Nuevo marcapáginas.

Parece que sólo escribo aquí cuando estoy enferma.
Hoy he desayunado tostadas con aceite de oliva y (cómo no) té mientras releía por decimoctava vez la Cosmopolitan y las pestañas me llegaban hasta el suelo en cada bostezo. Después de las pastillas, a lavarse la cara con los potingues de la dermatóloga. La quemadura parece que se va curando, según los manuales de internet, "deja zonas hiperpigmentadas que curan al cabo de 3-4 días, sin cicatriz". Supongo que eso quiere decir que es normal que tenga 2 cm de diámetro de la barbilla morados.
Leer, leer y leer. Hacía tiempo que no leía tanto tan seguido. Simplemente me arrebujo bajo una manta en el sofá y me olvido de que hay algo al otro lado de las ventanas. Después de la comida, lógicamente he ido a por el ordenador y me he dedicado a ir alternando capítulos de Big Bang Theory con Chuenchi. Luego he cogido a perrinington y nos hemos dado un buen paseo por el canal para despedir al día, y me he vuelto a replantear lo del volumen de la música, porque al pasar por mi lado un abuelo en bicicleta me ha gritado "¡¿estás sorda o qué?!". Me he quedado con la duda de qué era eso tan importante que intentaba decirme.
Para no sentirme culpable, al volver me he hecho otro té, he cogido el ladrillo de historia y he seguido haciendo apuntes de Napoleón, aunque confieso que no me ha durado mucho la buena intención. Ayer descubrí mis acuarelas, que llevaba sin utilizar más de... yo qué se, diez años (nunca he sido muy cuidadosa y me ponían histérica), y la verdad es que no soporto verlas tan impecables. Y en fin, aquí tenéis el resultado de la última hora del día. Lo siento por la calité de la foto, pero de verdad que me da MUCHA pereza ponerme a cargar la cámara.
Mañana volveré al instituto, aunque sólo me hace ilusión porque es viernes. Y ni siquiera sé por qué me hace ilusión que sea viernes; si me encuentro mal me quedaré en casa, tanto si es viernes como si es el día de Pascua. Bueno, siempre podré seguir haciendo marcapáginas para separar los marcapáginas entre sí. Pero entonces serían marcamarcapáginas.

Lo que sea. Buenas noches.

jueves.



Fiebre, otra vez.

Desde la ventana con doble cristal de mi torre de ladrillo viejo veo sin lentillas las luces de la ciudad parpadear como las llamitas alineadas de una tarta de cumpleaños. ¿Volverás a buscarme?
Prometo que te abrazaré para que te arda hasta la última célula de piel bajo las sábanas, y que cuando abras la puerta para irte, te volveré a poner un trozo de pastel entre los labios.

Drownin'

No digo que sea raro, digo que no es normal. Es… bueno, no intentes encontrarle explicación. Temblando con el agua a los pies, la sombra de las bolsas acariciando la superficie luminosa, que hace daño a los ojos, aunque en realidad ya tengo las pupilas dilatadas. Y arden. Y no sé si estoy viendo de verdad una luz verde parpadeando en mitad del río, que me saluda moviéndose de un lado a otro. Es un semáforo y dice que me está permitido cruzar. Que ahora mismo podría levantarme, avanzar hasta el agua e irme hundiendo con las zapatillas de estampado de tweed, luego los pantalones de Pull & Bear (qué nombre tan estúpido), luego el cinturón (y un pequeño cortocircuito al apagarse el móvil para siempre). Después comenzaría a tiritar, la garganta se me inflamaría aún más, la ropa se me pegaría al cuerpo. Las mangas de la cazadora falsamente desgastada se convertirían en cascadas de agua sucia. Y seguir avanzando, con vaho blanco filtrándose por los labios (morados ya bajo el pintalabios) y las puntas del pelo comenzando a oscurecerse. Y no escuchar los gritos ni a los peces, ni notar el fango dentro de las zapatillas, porque aún prevalece el escudo invisible de los auriculares en las orejas. Hasta que flotasen como algas en aguas muertas junto al resto del pelo. Y el pañuelo de Bershka que me compró Paula en mitad de una de esas conversaciones tan nuestras, a la deriva entre vasos quemados de alcohol.





Voir sans arrêt tomber la pluie.



Tendrás un límite, dijo él. Al otro lado de la ventana, las flores se tragaban la lluvia. Bueno, en realidad... me he dado cuenta de que mis límites son como gomas.
Llego, lloro y reboto. Y se acabó.
Al otro lado de la ventana, la lluvia se tragaba las flores.

Hasta que se rompa la goma estaré bien.

Un beso y un regalo.




Abrió una vez más los ojos para descubrir una pequeña y gastada lámpara de aceite a su lado, que iluminaba la habitación a duras penas. Al otro lado de la ventana, la noche había tomado el poder sobre la luz y la iluminación de las farolas no llegaba hasta la habitación. Una enorme grieta cruzaba el techo. Aguantó despierta lo suficiente como para poder ver con toda claridad cómo un par de ojos marrones la observaban en silencio desde la puerta, iluminados de forma fantasmal por la llama amarillenta de la lámpara. Los ojos marrones le mantuvieron la mirada hasta que a los de Alba les fue imposible aguantar más y se cerraron de nuevo, haciéndola presa de otro sueño que la llevaba lejos, muy lejos, a bailar encima de la alfombra persa. Pero incluso allí, en su casa, continuaban fijos en ella desde cada puerta, vigilándola. Sintió como, en mitad del sueño, todo el universo se detenía por un segundo y alguien rozaba sus labios con delicadeza, como el contacto de una hoja arrastrada por el viento. Como soplar una vela. Alba se estremeció de pies a cabeza, pero por más que buscaba en los rincones más escondidos de su subconsciente no encontraba la respuesta a ese contacto inesperado. Todo su cuerpo se puso alerta, indignada intentó llevarse la mano a los labios, que aún palpitaban escandalizados. Pero continuaba dormida y no podía moverse. Y en lo más profundo del sueño, que es donde se esconde la verdad, tuvo que reconocer que no le había disgustado del todo. Incluso para ser una ilusión.

Pero le faltan un par de lágrimas.


-Me parece que necesitas beber algo caliente, criatura.

-No, gracias, estoy bien, de verdad -consiguió articular Alba entre toses, mientras sentía cómo algo se le desgarraba por dentro. La perspectiva de un buen tazón de sopa o de chocolate la atraía como la luz a un mosquito, pero no podía fiarse. Aunque el hombre pareciese digno de confianza.

-¿Y si te doy mi palabra de caballero de que no te ocurrirá nada malo estando conmigo? Tengo familia e hijos, y te aseguro que no eres la primera jovencita a la que socorro por la calle. A no ser que tengas un sitio mejor a donde ir, claro.

Alba se rindió. Ya no quería pensar, y dado que no era dueña de su cuerpo y que este se le rebelaba a la mínima, decidió que no le importaba lo que le ocurriese. Había llegado a su destino y con eso debería estar satisfecha. Clavó sus ojos en los del hombre. De todas formas, todo acabaría tarde o temprano. Qué más daba bajo un coche, a manos de ese desconocido o en la libertad de las calles parisienses. Aún no había encontrado una razón por la que valiese la pena retrasarlo. Las nuevas ciudades que ansiaba conocer se le antojaban ahora diferentes escenarios macabros para su fin.

-Lléveme a donde quiera -dijo con voz cansada, y después, como respondiendo a una necesidad del cuerpo en el momento justo, se desmayó sobre la acera, contemplando a cámara lenta cómo las luces y el aguanieve giraban en la periferia de sus ojos.

***

-Espera, no te muevas. Está bien. Así. Quédate quieta.

La imagen era borrosa, como mirar al otro lado de un cristal en un día de lluvia. No conseguía distinguir quién le hablaba, pero era una voz de hombre mayor. ¿El ministro? No, porque estaría bebiendo alcohol y fumando puros en su sillón sobre la alfombra persa. El aire olía raro, como a comida quemada. El griterío de la calle resonaba en el piso de abajo y hacía eco en sus oídos. Le dolía la cabeza horrores, como cada vez que se despertaba sin recordar nada, como una muñeca rota que una niña había dejado abandonada en una calle. Respiró hondo para tranquilizarse y el olor la hizo toser.

-Vale, vale, está bien, tranquila -alguien le dio a beber de un vaso de agua tibia. No calmó su sed ni su garganta, pero el dolor del pecho remitió. Poco a poco la sangre volvía a fluir y la llenaba de vida. De repente recordó sin venir a cuento una frase que el ministro le había leído de uno de los libros de lomo dorado que guardaba encima de la chimenea. Alba estaba sentada en su regazo, era apenas una niña silenciosa y extraña con tirabuzones deshechos y vestidos de terciopelo que le daban alergia. El ministro le había dado una última calada a su puro y había expulsado el humo con la barbilla apuntando al techo, como una chimenea, como una ballena satisfecha. Alba siempre había pensado que las figuras que formaba el humo eran ninfas, o hadas, o algún tipo de dios chiquitito que estaba quemando a su padre por dentro. Le gustaba intentar pillarlo entre las manos como si estuviese cazando renacuajos. Pero bueno, aquel día, una tarde anaranjada como cualquier otra, el ministro terminó su puro, lo dejó encima de la mesilla de mármol y cogió el libro con las dos manos, como quien sujeta a una bestia salvaje para encararla. “Vives, mueres, son consecuencias”, leyó solemnemente. En aquel momento las palabras resbalaron y no llegaron a entrar en los oídos de la pequeña, se quedaron enredadas entre los tirabuzones de pelo rojo. Y ahora, de nuevo, salían a la luz en el momento menos pensado. Vives, mueres, son consecuencias. Sentía la sangre fluir por su garganta. Rogó porque no saliese al exterior. Qué estupidez, ¿consecuencias de qué?

-Vuelve a poner esa cara. No sabes dónde estás, te acabas de despertar, estás confusa y cansada. Alguna lágrima me vendría de perlas. Elise, ¿nos queda alguna cebolla madura? Tengo que hacerla llorar.

Una voz respondió desde otra habitación, con la voz cansada y experta de una ama de casa con los tobillos destrozados.

-¿Qué cebolla ni qué niño muerto? Lo último que necesito ahora es que la hagas llorar para alguna de tus estupideces.

Se escuchaban pasos acercándose, pero Alba aún no podía enfocar del todo la mirada. Una mole de color gris se acercó hacia ella y le tapó la luz, al tiempo que le colocaba un trapo frío y húmedo en la frente que ella agradeció horrores. La mujer (porque si de algo estaba segura era de que era una mujer), probablemente la tal Elise, olía a anís y a manzanilla, un toque sorprendentemente dulce en aquella atmósfera agobiante de paredes color tostado.

-¡Pero entonces mi cuadro quedará incompleto! Elise, realmente necesito esa lágrima -insistió la voz, que comenzaba a tomar la consistencia de la de un hombre mayor.

-Tú y tus cuadros. Esos cuadros nos matarán, y no las ratas o las migajas de pan enmohecido que consigo traer yo a duras penas. Porque tú nunca has hecho nada por esta casa. Las paredes ya no pueden soportar el peso de más pinturas, están comenzando a aparecer grietas por todo el techo.

-No seas estúpida, sabes que sin esos cuadros yo no sería nada.

-Si al menos vendieses alguno…

-Nadie quiere los cuadros de un ex-suicida.

-Si pensasen que va a ser el último, tal vez lo comprarían. Pero viéndote vivito y coleando, no creo que nadie se interese.

-Tal vez debería ir a tirarme ahora mismo del Pont Neuf.

-De eso nada, que acabo de fregar la entrada.

La mente de Alba anotaba febrilmente: La muerte es una consecuencia del arte.

-Odio cuando te pones realista, Elise –prosiguió la voz del hombre, desde una esquina de la habitación.

-Y yo odio cuando traes crías a casa. Por dios, mírala, no tiene más de dieciséis años, ¿en qué estabas pensando?

-En que no puedo ver morir a una niña inocente en medio de la calle.

-No, claro, siempre es más agradable verla morir en nuestra casa. Además, ¿cómo sabes que es inocente? Mira su pelo. Y sus pestañas. Eso es señal del diablo. Santíguate.

-Elise, por el amor de Van Gogh, no me vengas ahora con sandeces borreguiles. Prefiero mil veces vivir y descubrir que morir entre nubes de promesas monásticas.

-No dirás lo mismo cuando te asen a la brasa allí abajo. Recuerda, Pierre, que yo no estaré aquí siempre para salvarte la vida.

-Nadie te pidió que salvases nada, querida.

-Entonces deja de darme la tabarra con tus dibujos.

-¿Quieres verlo?

-Es un buen boceto.

-¡Pero le faltan un par de lágrimas!

En este punto, Alba volvió a sumirse en un sopor agobiante como el bochorno y no pudo escuchar el fin de la conversación.

Garabatos.


¿Sabes cuando dices que te vas a dormir y luego haces de todo menos dormir? Pues eso.

10 minutos.


He salido a pasear con un sólo casco puesto y el otro colgando sobre el dibujo de la camiseta como una anguila cabezona, o como un cordón umbilical demasiado largo. Se supone que no puedo ponerme los cascos hasta que no haya vaciado la última de las monodosis en el oído enfermo, así que, qué cojones, he decidido fastidiarme el otro.

Tengo las paredes empapeladas con fotos de reportajes de moda de la revista Glamour. "Chloé lleva abrigo con botones dorados, de Moschino Love (569 e.); y camiseta negra, de Naf Naf (c.p.v.). Nicolas, jersey a rombos, de Lacoste (130 e.) y americana negra, de Prada (c.p.v.)." Me pregunto si las personas que se compran estas revistas a euro y medio son las mismas que compran las americanas de Prada a (c.p.v.). O si Chloé y Nicolas luego se quedan algo de lo que lucen en las fotos. Debe de ser algo parecido a ser una mariposa y metamorfosear en gusano.

El anuario del instituto tiene círculos de té.

Hay una carta inacabada y esparcida en el rincón de la mesa que pega con la pared. Un artículo de periódico. Mi cepillo. Los cascos rosas enormes de Panasonic. Y un antifaz rojo. ¿Qué narices hace ahí un antifaz rojo?

Creo que debería ir poniendo las hojas en los archivadores, ya sabéis, para cuando empiece el espectáculo.

y ahora el cuento se acabó.



(...)
Luego, llegando el silencio,
siguen imaginariamente
a la niña soñada por un país
de nuevas, delirantes maravillas

donde ella charla con aves y bestias...
y medio se creen que es realidad.


(...)


Así surgió el País de las Maravillas;

así, uno a uno,
se fueron forjando sus hechos extraños;
y ahora el cuento se acabó.
Y, alegres tripulantes, ponemos rumbo a casa
bajo el sol de la tarde.

¡Alicia! Toma este cuento pueril,

y con mano bondadosa,
ponlo donde los sueños de la
Niñez se trenzan

con la cinta mística de la Memoria
como marchita corona de peregrino,
de flores
cortadas en un lejano país.


-Lewis Carrol. (Creo que no hace falta que diga de qué libro es.)
Foto: una de las tantas que hicimos yo y Paula en un día de esos en los que no puedes pagar a cambio de diversión y nos da por sacar a mi cámara de paseo. Por alguna razón, esta en especial me recordó a la amiga Alicia :) [Camiseta y cinturón de Pimkie, collar de Accesorize y falda de Pepa Loves. Las botas no se ven, pero eran de Bershka, aunque no lo parecen -para ser sincera, ya empiezo a estar un poco cansadita de Bershka xD-.]Hope u like it.

Verano de 1983

"En el verano de 1983 [...] recuerdo que un día estaba en el Thriftway de Montesano, Washington, cuando un empleado del supermercado que estaba descargando cajas, un chico de pelo corto con un aire al tipo de los Air Supply, me pasó un flyer que decía: "El Them Festival. Mañana por la noche en el aparcamiento situado detrás del Thriftway. Música rock en vivo gratis." Monte era un lugar nada habituado a acoger música en vivo en su pequeña localidad, una población de un puñado de miles de madereros y sus serviles esposas. Aparecí con unos amigos fumetas en una furgoneta. Y allí estaba el chico de almacén tipo Air Supply con una Les Paul en la mano, decorada con una foto de resvista plastificada de un anuncio de cigarrillos Kool. Tocaban más rápido de lo que jamás hubiera podido imaginar y con más energía de la que pudieran ofrecer mis discos de Iron Maiden. Eso era lo que yo andaba buscando. Ah, el punk rock. Los otros fumetas estaban aburridos y no dejaban de gritar "Tocad algo de Def Leppard". Dios, odié a aquellos capullos más que nunca. Había acudido a la tierra prometida del aparcamiento de un supermercado y allí había encontrado mi auténtica vocación."


-Fragmento del diario íntimo de Kurt Cobain. Subrayó dos veces la frase "Eso era lo que yo andaba buscando".

"Héroe" no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

"Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.
Si fuera él el que saliese en aquellas fotos con el mono, las miraría todos los días y pensaría: Si puedo hacer esto, puedo hacer cualquier cosa. No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.
Hasta el infierno.
Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea....
Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.
Que si un día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.
Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas, ya nunca querría poseer o conseguir nada más.
Que si uno podía comer o dormir lo bastante ya nunca necesitaría más.
Que si te quería bastante gente, nunca más necesitarías amor.
Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.
Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.
Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solamente si uno elige sufrir."

-Asfixia, Chuck Palahniuk.

Dedicado a Lobo.


Yo, por mi parte, ya he vuelto de la Platja y estoy feliz porque esta mañana he descubierto una nueva tienda vintage escondida en Hernán Cortés y he conseguido una falda, una camiseta, un cinturón y unas Green Coast a cuadros en menos de tres horas. Para que luego digan que lo material no da la felicidad. Háh.
Por cierto, feliz vuelta al infierno :)