Aquella noche.


Aquella noche, Mauricio soñó con la espalda de Ginebra.
En su sueño, él era una gota más que descendía desde la punta de un mechón negro por detrás de la oreja, a la izquierda de la yugular. Bajaba, deseando ser humano, deseando ser una lengua. Una gotita bebiendo piel. Cuando creía que se iba a volver loco de velocidad, esta disminuyó al llegar a la clavícula. "Espero que ella no sepa que estoy en su clavícula", pensó, histérico de placer al descubrirse por fin colonizador de aquel huequecito que siempre había reclamado en silencio para sí. Sin embargo, el descanso no duró mucho, ya que al detenerse, se dio cuenta de que era una gota, y en mitad de su sueño recordó la imagen de Ginebra en toalla, Ginebra recién salida de la ducha, Ginebra empapada... y acto seguido, sin saber cómo, el rumbo había cambiado bruscamente y ya no se encontraba agazapado sobre el pecho, sino descendiendo a toda velocidad por la curva de la espalda, siguiendo el camino esculpido por la columna vertebral. Mientras se precipitaba, su cuerpo humano comenzó a jadear, su pecho se contrajo y finalmente se despertó de un salto, aferrándose a la almohada y preguntándose por qué narices estaba tumbado sobre su cama deshecha y no danzando hacia el final de una rabadilla que conocía demasiado bien.

Con limón y hielo.


Cuando Mauricio se fue, Ginebra se concedió el secreto placer de observar su espalda alejarse por la calle. Y como tantas otras veces, repasó el contorno de sus omoplatos bajo el jersey con un dedo sobre la ventana y la lengua sobre el labio superior.

Mauricio, Maurice, cuándo dejarás de cambiar. Me atontas con tus idas y venidas y tus rastas y tus sueños y ese olor nuevo que no sé de dónde sale pero que cada vez es más tuyo y más mío. Todo esto lo escribió con saliva en el cristal. Luego volvió a meterse el dedo índice en la boca y se marchó mordiéndose la uña.

Trozos.




Puedo dar vueltas en la cama hasta que se vuelva incómoda.

Siempre he querido tachar mi reflejo en el espejo con un pintalabios rojo pasión.

No lloro, me limpio las lentillas.

¿Qué más da? Los minutos sólo son rayitas sobre un fondo blanco.

Estar solo es rodearse de personas que no te dirigen la palabra, eso es estar solo.

Nichocolateconlechenicafénipanniazúcarnibizcochoniheladonichirizonipatataniquesonialcohol
ninadadenada.

Más allá del talento.





En ese momento una melodía de violín irrumpió en el ambiente y rompió la concentración de Alba en la conversación de Pierre y su mujer. Dejó la taza de café en la mesa y escuchó con interés, con la boca entreabierta de estupefacción. El sonido parecía provenir de la habitación de al lado. El resto de ruidos quedaron relegados a un segundo plano insignificante mientras su cabeza y su pecho comenzaban a llenarse de la música, la absorbía con fruición. El violín comenzaba lento, como probando comienzos de diferentes melodías, y cada vez acrecentaba más la velocidad y la intensidad de la pieza, hasta el punto en el que Alba sintió como su pecho estaba a punto de explotar, su estómago se encogía y le recorrían escalofríos por todo el cuerpo. El talento del músico era indiscutible, incluso para ella que no había escuchado demasiada música a lo largo de su vida, únicamente los valses que le enseñaban sus profesores y algunas piezas más que el ministro consideraba oportunas. Pero esta no era ninguna que ella conociese ni que pudiese comparar. Era ligera, daba giros imprevistos, tenía el esqueleto de un extraño ser mitológico, como una huída a través de un bosque a medianoche, era como un lamento escondido o como la promesa incumplida de un mundo extraño y maravilloso. Era rara y amarga como el café.

Se levantó de la mesa dejando el desayuno a medio terminar y se dirigió hacia la puerta como poseída, guiada por la música como un perro se deja arrastrar por el olor de un hueso. Los ojos fijos en la nada, podía mecerse al compás del violín como un junco se rinde al aire.

-Espera, espera, ¿a dónde vas? –escuchó a sus espaldas. Lo ignoró. Salió de la cocina al pasillo repleto de puertas y abrió la más cercana. El sonido la envolvió por un instante y sonrió satisfecha. Era como uno de los cuadros surrealistas de la habitación que había a lo alto de la escalera: la luz del amanecer iluminando la silueta del músico que tocaba el violín como poseído por su propia música, rodeado por un cerco de pájaros que cubrían el suelo y los muebles, pero que dejaban un espacio alrededor de sus pies, en señal de respeto. No podía ver con claridad la cara del intérprete, pero no parecía ser muy mayor, apenas tenía una sombra de vello en la barbilla. Sobre su hombro descansaba una paloma, y en la ceja del violín un gorrión movía su cabecita con cada movimiento del arco sobre las cuerdas. Era un espectáculo extraordinario

-El encantador de pájaros –dijo Alba en voz baja, asombrada y maravillada también.

-¡No! –una mano la agarró con brusquedad del hombro y la arrastró hacia atrás. El sonido se detuvo violentamente y lo último Alba pudo ver fue al músico levantando la cabeza para mirarla mientras todos los pájaros se escapaban en bandada por la ventana.

-No debes molestar a Anthon. Nunca –aclaró Pierre con voz más suave, como intentando disculparse por el arrebato que acababa de sufrir. Al otro lado de la puerta ya no se escuchaban más que aleteos alejándose. Alba sintió cómo toda la magia del momento se desvanecía por completo.

-¿Por qué? –preguntó preocupada.

Justo en ese momento se escuchó un ruido sordo que hizo que le diese un vuelco el corazón. El sonido desgarrador de un violín de madera al chocar contra el suelo y partirse.

-Por eso –respondió Pierre.