El subrayador amarillo


Es ese sentimiento anudado

a mi cuello como un pañuelo
es esa sensación miope,
luz eléctrica, un placebo
como el que descubrió el paradigma del caos
removiendo una taza de té negro

y esperó


esperó, hasta que la taza se desbordase
lo inundase todo
pelo, libros, tinta, suelo
y bucear para siempre en agua templadita
con olor a libro viejo
mientras el subrayador amarillo se va flotando
lejos, hacia el cielo.

McAlester, Oklahoma.



"Nunca he visto a uno de esos tipos resistirse. Avanzan despacio por los pasillos y te hablan de cosas raras, del tiempo, del partido de fútbol, o te dicen: "
Layne, la vida va a ser mejor allí arriba." O bien se alteran y te dicen "¡Eh, Layne! Sabes que va a haber una llamada del gobernador y que no voy a morir esta noche." Ante la puerta de la sala, a veces sufren temblores, a otros les cuesta respirar e incluso algunos se desploman y hay que cogerles suavemente por debajo de los brazos para llevarles hasta la mesa. Para mí, lo más duro era volver a casa: te despides de tus compañeros, andas por el aparcamiento, es de noche, todo está tranquilo. Te subes a tu coche, arrancas y conduces en silencio. Piensas en lo que acaba de pasar y te parece irreal. Te dices: "he hablado con un hombre hace media hora y ahora está muerto." Llega un punto en el que tienes que dejarlo. Yo esperé 52 ejecuciones. Nunca le he hablado de ello a nadie."

Layne Davison, McAlester, Oklahoma.

Jueves azul



Jueves azul, y los copos de nieve

bailando un vals en la puerta prohibida

lentamente se congela la herida

aliento de carmín, sonrisa leve.


Vístete de ti, deja que te lleve

jueves azul, ciudad descolorida

lágrimas vagas, conciencia fundida

respira hondo, deja que te eleve.


Tu ángel de la guarda no aparece

jueves azul, devora uñas mordidas

hiélate en una esquina, ya anochece.


La flor marchita en tu boca florece

corre, huye de la luz enloquecida

que no te pille esa luz que ensombrece.

15:26


Una mañana me desperté y maté a un elefante en pijama.

Me pregunto cómo pudo ponerse mi pijama.

Estoy de exámenes y no me apetece pensar en nada.



Así que os voy a spamear un poquito de Alba :)
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Elise guió a Alba por unas escaleras de madera carcomida que parecían las de un palomar hasta un pasillo estrecho y sucio, al que daban todas las puertas de la casa por un lado, y en el otro se alineaban ventanas de marcos de madera que en sus buenos tiempos parecían haber sido verdes. Todos los alféizares estaban repletos de palomas y gorriones que luchaban entre ellos por unas migas de pan. Elise fue de ventana en ventana ahuyentándolos mientras refunfuñaba en voz baja.

-Ya ha vuelto a llenar Anthon los alféizares de migas, el muy… claro, luego la que los tiene que limpiar soy yo, pero eso a todo el mundo le da igual, como algún día me cruce de brazos y tire la escoba a ver quién es el listo que sobrevive en este agujero de animalejos. ¡Fuera, fuera!
Alba esquivó una fila de miguitas que avanzaba pegada a la pared, en una esquina del suelo, bajo los alféizares. Los pájaros a los que Elise ahuyentaba volvían a colarse de nuevo por las ventanas que ya habían dejado atrás y comenzaban a picotear del suelo, como burlándose de ella. Finalmente Elise abrió una puerta de madera algo astillada y les envolvió el aroma a café recién hecho y pan tostado.
-Elise, este café es infecto-exclamó una voz masculina que provenía del fondo de la habitación. La luz del sol cubría como un manto dorado y brillante la habitación entera, que resultó ser una cocina antigua al mismo estilo de locura que reinaba en el resto de la casa. Los utensilios y los platos sucios se amontonaban en algo parecido a un fregadero, los muebles tenían pegotes de pintura y la chimenea estaba apagada en una esquina, olvidada. Pegada a una pared había una mesa tosca y enorme de madera oscura y varios taburetes, flanqueada por un par de ventanas repletas de pájaros.
-Oh, querida niña, ya te has despertado -exclamó de nuevo la misma voz, con un tono completamente distinto al anterior. Se trataba del mismo hombre que la había recogido en la calle, sus ojos azules eran inconfundibles y esta vez brillaban con la promesa de un desayuno-. Acércate, acércate, tendrás hambre. Elise, sírvele una taza de café y un par de tostadas. Lo siento, no puedo ofrecerte nada para untar, pero dicen que el pan solo es más sano.
-También dicen que es sano dormir en el suelo -añadió Elise sin mirarle, mientras servía otra taza de café negrísimo y humeante.
El hombre pareció ignorar ese comentario mientras observaba a Alba sentarse a su lado en la mesa. Elise se acercó enseguida con el desayuno, al tiempo que espantaba a una paloma que se había posado en lo alto de una torre de tazas sucias.
-¿Y bien? ¿Te encuentras mejor? -le preguntó el hombre, después de dejar un espacio de tiempo para que Alba comenzase a beberse su café. Estaba demasiado fuerte y sabía raro, pero no se atrevía a pedir más azúcar. Podía escuchar a la gente de la calle pasar al otro lado de la pared y se sintió aún más extraña tomando café con unos extraños.

on continue


Alba se alejó de la ventana y se dirigió hacia los cuadros que cubrían las paredes. Se dio cuenta de que no creaban una línea horizontal a lo largo de la pared, sino que los habían colgado de forma descuidada, dispersos, formando zigzags y apelotonados, como si hubiesen clavado las escarpias con los ojos vendados. Algunas pinturas representaban escenas cotidianas: una mujer comprando pan y verduras en un puesto al aire libre, un par de abuelos tomándose un vaso de vino en un bar, una joven recogiendo flores en un prado, pero también había retratos ridículos, pesadillas en blanco y negro que provocaban escalofríos, fantasías de personas mitad hombre mitad animal y de seres legendarios en bacanales, hadas, dioses, sátiros. Cuadros que tan pronto sacaban una sonrisa como la hacían enrojecerse de pies a cabeza. Estaba intentando descubrir qué era exactamente lo que estaban haciendo una ondina y un orco cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y apareció la mujer que olía a anís y manzanilla. Elise se quedó paralizada en la puerta con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo como dos enormes butifarras. Era una mujercilla pequeña y robusta, de pelo rubio y erizado que intentaba recoger en un moño. No era bonita ni daba señales de haberlo sido en su juventud. Sus pequeños ojillos oscuros se escondían entre dos prominentes mejillas y tenía unos enormes pechos a juego con su trasero. Sin embargo, en esa carcasa de mujer de clase baja se ocultaba un nosequé que la alejaba de la vulgaridad, un brillo propio de inteligencia que chocaba con su aspecto físico pero que Alba descubrió que estaba allí con una simple mirada rápida.

-Ah, ya te has despertado -dijo la mujer con voz grave y segura. No tartamudeaba ni sonreía tontamente, simplemente se limitaba a desviar la vista de Alba al cuadro y del cuadro a Alba-. ¿Te parece interesante?

-En realidad intentaba adivinar qué estaban haciendo -admitió Alba inocentemente.

La mujer le dirigió una mirada suspicaz, como si no la creyese en absoluto, y luego reviso rápidamente la habitación, comprobando que todo estuviese en su lugar.

-¿Tienes hambre? -preguntó finalmente. Alba asintió. -Sígueme. Y cierra la puerta cuando salgas.