleja o un empujón.

¡Despierta, coño!

Primera entrada (extracto del diario)

23/IV/2010

[...] Zaragoza es una ciudad rara. No digo extraña, porque algo extraño es algo un poco mágico, supersticioso. Zaragoza es rara. Por la mañana, cuando despierta, es acogedora y familiar, como una gran madre que acoge a todos en su seno y que acepta con paciencia las obras y heridas que le hacen. Al mediodía le entra la modorra y los niños, ebrios de libertad, se vuelven salvajes. La gente parece mirarte más, y el sol da más fuerte. Por la tarde huele a quemado y se vuelve amarilla, vaga, echa a los niños y los reemplaza por abuelos, gente haciendo recados, es el corazón del día, el núcleo de la actividad, aunque lo que de verdad quiere todo el mundo es irse a dormir ya. Conforme pasan las horas parece que la ciudad se agranda. Y finalmente llega la noche. En la oscuridad Zaragoza se vuelve enorme y engañosa, las calles se llenan de papeles arrastrados por el viento, los cristales de los autobuses se empañan y todo es una vorágine de luces en la que cada persona parece ocultar un secreto en el fondo de los ojos. Con la noche la gente se pone la máscara y los párpados languidecen. Cuando recorro de punta a punta la ciudad siempre me siento un poco fuera de lugar, como si estuviese en territorio prohibido y lo descubriese todo por primera vez. No me creo que sólo haya una Zaragoza. Al igual que no me creo que sólo haya una persona en cada cuerpo.