Cartas.


Como todos los días a las seis y media de la mañana, Ginebra ponía a hervir agua para el café, tostaba las tostadas y elegía las galletas. Colocó el suculento desayuno sobre el suelo de la habitación en una bandeja, y sentándose con las piernas cruzadas, se colocó un plato en el regazo, una taza al lado del muslo derecho y procedió a abrir la carta que Sabina le había enviado desde Venecia. Descendiente de padres españoles con abuelos italianos, en algún momento de su vida había decidido romper con todo de forma radical y, metiendo a presión todos sus libros y sus vestidos en un baúl antiguo, había regresado al lugar del que sus abuelos habían decidido huir décadas antes. Ginebra la había conocido respondiendo a un anuncio en el periódico en el que sólo había una frase escrita: “Hola, me llamo Flor, ¿quieres ser mi amigo?” Pero resulta que no tenía nombre de flor, sino de árbol, y sólo le había respondido una chica que decía llamarse Ginebra y con la que ahora mantenía constantes y larguísimas conversaciones por carta, una desde cada punta del mediterráneo pero las dos muy lejos de Zaragoza y de Venecia.

Al abrir el sobre Ginebra se cortó sin querer la yema del dedo índice. Un poco impresionada y aún muy somnolienta, experimentó como un niño pequeño apretándose el dedo y dejando que un hilillo de sangre brotase y descendiese por toda la falange con pequeños pinchazos de dolor. Con la yema sangrando y la carta de Sabina en la otra mano, Ginebra no pudo evitar preguntarse si cuando su amiga se cortase en el índice de la mano izquierda sentiría exactamente el mismo dolor. Cuando se tocase la palma de la mano, ¿la sentiría exactamente igual que la sentía ella misma? Cuando oliese el olor conocido de su propio cuerpo, ¿sería el mismo olor que olía ella? ¿O sería más salado o más extraño? se preguntó, sintiéndose de repente maravillada por aquellas pequeñas diferencias que determinan lo divino de la especie humana dentro de la vulgaridad de lo común.

Hoy Sabina le hablaba de flores y pesadillas. “Me he comprado unos pensamientos y unos claveles chinos”, decía, “para la quinta terraza, ya sabes, la de arriba del todo. No he dormido nada y creo que he decidido que no voy a dormir nunca más.”

Ginebra dejó la carta a un lado y se bebió el café pensando en la respuesta.

l'art de vivre.


Finales de Junio, sábado, cuatro de la tarde.
Mucho silencio y demasiado sol.
La cama llena de ropa, varios cuadernos abiertos,
unas rosas casi marchitas, un bostezo contenido
y una película de Chaplin.



Alba* ha vuelto.

*(No la Alba parisina, la Alba de Ginebra. Para los que me entiendan.)


Desde hacía algún tiempo, Alba había observado que si fijaba la atención la vista en lo que la rodeaba, esto adquiría un brillo extraño, difuminado y muy reluciente, como si la luz del sol incidiese de forma extraña. Más de una vez se había detenido en mitad de la acera y había extendido los brazos con las palmas de las manos hacia afuera, como si pretendiese tocar un árbol o un coche cercanos que de repente reflejaban, estaba segura, todos los colores del arcoiris.
Pero cuando su mano se detenía sobre la corteza del tronco o el
capó, los colores desaparecían y sólo podía ver una corteza marrón oscura y un capó que reflejaba la luz blanca y ordinaria del sol. Con el paso de los días, que conformaron semanas como collares de cuentas, había aprendido ya a ignorarlo como quien se acostumbra a unas gafas nuevas, pero tenía la impresión de que cuando su madre le cepillaba el pelo cada noche en silencio, la habitación resplandecía de tal forma que se veía capaz casi de tocar la fina pared invisible que la rodeaba y que en aquellos momentos se materializaba con tanta claridad que Alba podía asegurar (aunque no se atrevía a hacerlo por no demostrarse a sí misma que se estaba volviendo chalada) que se encontraba justo en el interior de una burbuja de jabón.











Dios mío, cuántas cosas en tan pocos días. Me alegro de haber vuelto.