Las diferentes edades de las pestañas.

Ginebra aprendió a sentir a los cinco años mirando un cuadro de Edward Hopper. Con Habitación de hotel aprendió a vivir la soledad y a manejar el desorden. Unos años más tarde, ojeando por curiosidad un cuadro de su padre, descubrió el sexo femenino. Nunca se había fijado pero allí estaba, plasmado, triunfante en todos sus colores, brillante. Ginebra no podía dejar de mirarlo, mientras sentía cómo el olor del barniz fresco le pinchaba como una aguja el cerebro. Algo se le revolvía por dentro, todo un mundo dentro de su cuerpo. Sin explorar. Su padre se fijó en la atención infantil que la niña estaba prestando a ese cuadro en particular y tomó nota, pero no intervino. Dejó que la naturaleza siguiese su curso, porque sabía que en aquel momento era una puerta entreabierta por la cual alguien susurraba desde el otro lado: “aún no… pero pronto”. De todas formas, pronto era demasiado tiempo para él.

La verdadera revolución llegó con la fotografía. Un día, una Ginebra un poco más mayor pero aún muy pequeña (aunque tampoco crecería mucho más) encontró en un reportaje exhaustivo sobre las preferencias de Lewis Carroll a la hora de merendar una fotografía de Alice Liddell, la niña real que había descendido hasta el País de las Maravillas. La recortó y se la guardó en una caja de puros llena de cosas inservibles que mucho tiempo después tiraría directamente a la basura sin pararse a comprobar que había dentro. Pero durante los meses siguientes al descubrimiento, Ginebra devoró aquella foto cada tarde como si fuese su propia merienda. Incluso llegó a escribir un poema, el único que escribiría en toda su vida.

Yo soy la Alice mendiga

que se esconde bajo el delantal azul y el lazo blanco de Alicia.

Su madre lo colgó en la nevera debajo de un imán con forma de mazorca de maíz.