L'historie continue

[Siento que esté tan malamente cortado, pero blogger me está tocando mucho las narices y parece que ahora le ha dado por que no se vea la respuesta. Tendréis que esperar a la siguiente, I'm sorry]

Un día, Alba abrió los ojos, se limpió los restos de sangre de las comisuras con la manga y se levantó de la cama. Caminó grácil por toda la casa, aspirando el silencio que reinaba en la mansión. Acarició las barandillas mientras subía sin hacer ruido por la escalera, se asomó a cada uno de los balcones y despidió a sus patos con besitos al aire, aspiró una vez más el olor de los tapices, saltó a la pata coja en las baldosas, bailó descalza sobre la alfombra persa, tomó un trago de whisky y volvió a su habitación, radiante pero más débil que nunca. El ministro la recibió roncando en el sillón orejero que había instalado en su habitación para cuidarla en todo momento. Alba esbozó media sonrisa y le despertó con un suave beso en la mejilla, semejante al roce de las alas de una mariposa. El hombre se despertó con sobresalto, y la observó atónito mientras se sentaba sobre sus rodillas, como cuando era pequeña y le pedía cuentos que él nunca le podía contar. Ahora que la palidez era aún mayor, el rojo de sus labios y de su pelo resaltaba aún más, y parecía una criatura de otro planeta. El ministro se quedó petrificado, sin saber qué hacer. Alba posó una mano en su mejilla con cariño, y el hombre se sintió más viejo que nunca. ¿Qué estoy haciendo? Sólo es una niña… es mi niña.

-Sé que voy a morir. Y quiero vivir un poco antes de que todo se termine-la naturalidad con la que Alba lo soltó, asumiendo sin reproches su propio destino, desgarró el corazón del ministro por primera vez en su vida e hizo que las lágrimas aflorasen a sus ojos, antes desérticos. La chica las recogió con dulzura en sus dedos.

-Entonces no lo niegas-prosiguió, con media sonrisa amarga, como si aún tuviese una remota esperanza de que el ministro lo desmintiese y la consolase una vez más entre sus brazos-. No importa, yo sé que se acerca. La llevo sintiendo pegada a mi piel durante todos estos días, sólo está esperando el momento oportuno para terminar conmigo de una vez por todas, gota de sangre por gota. Por eso no puedo aceptar su generosa oferta.

-Lo comprendo-farfulló el ministro de forma ininteligible, superado por la emoción. Ella asintió y clavó de nuevo la vista en el infinito. Como antes, parecía que volvía a hablar para sí misma.

Qué puedo decir


que no te haya dicho ya.
Prefería no caer en la tradición pijita de "voy a dedicarte una entrada porque mola anunciar que ya llevamos medio año", pero lamentablemente ya lo he hecho. Así que seré breve.
Has hecho que me descubriese a mí misma en todos los sentidos, y eso es más de lo que creía que podía llegar a pedirte nunca. Ya te lo he dicho hoy mientras nos tomábamos otro yogur en la terraza (qué buen airecito hay estos días al atardecer, ¿eh?), aún recuerdo exactamente el gloss que llevaba la primera vez que te vi, tan majoso y tan larguilucho con tu palestino morado mientras yo perseguía a una amiga a la salida de aquél bar por... bueno, no me acuerdo por qué, probablemente porque estaba borracha, pero eso no viene al caso. Ni tú me hablaste ni yo te hablé (sinceramente, qué pavos somos), pero sucedió lo inevitable. Me gusta pensar que pasara lo que pasase te acabarías fijando en mí tarde o temprano. Aunque luego no sea así, pero déjame a mí sola con mis ilusiones que al fin y al cabo son de lo que me alimento, además del té y las galletas. La verdad es que no hemos pasado ningún mal rato y no veo ninguna nube negra en el horizonte; podemos navegar tranquilos. Y no salir de los camarotes, si queremos.
Qué puedo decir que no te haya dicho ya.
Ya sabes que te quiero. Y que me encanta retenerte los viernes por la noche.

La enfermedad.

La imagen de Alba, pálida como una aparición entre sábanas ensangrentadas, taladrándole con la mirada en silencio mientras un hilillo de sangre descendía por la comisura de su boca, cual vampiro satisfecho de comida, fue un recuerdo que atormentó al ministro hasta el fin de sus días. Se abalanzó a abrazarla con los ojos empañados en lágrimas y a prodigarle palabras de ánimo y afecto que la chica no escuchó. Tampoco correspondió a su abrazo. Se quedó encogida, blanca y temblorosa entre sus brazos, con la mirada perdida en algún punto del techo. Aquella fue la primera vez que el ministro sentía verdadera lástima por alguien, y eso redobló su afecto por la muchacha. La veía como un pajarillo herido, algo pequeño y frágil a lo que había que cuidar, sabía que ahora era cuando realmente dependía de él, y eso, unido a la atracción que sentía por ella, llevó su obsesión al límite.

Alba tuvo que permanecer en cama unos cuantos días más, en los que únicamente durmió, se ensimismó en sus propios pensamientos y tosió de vez en cuando. No dijo ni una sola palabra y se negó a comer. Se ovilló y permaneció mirando la pared durante horas, casi sin parpadear, haciendo caso omiso del ministro, que pasaba día y noche a su lado sentado en un sillón y con respeto absoluto por su silencio. Nadie se imaginaba lo que se le pasaba por la cabeza, y nadie se atrevía a acercarse a ella. Ni él mismo la tocó, ya que le daba miedo que se deshiciese entre sus manos como un sueño maravilloso si alargaba la mano y le rozaba un milímetro de su piel. Las palabras “neumonía tuberculosa” -susurradas con temor por el médico a su oído en un intento de hacerle recobrar la conexión con la tierra- no significaban nada para ella. Casi se olvidaba hasta de respirar. Lo único que daba señal de que seguía viva eran los escalofríos y los gemidos nocturnos, acompañados de fiebre y más tos. Y más sangre. Día tras día, noche tras noche. Venecia continuaba llena de vida, ajena a su habitación y a su cama, ajena a su dolor y al ansia y la desesperanza que carcomían día tras día al ministro. Alba iba a morir. Todos lo sabían, el médico lo sabía y hasta ella misma lo sabía. Pero no parecía importarle. No dejaré que te lleves su cuerpo, no ahora, no hasta que sea mía. Devuélvemela, por favor, pensaba con amargura el ministro, sin saber a quién iba dirigido el ruego.

Abrazos de cristal.



Como esa luna que
sobrevive al día en esta aldea
que pasea presumida pa' que algún chaval la vea.
Fuera de su sitio,
así es como se sentía ella
sin su fondo azul marino y sin el brillo de su estrella.
Aquella tarde
se acostó antes que de costumbre
no escuchó el teléfono ni el timbre
soñaba con ser libre
y con tener un corazón pa' que le roben
soñaba que no crecía y para siempre sería joven.


No es mío, lógicamente. Es de Shinoflow.

tenía que tener una! *3*


(Click para verla más grande)

Gracias Nes ^^

Sangra.


Cuando despertó aún escuchaba los ecos de aquellas palabras en la cabeza. Abrió los ojos de pestañas rojas poco a poco, con una mueca de dolor. Se encontró tumbada en su cama, la luz de la luna se filtraba a torrentes por la ventana e impregnaba la habitación de luz diamantina. Se revolvió un poco entre las sábanas, gimiendo. Recordaba haber soñado con imágenes difusas, sonidos chirriantes y dolores muy molestos. Se hundía en un mar embravecido que la zarandeaba como a una rama seca, sin dejarle respirar. Al evocar esa imagen se dio cuenta de que el agobio persistía, como un parásito agarrado a su pecho. Se incorporó de golpe, sacudida por una fuerte tos que le hacía temblar todo el cuerpo. Los brazos firmes de una criada la sujetaron de los hombros y le cubrieron la boca con un pañuelo, mientras ella intentaba expulsar todo el dolor por la boca. Al terminar, un sudor frío volvía a brillar sobre su frente, llenándola de perlas saladas. El dolor del pecho remitió y se agazapó como una fiera, esperando el momento oportuno para atacar de nuevo. El ritmo de su respiración poco a poco volvió a la normalidad.

La criada que había estado sujetándola durante el violento ataque de tos retiró el pañuelo con rapidez y se apresuró a lavarlo en una jofaina llena de agua. Alba se quieta donde estaba, reflexionando sobre aquella pérdida tan repentina del control sobre su cuerpo. Nunca había experimentado nada parecido, y estaba segura de que no le apetecía volver a hacerlo. Se sentía más agotada que nunca y con ganas de llorar, pese a que por fuera su cara no exteriorizaba ninguna emoción, al menos ninguna humana. Mientras pensaba, se dio cuenta de que la mujer trataba de cubrir la jofaina, como intentando que ella no viese su contenido. Con cuidado, se incorporó de la cama y se acercó a la criada por detrás, descalza. Al asomarse por encima de su hombro, descubrió que el agua era un líquido rojo que desprendía un intenso olor metálico, sobre el que el pañuelo flotaba como una barca encallada en un pantano. Las manos de la criada estaban manchadas de sangre diluida hasta las muñecas.

Alba retrocedió con una exclamación de horror, haciendo que la mujer pegase un brinco y que la jofaina cayese al suelo, desparramando todo su contenido. La carnicería manchó las baldosas y avanzó con rapidez hasta llegar a los pies desnudos de la chica. Alba dio unos pasos hacia atrás y volvió a subirse a la cama, mirando sucesivamente con los ojos desorbitados a la criada y la sangre que fluía ya por debajo de su cama. Unas habitaciones más lejos, el ministro escuchó un estruendo que procedía de la habitación de la joven y salió como alma que lleva el diablo hacia allí, sin preocuparse por las normas y las prohibiciones. Alba entre tanto se pegaba contra la pared y miraba a todas partes como un animal asustado y desconfiado, sin decir una palabra. La criada se había quedado en estado de shock, sin saber si salir fuera de la habitación o acercarse a la chica e intentar ayudarla. Se apresuró a absorber el agua manchada con un trapo, mientras intentaba no mirar a aquella llamarada naranja que se encogía entre las sábanas manchadas con su propia sangre.

Con cuidado, Alba deslizó un dedo por sus labios, y al acercárselo a los ojos comprobó que también estaba impregnado de sangre. Tragó saliva, y un sabor dulce y metálico la mareó durante unos instantes. El sabor de su propia vida, de su propia esencia, que se le escapaba por la garganta.

the magic word


you always keep in mind
you always know the magic word
the perfect time
the proper voice
the perfect one
you are.

y de repente

Ella sonreía. Sonreía siempre. Aunque se le rompiese el cielo en la cabeza, movía los músculos de la boca y poco a poco, vacilando, temblando, estiraba los labios y enseñaba los dientes. Forma fácil de tener contento a todo el mundo. Pero luego sólo podía escuchar canciones de piano, y los ojos se le quedaban lánguidos, y se masacraba las uñas. Y quería un abrazo, necesitaba desesperadamente un abrazo, pero no quería acercarse a nadie ni que nadie se le acercase. Y le daba la impresión de que hacía daño, de que estaba jodiendo algo, y eso dejaba la sonrisa congelada en su cara como una baratija que no le sentaba bien.

De repente, otra caída. Y lo mejor es que no sabía por qué.

Domingo 20



No os preocupéis,
no habrá más generaciones como la nuestra.

Porque ahora eligen vivir rápido y morir jóvenes.

De libros y esas cosas.


A mí me vuelve loca eso de coger un libro, mirarlo por delante, mirarlo por detrás, abrirlo por la mitad, leer un diálogo sin tener ni idea de qué hablan los personajes e inventarme yo misma una historia -incorrecta- a partir de sus nombres. A veces leo a velocidad supersónica las dos primeras páginas, y si me convencen me lo llevo entre los brazos como una mascota nueva y calladita. Y a por otro. Y otro. Y otro más. Voy coleccionando libros por toda la tienda y los paseo en los brazos de arriba a abajo, dejándolos a un lado con cuidado o en el regazo cuando saco uno nuevo de la estantería. Mis dedos se vuelven bonitos y estilizados cuando revisan las páginas de un libro nuevo.
Adoro ver que están ordenados alfabéticamente, no sé por qué, porque lo mío es más bien el desorden, el caos, la búsqueda desesperada de última hora y la ropa que va de la cama a la silla y de la silla al suelo. Pero me gusta ver como los demás ordenan, al igual que me relaja ver a una chica maquillarse (pero si lo hago yo me pongo histérica). Además, se producen casamientos entre títulos que sacan una sonrisa, es una de esas cosas que hacen sentir una soledad agradable, la de ver algo sabiendo que sólo tú lo ves pese a que haya mucha más gente a tu alrededor. Que un libro se titule "En las nubes" y el de al lado "Entre las sábanas" me lleva a pensar que puede que el orden y la casualidad no estén tan reñidos, al fin y al cabo.

[Foto rápida y no planeada. Echo de menos mi ordenador y mi photoscape, snif.]

En fin, yo sigo. ¿Por dónde íbamos?

Al principio, todos estos productos de su mente le martirizaban. Al fin y al cabo, él estaba a cargo de la joven, era su tutor, era insano pensar esas cosas. Para intentar tranquilizarse, se arriesgó a probar con las chicas de la calle, pese a que hacía mucho, demasiado tiempo que no se acercaba por aquellas esquinas. Trató de buscar en aquellos seres burdos y tristes algún resquicio de la dulzura de Alba, de su olor floral, de su cabellera resplandeciente, y durante un tiempo tuvo suficiente. Hasta que el efecto se diluyó, y volvió a descubrirse tragando saliva cuando la joven suspiraba, apoyada a su lado en el sofá mientras él intentaba leerle a algún escritor famoso. Decidió que no podía aguantar más esa situación, y un buen día llegó a la conclusión de que lo único que le quedaba por hacer era pedirle en matrimonio. Él la conocía desde que no era más que un bulto lloroso entre mantas, la había criado y alimentado durante toda su infancia, le había proporcionado un hogar al crecer y siempre había sido el centro de todas sus atenciones. No le exigiría nada que ella no pudiese darle, y nunca la iba a tratar mal. Después de todo, ¿qué más podía pedir?

El ministro compró un anillo de rubíes en la joyería más cara de la ciudad, se lo guardó en el bolsillo interior del abrigo, pegado a su corazón, y volvió a su casa flotando entre nubes como un adolescente. Al llegar a su despacho, caminó de un lado a otro por la alfombra persa, perdido en sus pensamientos y mirando sin darse cuenta la quemadura en forma de círculo que había causado Alba, sin saberlo, quince años antes. Luego se detuvo, trató de tranquilizarse, apuró un vaso de su mejor whisky mientras observaba de nuevo el anillo y por último mandó llamar a una criada.
-Dile a la señorita Alba que se arregle especialmente esta noche, tengo algo importante que comunicarle en la cena-dijo, tomando el último trago.
-Sí, señor.
¿Para qué esperar? Se lo diré hoy mismo. Será el principio de un futuro brillante para ella, y de un placentero final para mí. Sí, realmente no puede pedir nada mejor, se dijo con una sonrisa, mientras se atusaba el bigote en un espejo.
La criada, que en esos momentos se dirigía hacia el dormitorio de Alba y que por casualidad había llegado a ver el anillo brillando en el interior de su caja, cabeceó con tristeza y no pudo evitar pensar: pobre chiquilla.



La cena fue servida con mayor lujo que de costumbre. Se encendió la chimenea para defenderse del frío nocturno y de la humedad que reinaban de forma perenne en aquella enorme casa, se sacó la vajilla de porcelana de china y los cubiertos de plata. Las copas fueron abrillantadas con cariño y se encendieron todos los candelabros de la habitación, haciendo que la estancia quedase irradiada de luz anaranjada y acogedora. Alba apareció en la estancia resplandeciente con su vestido nuevo, que le había regalado el ministro por su cumpleaños. Era verde, de satén, propio para una presentación en sociedad y no para una cena en casa. Llevaba el pelo recogido en un moño con algunos mechones sueltos estratégicamente, cuyo brillo contrastaba con la palidez de su cuello. El ministro se acordó de respirar cuando ella le dirigió una mirada interrogativa desde el otro extremo de la mesa.
-Vaya, querida, estás espectacular-acertó a decir. Alba no respondió, simplemente se colocó la servilleta y se ensimismó mirando al fuego.
-Ya sé que eres una joven muy modesta, pero trata de agradecer los cumplidos, o quedarás en mal lugar-insistió el ministro.
-Gracias-respondió ella con voz suave, sin dejar de observar la chimenea.
-Oh, de acuerdo, no pasa nada-dijo el hombre con una gran sonrisa, mientras se servía licor en la copa. Se sentía magnánimo y bondadoso, al fin y al cabo aquella iba a ser la mejor noche de su vida. Para ambos.
Sin embargo, se esperó a los postres para soltar la bomba. Durante toda la cena sólo picoteó algo de pollo, centrado como estaba en admirar sin recato a su futura esposa. Alba comía con normalidad, mirándole de vez en cuando por el rabillo del ojo, para encontrarse con un hombre sonriente que se apresuraba a desviar los ojos con la excusa de tomar otro trago. El ministro no era muy bueno guardando secretos, parecía estar vociferándolo con la mirada, y siendo como era Alba extremadamente audaz para adivinar lo que pensaba la gente, decidió que se tomaría un par de bombones y se retiraría rápidamente a su habitación. Pero no iba a ser tan fácil.
Se disculpó en voz baja y dejando la servilleta en la mesa se dispuso para salir, pero el ministro la agarró de la muñeca. Alba se volvió y pudo ver sus ojos de enamorado, rayando la obsesión. De sopetón descubrió lo que se le avecinaba, y decidió que se negaba rotundamente a pasar por eso.
-Mi querida niña, llevo mucho tiempo queriendo decirte algo muy importante que estoy seguro de que te hará tan feliz como a mí-comenzó el ministro.
-Lo siento, ruego que me disculpe, pero…
-No, no, déjame terminar. Sé que siempre me has visto más como a un progenitor que como a un igual, pero eso puede cambiar. Siempre he sentido un gran afecto por ti y durante estos años, al verte convertirte en mujer poco a poco, ese afecto ha aumentado hasta el punto en el que ya no podía callármelo más-el hombre acarició inconscientemente con la punta de los dedos su cuello y ella sintió que se mareaba.
-Le suplico que deje esto para otro momento, yo… necesito ir al servicio.
El ministro rió nerviosamente.
-Siempre tan modesta. Eso es lo que me gusta de ti, no serías capaz de reconocer todo lo que eres ni aunque lo pusiesen delante de tus ojos. Está bien, yo te ayudaré a que lo descubras poco a poco. Simplemente… déjame estar a tu lado-el ministro se arrodilló y le ofreció la caja del anillo abierta-. Dime, pequeña, ¿me aceptas como esposo? Estoy seguro de que nadie te puede ofrecer nada mejor.
Al llegar a este punto Alba se sintió desfallecer. Un sudor frío la recorrió de pies a cabeza y cayó inerte en el suelo junto al ministro, que aún la tenía de la mano.

El boceto.


A raíz de comenzar a "publicar" por así decirlo la historia de Alba aquí, llevo un par de días con quebraderos de cabeza. En realidad porque me paso el día tocándome la barriga y no tengo cosas más importantes que me den quebraderos de cabeza, pero hoy por hoy esto me parece importante, porque me siento como si se me escurriese agua entre los dedos. Es lo que me pasa siempre que no sé qué hacer con una historia.

En cuanto a esta, la tenía toda pensada, pero mientras la iba escribiendo me he dado cuenta de que es completamente intemporal, ilógica y muchas cosas más que empiezan por i. En realidad, normalmente no le doy importancia a eso. Es mi historia y haré con ella lo que quiera. Pero conforme se iba perfilando en mi mente iba perdiendo más y más interés, hasta el punto que no sé si vale la pena pasarla de pensamientos a letras. No sé.

Pero tengo una cuestión más importante: Alba. Me siento como esos padres que deciden ya lo que será el niño nada más nacer. ¿Será médica o abogada? ¿La apuntaré a clases de ballet o a una academia de idiomas? Nah, la verdad es que a lo tonto le he cogido mucho cariño al personaje, siento palpitar su corazoncito entre mis manos y me da la impresión de que tiene mucho que ofrecer, tal vez en otra época, tal vez en otro lugar, tal vez sometida a diferentes hilos de marioneta. La siento ya como alguien real que me pide salir a la luz desesperadamente.
Y pienso liberarla, pero aún no sé cómo.


Nota: he cambiado el vídeo de la actuación de hip hop en el Funk & Break. Ahora tiene mucha mejor calité ;)

Otro pedacito más.



1. Alba


Alba creció como cualquier niña de su edad a cargo de alguien que no tiene la menor idea sobre críos: sola. Se paseaba por los enormes pasillos de la mansión veneciana del ministro canturreando cancioncillas que se inventaba, desde los balcones daba de comer a patos imaginarios, saltaba a la pata coja las baldosas ajedrezadas del patio, olisqueaba el interior de las botellas de whisky e intentaba adivinar de qué sería aquella quemadura que había en la alfombra persa. Y preguntaba. Preguntaba mucho.
El ministro nunca olvidaría aquél día en el que la niña cumplió siete años y él, haciendo un extraordinario hueco en su apretada agenda, la llevó a la noria, pese a que era diciembre y él ya no estaba para esos trotes. La humedad de Venecia lo mataba, o al menos eso decía siempre a todo el que quería oírle. Pese a todo –añadía- la ciudad era como una amante caprichosa, no podía abandonarla aunque quisiera porque ya estaba enamorado hasta la médula. Después de decir esto siempre soltaba una risita y se retorcía el bigote. Aquella tarde Alba lo esperaba junto a la puerta de la casa, ya vestida y callada. Si estaba impaciente, no lo demostraba. El ministro se acercó con una enorme sonrisa que se le antojó falsa, sin saber cómo encararse a aquella criatura seria de enormes ojos que le esperaba silenciosa, analizando sus movimientos.
-¿Estás preparada?-exclamó con alegría, intentado distraer a Alba de aquel aniversario agridulce que coincidía con la muerte de su madre. La niña asintió sin decir una palabra, y él lo interpretó como tristeza. Como le había asegurado a la partera, siempre trató de decirle a la niña la verdad, así que desde que Alba había tenido uso de razón él le había repetido insaciablemente que no era familiar suyo, que su madre había muerto en el mismo momento en el que ella comenzó a vivir, y que su verdadero padre era un gran magnate que en algún momento la reclamaría a su lado –o eso esperaba él-. Sin embargo, Alba nunca pareció interesarse demasiado por su “otra vida”, como ella la llamaba, y prefirió aceptar al ministro como padre y madre a la vez en el cuerpo de un torpe señor mayor, y a la mansión de corrientes heladas como su casa, pese a que nunca pareció asentarse con demasiada comodidad. Era como un gato callejero. Algún día, se dijo el ministro mientras miraba a la niña comerse un enorme algodón de azúcar sin una sola exclamación de alegría, la calle la llamará, y yo no podré hacer nada para detenerla. Esta niña no es normal.
No adivinó hasta qué punto estaba en lo cierto.



Cuando Alba cumplió quince inviernos, se había convertido en una joven silenciosa como un felino, algo huraña y solitaria, y según los maestros que el ministro había intentado endilgarle sin éxito alguno, extremadamente inteligente, aunque con un serio déficit de atención y una indiferencia hacia todo lo terrenal que hacía prácticamente imposible que la chica aprendiese más que lo que ella se proponía. Sin embargo y contra toda predicción, era una belleza. Las brumas de Venecia y las corrientes de aire de su mansión le habían dado una piel extremadamente blanca y de apariencia fantasmagórica, que contrastaba con una exuberante melena naranja que no tenía permitido soltarse. Al igual que su madre, tenía una figura de bailarina y una forma de andar muy característica, como si flotase. Y luego estaban sus ojos… ribeteados de pestañas tan rojas y extravagantes como su pelo, parecían clavarse como cuchillas en el interior del pecho. El ministro comenzó a evitarla disimuladamente por los pasillos, avergonzado de sus propios pensamientos. Le obligó a cumplir un puñado de reglas sin sentido, como llevar siempre recogido el pelo, la falda por los tobillos y al menos dos camisas, una encima de otra, a no comer fruta con las manos y no danzar sobre la alfombra persa. Cuando Alba le miraba inocentemente con sus enormes ojos de gato, él tartamudeaba montones de excusas que tenían que ver con su decencia como señorita, pese a que secretamente rogaba por que la joven no le leyese la mente con los ojos, ya que comenzaba a no soportar verla llevándose una copa a los labios.

"Chemical criu dancin jijó"



Editado. Ahora se ve muchíiiiisimo mejor, ni punto de comparación ^^ por desgracia los fallos también. ¿Podéis reconocerme ahora? agachada, bajita, derecha, pelo largo... en fin, por encima de todo disfrutadlo, para bien o para mal, me da lo mismo :)

Alba

Bueno, esta es una historia que comencé a escribir sin ningún fin aparente hace un tiempo. Ahora que por fin soy LIBRE espero poder continuarla y adecentarla un poco, que buena falta le hace. De todas formas, si la avanzo colgaré de vez en cuando fragmentos por aquí, y por supuesto son completamente bienvenidas las críticas. Todo tipo de ellas :)

Bueno, comencemos por el principio, ¿no?




Prólogo: Nora



En una noche tan oscura, no se puede esperar que ocurran grandes cosas, pensó Nora mientras observaba el brillo de las farolas sobre el canal. Aquel pensamiento acudió a su mente como un intruso, sin haberlo llamado, y permaneció sin querer irse durante unos minutos más, en los cuales la mujer lo rumió y le dio vueltas en su mente, sin poder llegar a comprenderlo del todo. La góndola avanzaba silenciosa por el agua helada, tropezando con algunos resquicios de hielo propios de diciembre. Era tan necesario que el canal fuese circulable que la superficie helada se había roto cientos de veces a lo largo de los días, sin permitir que se congelase del todo. Pese a eso, Nora se cubrió el vientre hinchado con las manos en un ademán protector, temiendo inconscientemente que la criatura que reposaba ahí dentro tuviese algún contacto con el frío helador que reinaba fuera, con la noche que los rodeaba y que confundía los deseos de los hombres. Se acarició la tripa y cantó una nana a media voz, más para ella que para el bebé, acompañada por el sonido lúgubre de las aguas al moverse y de los lentos movimientos del gondolero.

La mujer se arrebujó un poco más en su abrigo de lana, observando hipnotizada la calle avanzar detrás del vaho que provocaba su respiración. Por un momento, se acordó de nuevo de las veladas en el teatro, servidas con bombones del más exquisito chocolate belga y regadas con champán y sorbete de rosas. Recordó sin emoción sus joyas, los pendientes de diamante, los collares de perlas, los broches de topacio. De nuevo rememoró con horror los abrigos de las mujeres, iluminados a la luz de las velas como en una pesadilla. Quiso gritarles más de una vez: “¡esas pieles no son vuestras!”, pero se contenía, pese a que no podía acercarse a una de esas monstruosidades y pugnaba por contener las arcadas cuando una señora engalonada con un animal muerto rodeándole el cuello se acercaba a saludarla.

Volvió la cabeza al ver doblar la esquina de la calle a dos hombres con los paraguas cerrados y largos abrigos negros, aunque sabía que era casi imposible que la reconociesen, a bordo de aquella especie de barca fantasma y con una ropa tan vulgar.

-No te preocupes, cariño. Pronto llegaremos, y podrás saludarme en persona-le susurró con una sonrisa a su vientre, tras lo cual recibió como respuesta una dulce patada que le hizo cerrar los ojos de dolor.

-Por favor, dese prisa-le pidió al gondolero, escondiendo la cara por si cabía alguna posibilidad de que la reconociese-. No sé si aguantaré mucho más.

Pero el hombre únicamente refunfuñó y murmuró algo relacionado con las mujeres embarazadas y los transportes públicos.


Cuando el ministro abrió la puerta de su casa a las tantas de la noche, se encontró con una mujer casi desfallecida, agarrada al marco de la puerta, con los ojos empañados en lágrimas y las enaguas empapadas, a la que a duras penas reconoció como Nora d’Angelli. Con prisa, mandó depositar a la mujer en la cama de invitados y llamó a una partera para que ayudase en lo que él no podía participar. Se limitó a dar vueltas de un lado a otro de la habitación como un padre histérico, mientras escuchaba los gritos de las mujeres al otro lado de la puerta. El pobre hombre ya no estaba para esos nervios, y tuvo que tomarse unas cuantas pastillas con un poco de licor para mitigarlos, mientras en su mente barajaba todas las posibilidades de la inesperada visita de Nora. Al poco rato, cuando el parto aún no había terminado, sentado en su sofá orejero con un vaso lleno en la mano, llegó a la conclusión de que por las prisas y la ropa de la mujer estaba claro que se encontraba huyendo. Pero, ¿por qué? ¿Qué hacía Nora d’Angelli, esposa del famoso magnate d’Angelli huyendo a las tantas de la noche para dar a luz en su casa? ¿Dónde estaba su marido? El ministro se estaba poniendo tan nervioso que se permitió encenderse un puro después del alcohol, para tranquilizarse. Finalmente, la puerta se abrió y la partera salió limpiándose la sangre de las manos en el delantal, con grandes ojeras y cara de sueño.

-Bueno, ya está. La niña está perfectamente, pero la mujer ha muerto durante el parto. ¿Quiere que avise al sepulturero?

Al ministro se le cayó el puro al suelo e hizo una pequeña quemadura en su alfombra persa. Sin embargo, recobró la compostura y despidió a todas las mujeres, tras lo cual se atrevió a entrar en la habitación para despedir a la última. Le colocaron a la criatura en los brazos nada más entrar. Era un bebé pequeño, inusitadamente pequeño y silencioso, que miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, sin emitir ni un solo sonido. Parecía muy poquita cosa. ¿Cómo puede haber muerto Nora d’Angelli a cambio de este ser?, pensó, sin alarde de crueldad, porque los pensamientos no se eligen, y al igual que a Nora le había desconcertado aquella frase formada en su mente, el ministro le pidió perdón silenciosamente al bebé por aquella grosería, pese a que seguía preguntándoselo. Sin embargo, Nora reposaba en la cama con una sonrisa y las manos a ambos lados del cuerpo, abiertas, como si aún esperase a que le diesen a su hija. En sus ojos, congelado, se hallaba el último brillo de emoción, que le daba un aire escalofriante. El ministro se apresuró a dejar la habitación, temiendo que la mujer se despertarse de repente y le exigiese a su hija.

La partera lo miró de arriba abajo antes de irse. El hombre acariciaba a la niña con cuidado y miedo, como observando una estatua o una obra de arte. Le decía palabras sin sentido y con nerviosismo, que la niña no podía entender, aunque sus grandes ojos grises dijesen lo contrario. Tiene los ojos de su madre, algo es algo, pensó la partera, y una inusitada oleada de cariño y ternura la sacudió durante unos instantes, en los que se permitió mirar a la criatura con algo parecido a la compasión.

-¿Piensa decirle la verdad?-le preguntó al hombre. El ministro levantó la vista y luego la volvió a posar en el bebé.

-Sí. No voy a mentirle-decidió, sin saber que a Alba ya le habían mentido por primera vez antes de nacer, ya que nunca llegó a saludar a su madre en persona.

37.4ºC 37.7ºC 38.3ºC...



Me brilla la cara. Soy un anfibio con espuma entre los dedos.

No he comido. Nadie come. Cada vez que me muevo, mi cuerpo se eleva varios centímetros del suelo.

Cuento las horas que he dormido señalándolas con el dedo en el reloj, mientras Saria las dice por detrás en voz alta.

Estoy derritiendo el aire a mi alrededor. ¿Por qué las hojas de las flores se agitan y mi pelo no?
Ah, creo que es porque alguien lo ha pegado a la almohada con pegamento.

Érase una vez una chica que resbaló por una cuesta de arena virgen
y resbaló...
y resbaló...

Esto no es mi cuerpo. Quiero que me devuelvan el que era capaz de andar.

Soy alguien con alas sin alas.

Soy un anfibio con espuma entre los dedos. Que alguien me meta en una piscina fría de noche salada, por favor.

Y la luz que se vaya.


Hoy, con un poco de suerte, he hecho el último examen de matemáticas de mi vida. Y lo que es más, a no ser que me surja alguno de la nada (que conociéndome, puede caer), he terminado, qué digo, he aniquilado los exámenes de 4º. Ahora mismo tendría que estar balanceándome en la hamaca de mi paraíso personal con una pierna fuera, pero lo cierto es que acabo de volver de clase de baile y el cuerpo me está gritando cosas que no pienso reproducir aquí porque Paula y yo hemos llegado a la conclusión esta tarde de que las palabrotas no les sientan bien a las chicas bajitas. En pocas palabras, el cerebro me rebota contra el cráneo al andar, tengo las lentillas secas y agujetas por todas partes, me entra limonada por la nariz cuando respiro y siento como si me hubiese tragado un gorrión y me estuviese picoteando la garganta desde dentro. Lógicamente con eso no se puede hacer mucho, así que me he contentado con abrir la boca y asentir cuando me han dicho que tengo un ganglio inflamado. Bueh, pues vale.
Son las fiestas del barrio. Como soy forastera la verdad es que no las conozco demasiado, y de todas formas nunca he sido muy fiefhtera, así que me la sudan soberanamente. Digooo, que no me importan, (¡que no puedo decir palabrotas!). Lo sé porque la pobre Saria está todo el día detrás de mis piernas o debajo de alguna mesa por los petardos. Qué animal, tan chulita para algunas cosas y tan cobardica para el resto.

El verano ya está aquí. Se acerca el sol perenne, el olor a mascarilla y a aloe vera y el pasar todos los días por delante del mismo escaparate pensando "eso es para mí". Cada vez está más cerca eso de quitarse la camiseta por encima de la cabeza, sacudirse el pelo, comprobar que el bikini está bien puesto, comprobar que nadie ha visto cómo compruebas que el bikini está bien puesto, hacer un amago de ir corriendo hacia el borde de la piscina, detenerte otra vez para subirte la tela de la cintura o bajarte la de las ingles para luego tirarte de cabeza y notar como, finalmente, inevitablemente, se te descoloca por completo la parte de arriba del bikini y casualmente tenía que haber un crío con unas gafas de bucear en ese mismo instante al que despojas de su inocencia, si es que no se te habían adelantado ya. Encantos veraniegos del día a día.

Bah, pero tengo ganas de que llegue.
Además, si no hay ningún contratiempo, huiré lejos
muy lejos.


La foto no es mía, obviamente. Es de una tal monislawa, aquí os dejo el link a su cuenta en deviantart: http://monislawa.deviantart.com/gallery/#_featured
Recomiendo ojear sus fotos, son genialosas, como comerse un bol de fresas con nata casera.

De Cristal


La canción no va exactamente del mismo tema pero bueno, me gustó y me apetecía ponerla.
Poperos abstenerse.


-Quiero decir… ¿no te cansas de seguir siendo simplemente tú? ¿De saber que no puedes cambiar, que te levantarás por la mañana y aún quedará un día, y luego otro, y después toda una vida envuelto en la misma piel, con el corazón haciendo exactamente el mismo ruido que cuando naciste? ¡Pum púm, pum púm!

Comenzó a gritar mientras daba vueltas sobre sí misma en medio de la calle, romántica, exhausta y con una extraña alegría alocada que en el fondo ocultaba un cinismo agrio como la leche pasada. Llovía a cántaros y el vestido se le pegaba a la piel como papel de calcar. El pelo rubio teñido chorreaba por la espalda y hasta tenía gotas lluvia colgando de las pestañas, como atrapadas en una tela de araña. Los labios mojados esbozaban una sonrisa amarga.

Él, sin embargo, la había perseguido al verla salir corriendo del local, paraguas en mano. Y ahora la miraba danzar bajo la tormenta, esperando no sabía qué milagro.

-Edmeé, deja de hacer el tonto- pidió la silueta refugiada bajo el paraguas. Ella se volvió en mitad de un giro con los brazos abiertos, sin dejar de sonreír.

-¿De verdad crees que soy tonta, Paul?- la dulzura con la que lo dijo era capaz de resquebrajar un cristal.

-No, yo… ven aquí, anda. Estás empapada- acompañó sus palabras con un gesto de la mano que no sirvió de nada. Los separaban unos pocos metros, apenas dos zancadas a lo largo de la acera, pero dos zancadas insalvables. Edmeé observó a Paul esperarla bajo la lluvia, con los caros zapatos de dandy mojados y la bufanda de marca enrollada bajo la chaqueta negra, que intentaba defender de la lluvia en vano. El azul salpicado de gotas del paraguas se le antojó una medianoche estrellada.

-Te diré lo que vamos a hacer. Vamos a jugar a un juego, Paul. El juego de las cosas tontas.

-Edmeé…

-Yo empiezo: es tonto encender la luz cuando sales de una habitación, es tonto equivocarte de número al mandar un mensaje, es tonto perderte en un centro comercial, es tonto mirar debajo de la cama por la noche cuando tienes miedo, es tonto reírse de un chiste que no tiene gracia y es tonto gritar y dar vueltas en mitad de la lluvia. Pero, ¿sabes algo realmente tonto? Estar enamorado de una chica, perseguirla bajo la lluvia cuando la ves llorar y no decírselo nunca. Buenas noches, Paul.

Le dio la espalda con una sonrisa y se alejó por la calle mientras un relámpago le iluminaba el vestido plateado y partía la escena en dos. No vio cómo él cerraba el paraguas, se daba la vuelta y caminaba en dirección contraria, rindiéndose a la tormenta, que destrozó sin piedad su peinado engominado.

Al llegar a casa se dirigió directamente al baño a desmaquillarse mientras tarareaba en voz baja “Porcelain” de los Red Hot Chili Peppers por el pasillo, ignorando la hora y a sus padres dormidos en la habitación de al lado. Por el camino se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo arrojó a una esquina junto a todos los collares, las medias, las botas y los pendientes. Se hizo un moño y se observó en el espejo, crítica. La cara pálida, algo demacrada y con unas marcadas ojeras que el maquillaje, entre la lluvia y las lágrimas, no había conseguido disimular, pero tersa y brillante, algo más fina en los pómulos, donde comenzaba a notarse un surco, aún fino, sinónimo de delgadez. Tenía un grano, apenas un punto rojo, en el lado izquierdo de la nariz. Una victoria hormonal, una señal de adolescencia, de nervios, de dulces, puede que de alcohol. Pero a ella le gustaba, le hacía recordar que su piel y alguna parte en el interior de su cuerpo seguían vivas. Se miró de arriba a abajo en ropa interior, ladeando la cabeza y dándose media vuelta para observarse de perfil. No tendría que haberse tomado ese par de galletas de chocolate, hacían un total de ciento cincuenta y pico calorías, aproximadamente el siete por ciento de la cantidad diaria recomendada para un adulto, el doble de lo que ella debía tomar a lo largo del día. Sin embargo todo iba bien, pensó mientras se acariciaba las costillas con el mismo orgullo con el que un general repasa sus medallas. Pronto entraría en una talla treinta y dos, su gran victoria personal, y las punzadas ya no la hacían sujetarse la tripa de dolor, ni se le doblaban las rodillas al despertarse por la mañana, ni se le nublaba la vista al entrar a la cocina cuando su madre hacía la comida. Ya casi no se ponía de mal humor cuando tenía hambre, ni se devoraba las uñas mientras miraba almorzar a sus amigos. Casi.

Esa misma noche soñó que pedía una pizza, algo que no había hecho desde hacía tiempo. Pero la pizza se volvía ceniza entre sus dientes, y Paul se reía frente a ella a mandíbula batiente de sus intentos desesperados por tragar. Luego ella misma comenzaba a fundirse, comenzando por las rodillas, que se volvían de mantequilla y no podían soportar su propio peso, haciendo que el cuerpo se bambolease hacia atrás y hacia delante de una manera ridícula. Paul continuaba riéndose, mientras decía con una especie de eco “Vamos a jugar al juego de las cosas tontas, Edmée, intenta ponerte de pie…” Pero ella era incapaz y acababa convertida en un charco de mozzarella fundida en el suelo.

Al despertarse tuvo que ir corriendo al baño a devolver.

Después, mientras se miraba en el espejo al lavarse las manos descubrió que tenía ceniza de cigarrillo entre el pelo. Cogió un poco y la deshizo entre el índice y el pulgar, con la mirada perdida. Entonces le vino a la mente la imagen del cantante del último concierto, una sombra oscura recortada contra la luz roja, un montón de manos alzadas y gritos acompañando al ambiente infernal del local. Eran jóvenes y estaban vivos, y querían vivir por encima de todo. Para ellos no existía el mañana, únicamente aquel grito eterno de ansia de libertad y de entusiasmo, de desafío por ver quién tenía más sangre en las venas, quién podía cantar más alto, quién podía aguantar más de pie sin caer rendido. Eso es la juventud, un ansia continua de demostrar que estás vivo.

Comenzaba a amanecer. El sol hizo su entrada tímidamente por la ventana de su habitación, acentuando el color tostado de las paredes. En un undécimo el sol sale más tarde y se va antes, pero sus apariciones son más triunfales. Edmée vivía en su “palacio de cristal” en el centro de París, un edificio moderno con tan poco encanto como sus padres, los arquitectos que lo idearon para que fuese un inmenso espejo de la ciudad del amor. Para los amigos, Edmée era entonces “la chica de cristal”, un mote que en principio podía parecer bonito e incluso poético, pero que aludía con algo de burla al problema que todos sabían que tenía y que nadie se atrevía a nombrar en voz alta, como si por decirlo se fuese a volver real del todo. La chica de cristal no comía, la chica de cristal tenía los huesos delgados y frágiles como un pájaro, la chica de cristal encerrada en su palacio de cristal ahogaba sus penas en un vaso de cristal.

Edmée conocía su mote y lo dejaba correr, al fin y al cabo, peores insultos había. Como el que le habían lanzado como un dardo envenenado en aquel local la noche anterior. No comprendía cómo podía haberle afectado tanto, pero por un momento el ambiente la había agobiado, y no había sentido odio hacia el agresor, sino hacia ella misma. Sus brazos, su cara, su estúpido y caro vestido, su pelo, todo le parecía de repente incorrecto y ajeno a ella, y lo único que se le había ocurrido hacer había sido salir corriendo, como si fuese la solución más madura a todo. Salir corriendo a las tantas de la noche por las calles de París, y el único que había salido tras ella había sido Paul. Paul. Volvió a recordarle, mirándola bajo la lluvia como un gato abandonado, como si él tuviese el problema y necesitase ser ayudado. Como si fuese él el que dependiese de ella. Realmente gracioso.

Pero ya era de día, y la ciudad la llamaba. No había dormido casi, pero no era la primera vez, y sabía que podía con ello. Asomó la cabeza por la ventana y aspiró el aroma del amanecer palpitante. Se lavó, vistió y perfumó, y al encaminarse hacia el baño para maquillarse las ojeras se topó con su madre, también recién levantada, que llevaba un plato en la mano.

-Buenos días, cariño. Uy, qué cara de cansancio tienes. ¿Quieres una tostada?

Y le plantó el plato humeante delante de la cara. Edmée sufrió un ataque repentino de repulsión, esa repulsión que aparece cuando el cuerpo se rinde ante el hambre. Pensó en todas las veces que había escondido la carne en la servilleta, que había mezclado la comida con maestría para que pareciese que faltaba algún trozo, en todas las veces que sus padres se habían acabado satisfechos el plato y ella lo había tirado satisfecha a la basura. Pensó en todas las veces que había engañado a su madre. Y, sin embargo, se dobló ante las tostadas cubiertas de fragante mantequilla derretida como si le hubiesen dado un puñetazo en la tripa. Su cerebro trató de luchar contra aquella reacción, pero el cuerpo manda. Lo último que escuchó fueron los gritos incrédulos de su madre mientras un velo de puntitos amarillos relampagueantes le cubría las pupilas y sus rodillas cedían finalmente, arrojándola a una caída indolora semejante a un precipicio sin fin.

Cuando entreabrió los ojos se encontró con Paul sentado a su lado, mordiéndose el labio inferior. Fingió seguir dormida mientras intentaba recobrar el control de su respiración y adivinar dónde se encontraba. A juzgar por el olor y por los colores relajantes y sosos, en la cama de un hospital. Sintió una especie de cascada heladora que le caía desde la cabeza a los pies. ¿Y sus padres? ¿Qué pensarían? ¿Habrían adivinado el porqué de su desmayo? ¿La castigarían? ¿Le obligarían a comer? No pudo contener un suspiro de agobio y sus labios hablaron sin querer.

-Paul…

-Edmée, por fin te despiertas- la cara de cansancio del chico dio paso a un éxtasis absoluto. Edmée se desperezó, y al hacerlo sintió cómo su cabeza daba vueltas como una batidora descontrolada.

-¿Y mis padres?

-Ahora mismo están hablando con el psicólogo del hospital. Al parecer han quedado un poco en shock.

Edmée desvió la vista hacia la ventana.

-Me pregunto cómo lo has hecho para ocultárselo tanto tiempo, viviendo en la misma casa. Es algo…- no encontró las palabras.

-No vivíamos en el mismo lugar. O al menos a veces daba esa sensación- contestó ella simplemente. Paul desvió los ojos sin saber qué contestar y algo crujió entre sus manos.

-¿Qué llevas ahí?

-Galletas de chocolate- dijo él, acercándole el envoltorio.- Y tu madre dice que le debes dos tostadas. El médico ha dicho que tienes que comer. Ahora más que antes-añadió bajando los ojos. Edmée las rehusó con la cabeza mecánicamente.

-No, gracias.

-Edmée, ésta es la cosa más tonta que has hecho en tu vida. Supera a mirar debajo de la cama, a perderte en un centro comercial e incluso a bailar en mitad de la calle. ¿Qué intentas conseguir? No estás sola. Te estás dejando morir. Y, sinceramente, eso no mejorará tus problemas. ¿Crees que le gustarás más a la gente desnutrida? ¿Crees que te gustarás más a ti misma rechazando cada comida? Es como si te prohibieses a ti misma respirar porque de repente se hubiese puesto de moda tener la cara morada.

Se detuvo un momento para tragar saliva, y Edmée lo observó con los ojos como platos. Paul hiperventilaba, su nuez se estremecía bajo el pañuelo que llevaba anudado al cuello. El pelo y la chaqueta, impecables como siempre, parecían relucir de una manera extraña. Había comenzado a desahogarse y ya no podía parar.

-Y te diré algo más. Si realmente para ti estoy haciendo una cosa tan tonta, te confesaré que te quiero, te quería cuando pesabas quince kilos más y no me gustas más ahora- manoseó las galletas entre las manos, repentinamente nervioso-. Por mi parte el juego ha terminado, y espero que concluya el tuyo. Pero no puedo seguir viendo cómo te autodestruyes. No lo soporto.

Se levantó de la silla de plástico y salió de la habitación, dándole la espalda en silencio y dejando las últimas palabras aún flotando en el aire. Algo se hizo añicos en el interior de Edmée provocando un estruendo de vidrios rotos y sentimientos ocultos emergieron al fin, tímida y dolorosamente como vampiros a la luz del día. Aún esperó demasiados segundos, congelada sobre aquella cama impersonal con las galletas de chocolate a su lado, escuchando los pasos de Paul alejarse por el pasillo.

-¡Espera!- gritó mientras se levantaba de la cama, abalanzándose hacia la puerta. Sus rodillas cedieron, el cuerpo aún seguía demasiado cansado y receloso, se negaba a caminar. Se agarró al marco de la puerta como si fuese una tabla de madera en un naufragio, mientras le daba otro vahído. Cerró los ojos y sintió cómo otros brazos más fuertes la rodeaban y la sujetaban. El olor inconfundible de colonia cara de Paul la envolvió.

-¿Edmée? ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? ¡Contesta!

Edmée sonrió sin abrir los ojos, presa de un pensamiento repentino. “Se cree que me he roto en pedazos.” Los abrió poco a poco y fijó sus pupilas en las del chico, con la sonrisa estudiada y modesta del ganador que conoce su victoria.

-Tranquilo, ya no soy de cristal.

Enarboló una galleta de chocolate que llevaba escondida en la mano y se la comió sin tapujos sentada en el suelo del hospital, delante de él, de las enfermeras, de los médicos, de los pacientes que observaban extrañados cómo se manchaba las comisuras de chocolate, el pelo se le llenaba de migas y poco a poco parte del hambre, hasta entonces apartada y expectante, comenzaba a saciarse. Los labios de Paul hicieron el resto.

La caída



Es cuando las lágrimas se deslizan por debajo de las baldosas, cuando se rompen los espejos, se resquebrajan las pestañas y los labios explotan, cuando se exprime un chillido color violeta y el aire apesta a frustración, cuando la garganta quiere expulsar el estómago en una convulsión y la saliva sabe a hiel, cuando las pupilas no quieren dejar pasar el sol y el cuerpo es una nube que se puede rajar a cuchilladas.
Entonces es cuando el cielo a través de la ventana se asemeja a una bocanada de aire puro en el cráter de un volcán, y los ocho pisos boca abajo con el suelo como sombrero, dos segundos de gloria antes de emprender el vuelo.