Stranded.


Creí que recordaría estos días de transición (meses, para ser sincera) con la imagen de mi escritorio ordenado como el de una universitaria aplicada con una página de teorías literarias abierta en el netbook, una taza de té humeante y la discografía de Edith Piaf sonando muy paguisina y muy fgansesa de fondo mientras Celia se zambulle feliz y resuelta en el mundo del saber para mayores de edad. Hasta tenía una foto preparada y todo. 
Pero no. 
Para ser sincera, el resumen de estos meses, y me acabo de dar cuenta, es este preciso momento, a la una menos veinte de la noche, cuando ya no se oye ningún ruido en casa y todos los muebles bizquean los ojos si vas por el pasillo encendiendo las luces. Cuando, después de decir adiós a mamá, al gato y al león (y esperando que les llegue hasta lo que parece el fin del mundo), me recuesto un poco en la silla esperando a que termine la canción de Tom Rosenthal que me ha salido en la reproducción aleatoria  y que me trae esa sensación tristísima de sentirse resguardado de una tormenta. Me doy cuenta en el momento en el que me recuesto en la silla con los ojos fijos en el montón de rotuladores que se hacinan en el escritorio sobre un lecho de restos de goma de borrar, debajo de la carpeta de la que brotan folios de papel doblados, a mi izquierda apuntes de fonética que debería haberme aprendido esta tarde y no he hecho y detrás del netbook un altavoz tumbado boca arriba como un escarabajo enorme; el otro se ha caído ya por el hueco entre la mesa y la pared. El suelo está lleno de calcetines, sobre la cama descansa la mitad de mi armario y este mediodía se me ha caído salsa en la manga de la chaqueta, que huele a pollo con verduras. No hay limpieza, no hay orden, la impresora no funciona; sigo siendo Celia, intentando salir a flote, colocando pos-its con las cosas que tengo que hacer por todos lados en un intento desesperado de autoconvencerme de que sé ser organizada (aunque luego no los mire nunca), intentando recobrar la seguridad que no sé de dónde me vino y que todo el mundo cree que tengo y ya no sé cómo demostrar que me ha abandonado cruelmente la muy puta. Sigo siendo la Celia de doce años que remueve el culo en la silla intentando encontrar un sitio donde ponerse cómoda. Rodeada de canciones que le recuerdan que siempre será desordenada, y que nunca estará contenta, y que siempre existirá esa sensación de cerrarse la chaqueta amorosa sobre el pecho y abrazarse mientras la canción te cubre de la tormenta y rompe el silencio de la casa que duerme.

Monochrome.

           

Ya sé que no he dicho nada de la Universidad hasta ahora. La razón es que no sabía qué escribir hasta que ayer, paseando con una amiga de clase entre las hojas amarillas que emigraban en bandada, me dijo que se sentía como si estos últimos meses hubiesen sido una simple pausa y de un día a otro tuviese que volver a coger el autobús para ir Instituto. Es exactamente esa sensación. Como si todo esto no fuese más que un experimento pasajero y dentro de unos meses volviese a clase con Clara para agobiarnos las dos juntas porque no llegamos, a pasear los sábados con Paula, a huir de Mancholas por los pasillos y a que Jaime me lleve en bici los jueves a clase de francés. Y a saber siempre qué es lo que tenía que hacer y cómo tenía que hacerlo. Ya lo sé, todo tiempo pasado fue mejor y segundo de bachillerato fue un curso difícil y extraño, pero qué bien nos lo pasamos. Y mientras mis dieciocho años llegaron de forma indolora y casi de puntillas, sé que los diecinueve me van a caer encima como una losa de cemento, mientras intento aclararme acerca de qué libros tengo que coger de entre una pila que se tambalea, mientras voy de aquí para allá con las manos en los bolsillos y la nariz escondida en la bufanda intentando desenredar la maraña de pensamientos que crece y crece y crece cada vez más. Mientras reconstruyo mis objetivos. Porque eso es lo que tengo que hacer, construirme unos nuevos. Antes, el camino era claro y guiaba mis pasos. Ahora que ya he conseguido lo que quería más que con creces, que he entrado a la Universidad, no aparece el letrero de "The end" por ninguna parte y me quedo paralizada sin saber qué hacer, boqueando y dando saltos en el suelo como un pez fuera del agua. ¿Qué quiero hacer a partir de ahora? ¿Qué tipo de persona quiero ser? Tanta libertad me angustia un poco. 

You drew a charming stick man on my left hand and you told me not to wash it off.





You looked like Pingu in the Igloo 

Your nose was cold , you showed me the icicle that you found hanging from the roof.

I remember your entrance to the room I was in 
and the half pint glass you were holding, 

that made you look bigger than you were.

You drew a charming stick man on my left hand and you told me not to wash it off. 


We loved you, we loved you.

Repaso del dia.















Hoy me he dado cuenta por primera vez en mi vida de que hay relojes por las calles.
Volvía a casa en el bus con la nariz pegada a la ventanilla y los cascos grandes para no enfriarme las orejas (que es por donde me entra todo el frío directo a la cabeza y me hace pensar cosas tontas) y durante un cruce en el que escudriñaba la pared de enfrente he encontrado un reloj digital, alargado, con los números de color rojo, que parecía flotar encima del porche de una charcutería. Y de repente me ha parecido muy raro, ¿qué hace un reloj ahí en la esquina de la calle? ¿Por qué están los cruces plagados de relojes como guardias de tráfico? Creo que hoy me he dado cuenta por primera vez de la existencia de estos relojes anónimos, que nadie reclama para sí, porque es la primera vez que ver uno me ha molestado de verdad. Me he imaginado a todos los conductores mirando hacia arriba como borregos, asimilando la hora que se refleja en números rojos sobre su parabrisas. Me he imaginado miles y miles de relojes digitales enormes, negros y rojos, como una bomba en cuenta atrás, apremiando a personitas grises para que vayan de un lado a otro, vamos, vamos, que llegáis todos tarde, apretaros la bufanda contra el cuello y caminad por la cuesta arriba. 
Lunes, a.m, lunes, p.m., lunes, lunes, lunes, lunes, sábado, domingo, y vuelta a empezar. 
No sé, pero mientras bajaba del bus con la barbilla escondida en el cuello del abrigo y las manos en los bolsillos me ha dado mucha rabia que a alguien le importase tanto a qué hora llego a casa.

Más tarde, mientras me hacía el té de las ocho, se me ha caído el papelito de la bolsa dentro de la tetera. Ais, merde. Mientras lo rescataba me he acordado de algo que leí ayer: el ser humano olvida el 89% de lo que hace a lo largo del día. Cada día. Eso significa muy poca vida y muchos reinicios. Es un poco cruel que el cerebro decida borrar programas sin avisarnos. Me he preguntado si mañana me acordaría de que esta tarde a las siete y media al ir a verter el agua hirviendo en la tetera se me ha naufragado el papelito de la bolsa de té dentro. O de la pelusa rubia que tiene al final de las mejillas el niño al que doy clase, o de la mirada asquerosa que me ha echado el señor del bus, o del daño que me he hecho al arrancar con los dientes la piel de la punta del labio superior, o de lo fríos que tengo los pies ahora mismo.

Para terminar, durante el descanso de cinco minutos entre clase y clase, la amiga que tengo al lado me ha preguntado de repente con cara inocente que si era feliz. Yo estaba mirando twitter en el móvil y me he reído un poco y me he encogido de hombros. ¿Y a qué viene esa pregunta? No sé, sin más. 
Luego lo he estado pensando. No sé si soy feliz. Me curo. Me despierto y me voy a dormir. Leo cosas. Me pinto los labios. Eso es todo.

Imagining you is just one of those things we do.





Pictures of a face 
Descriptions of the day 
I don’t know what to say about that

Pictures 
Pictures of a face 
Descriptions the day 
He walked away 
It was raining 
And this pain in your heart never went 
You never said 
It would feel like this and that's why 
I want you to stay 
That’s not what I meant to say 
But I mean it 
I mean it 
Yeah right 
There’s your honesty 
Honestly, I’m feeling fine 
Intelligent design 
Line of eye-shadow tears and more wine 
I don’t mind if I do 
Do you like my new shoes 
Mums, dads and home truths

Like: what are we going to do about you?
You used to be such a happy child 
You dialled the number 
Didn’t speak 
How do new lovers meet 
Incredible feats 
Of bravery 
Wavering baby steps favouring 
Wild mood swings 
We were never not quite on the brink 
Not trying to not think 
Of missed connections 
Missing links 
Rose tints 
It’s just one of those things



Imagining you 
It’s just one of those things we do

Things things 
So many things 
So much to say 
Lonely strings 
Catch the bouquet 
Hey hey 
Here’s your soulmate 
Spinning plates 
One topples 
It’s too late 
It breaks 
Industrial estates 
And a canvas of cannibals of our entwined fates 
So let’s find a place 
To be complete 
Find names we repeat 
Find signs in the names of her street 
And when you sleep 
It’s still there 
Always there 
In a necklace of amber 
Take care 
Of your paint and your brushes 
You know the way she is 
The way she pushes 
A greater weight than a lifetime of crushes 
Playing back the day’s rushes 
Here’s the scene where you see him 
And you don’t know what to say 
And I don’t know what you say about that

Pictures of a face 
I don’t know what to say about that 
Descriptions of the day 
He walked away

I suppose 
Some boys 
Spend their whole life joking 
Reading lines like karaoke 
And opening wounds 
Tombs 
Visiting unspoken rooms 
In the Crowlands 
No romance 
No shall we dance 
Circumstance 
Limping men with beers cans 
Fortunes old hands 
Reading lines of love, life, good times and pretty bad plans 
Plots and parades 
Every day 
Every night 
The end was always in sight 
And when it ends 
It never ends 
It descends 
Into the centre of the earth 
Wish this curse 
Could be lifted 
Sometimes the world makes me feel like I never existed 
And I existed 
When she was laughing

Pictures of a face 
I don’t know what to say about that 
Fortunes old hands 
Overrunning the land with you 
When you were laughing 
When she was laughing

I say where do my bluebirds fly.

Ya no lloro, no te preocupes. Después de un mediodía, una tarde y media noche por fin se me han secado ya los ojos. Y la sensación de seguir de pie, paralizada durante unas décimas de segundo eternas al final de la línea de embarque que se va llenando de cuerpos y maletas que te cubren y tú mirándome con un poco de pena. La tirita que se me despega siempre de vuelta a casa cuando vuelvo sola escuchando Where do my bluebirds fly, o Long nights, o Forget Slowly (que anda que también son buenas elecciones, Celiquita), y que me revuelve las tripas con una tristeza que no se va ni con cervezas, ni con películas, ni con crêpes, ni con bromas de mamá. Esta mañana nublada y oscura ya soy capaz de mirar mi habitación desordenada, llena de cosas que te has olvidado o te has querido olvidar y no ponerme a sollozar de pie en la puerta (cuando llegaste salió el sol, hoy llueve). Te prometo que este año voy a aprender a recomponerme a mí misma trocito a trocito cada vez que te alejes, a aprender lo que significa instantáneo y a no querer aferrarme a ti cuando el avión esté a punto de salir. Y a ser capaz de sonreír con un poco de pena porque ha sido maravilloso en vez de llorar y moquear porque ha sido maravilloso y ya se ha acabado y me quedo haciendo equilibrios en una cama vacía sin quererme creer que mañana ya es lunes. Este año voy a dejar de ser una llorona, ya verás, y no tendrás que limpiarme las lágrimas cada dos por tres ni consolarme por teléfono porque sé que aunque te vayas y aunque me vaya, siempre vamos a volver. Y volveremos para siempre.









-Llevo sin parar de llorar desde el aeropuerto. Es penoso. Debería estar acostumbrada, pero es que cada vez que se vuelve a ir es como si me volviesen a arrancar el corazón.

-No te acostumbrarás nunca. Y te levantarás mañana con la sensación de que te han quitado una parte del cuerpo.

Montreal.


















Montreal, Rue de la Commune. Atardece. Un edificio de aproximadamente cuatro pisos, ladrillo marrón, de apartamentos pequeños pero caros y un hall no muy limpio pero con un ascensor muy amplio. En la fachada se esboza una escalera de incendios de metal negro que zigzaguea conectando todas las ventanas. En la más alta de todas, una chica morena con el pelo hasta la mitad del cuello y profundos ojos negros a los que da menos importancia de la que debería fuma un porro y se entretiene viendo cómo el humo desdibuja los límites de la ciudad. Sueña con Europa como la meta de su huida desde que su novio –ex–novio, se repite furiosamente- la dejó plantada con media vida planeada y congelada de golpe. La chica asomada en la ventana, que por cierto es la de su dormitorio, observa la última calada desvanecerse tras sus pestañas y repasa mentalmente minuto por minuto la última vez que ella y su novio –ex–novio- habían hecho el amor –follado- en la misma cama que descansa, deshecha, a su espalda.


La adolescente del piso de abajo también lo recuerda bastante bien, porque los alaridos de la ex-pareja eran una constante a la hora precisa en la que ella se encerraba en su desordenada habitación y dejaba la ropa arrugada que había lanzado a la cama sobre el respaldo de la silla para tumbarse con su portátil y hablar por Skype con su novio. Las dos parejas parecían haber acordado inconscientemente el mismo horario de visitas y, mientras ellos se estiraban sobre camas transoceánicas para acariciar las pantallas de sus ordenadores con las yemas de los dedos, la adolescente tenía que escuchar cómo el novio de su vecina se la tiraba sonoramente, y no le parecía justo. Así que ahora mismo se alegra de que el ruido cotidiano de por la tarde haya cesado y le dejen hablar con su novio en paz.


La madre de la adolescente acaba de golpear con los nudillos la puerta de su habitación para llamarla por cuarta vez a cenar. Luego vuelve a la cocina haciendo un ruido sordo y limpio con los pies descalzos en el parqué y sirve sola la ensalada en boles de madera. Súbitamente, cree percibir el olor de la marihuana y todos sus recuerdos de juventud se amontonan unos encima de otros: Woodstock, el olor del barro en el pelo, las coronas de margaritas, los lemas tatuados con ceras por todo su cuerpo desnudo, las risas inacabables de noches y días cálidos, la música. La marihuana, que de pronto se ha filtrado por la ventana y la ha golpeado con toda la nostalgia de una juventud que ya parece la de otra persona. Durante unos segundos, se queda con la ensalada en la mano y el brazo congelado en alto sobre uno de los boles, la mirada perdida. Es consciente, aunque no necesita verla, de su cocina alrededor de ella, metálica, moderna, funcional. Impersonal. Termina de servir la ensalada y se sienta desfallecida, como si acabase de descubrir que ha vendido su alma al diablo, dándose cuenta en un solo minuto, en una sola aspiración, de cómo han pasado los años.


Pero no dirá nada a su marido, que ahora mismo entra en el ascensor dejando salir primero educadamente a una mujer mayor y un perro de lanas muy agitado que rompe a correr en cuanto se entreabren las puertas de metal. Es un hombre trajeado que sujeta un maletín con una mano grande y peluda mientras con la otra se plisa la corbata granate antes de darle al botón del ascensor sin mirar. Cuando llegue a casa dirá que no le apetece cenar porque hoy tiene demasiadas cosas en la cabeza. La fusión planeada por su empresa, en la que tantas esperanzas habían depositado, no ha llegado a realizarse y eso significa un enorme paso en retroceso y un enorme esfuerzo por seguir adelante. Además, su padre ha dejado de reconocerle. Pero no admitirá hasta qué punto le duele este último acontecimiento, y ante la familia y los compañeros del trabajo que le pondrán una mano en el hombro y le clavarán una mirada llena de compasión simplemente se encogerá de hombros y dirá que es natural y que son cosas de la edad. Que ya se sabe. Sin embargo, una vez protegido por las sólidas cuatro paredes del ascensor se permite un arrebato de autocompasión y solloza durante cinco segundos con la enorme mano peluda delante de los ojos y la cabeza caída. Cinco segundos, antes de que las puertas se abran otra vez y haya que sacar la llave del bolsillo.


La anciana que ha salido del ascensor al mismo tiempo que él entraba se llama Marguerite pero nadie en el edificio lo sabe porque nadie se lo ha preguntado. Ahora va a tomar un café con leche con sus amigas como hace cada tarde desde hace veinte años. Cuando era joven era de una belleza estremecedora, la cual le concedió enormes alegrías y enormes desdichas y amantes de alrededor de todo el mundo, algunos de ellos tan importantes que nadie la creería si fuese tan imprudente de confiárselo a alguien. Ahora, aunque se esmere en pasar dos horas frente al espejo antes de salir y elija cuidadosamente el vestido que se va a poner, siempre limpio y bien planchado, ya no hay manera de ocultar los pliegues que surcan su cara, las manchas marrones, las líneas plateadas. Nadie dejará caer un cumplido, nadie se dará cuenta de su esfuerzo.


Nadie excepto el camarero del café en el que se reúne con sus amigas, que todos los días la invita a una palmera y bromea con ella al traerle la cuenta. El camarero, que es el público más constante y agradecido del panorama del café, y que está al tanto de todo mientras limpia tazas con un trapo desde la barra, se lleva fijando desde hace un tiempo en el hombre de mediana edad que acude solo, se sienta solo y lee el periódico solo mientras se toma un café solo, luego deja propina sobre la mesa y se va con el periódico doblado debajo del brazo. El camarero, un chico joven del este que ha venido a Montreal en busca de su futuro y de un lugar donde dormir se ha dado cuenta de que quiere dormir con ese hombre, de que cada vez que le sirve el café le tiembla el pulso y de que, muy a su pesar, siente un enorme deseo de hacerle gritar de placer cuando por casualidad sus dos miradas se tropiezan, la una servicial, la otra gélida. El camarero, que siempre tiene una sonrisa y una palabra amable para sus clientes, se ha enamorado profundamente del único de ellos que no es capaz de responderle con igual amabilidad, y eso le provoca una enorme ternura, unas ganas irrefrenables de hacerle feliz.


El hombre del periódico, por su parte, se levanta todos los días a la misma hora, se lava los dientes a la misma hora y desayuna a la misma hora. Baja a leer el periódico al café cerca de las once, saca al perro, va a trabajar, vuelve de trabajar, cena, saca otra vez al perro, ve un rato la televisión hasta la hora de dormir –siempre la misma- y luego se abandona al sueño mecánicamente. Al día siguiente, se levanta a la misma hora que el anterior. Hasta que un día se levantará como todos los días, se lavará los dientes, desayunará y luego, sin saber muy bien por qué, sacará un pie fuera de la ventana, aún en pijama, al que le seguirá después el resto del cuerpo, en vertical y hasta el suelo, como si hubiese visto un camino invisible que partiese del alféizar y continuase sobre los tejados. Dejará la casa impecable y a su perro ladrándole convulsamente a la ventana abierta, a las cortinas ondulantes y a la sirena de la ambulancia que se aproxima. Perderá para siempre la oportunidad de conocer el amor.


Pero esto aún no ha ocurrido, y el perro se pasea confiadamente por la casa sintiendo que tiene que orinar con urgencia en algún lado y maldiciendo a su amo en lenguaje perruno por haberse vuelto a olvidar de él. En esto que cuando el susodicho vuelve a casa, el perro sale corriendo, se escabulle entre sus piernas y se mete rápidamente en el ascensor en el mismo momento en el que Marguerite lo toma, pasa salir en la planta calle como alma que lleva el diablo, esquivando al señor trajeado, y aliviarse en unos matorrales cercanos.


Sin embargo, su intento se ve frustrado por un transeúnte que pasaba precisamente en ese instante por la puerta de la casa, un chico joven que al ver al perro salir corriendo sin correa ni collar adivina la situación y lo agarra ágilmente, agachándose a su lado por si aparece el dueño en su búsqueda. En lugar de eso, lo primero que ve al levantar la cabeza hacia el edificio es una chica morena con el pelo hasta la mitad del cuello asomada a la última ventana, que lo mira a su vez al tiempo que apaga una colilla en un cenicero sobre el alféizar. Y el chico, aún con el perro retorciéndose entre sus manos, se pierde en los ojos de la chica, que aunque lejanos brillan como brasas, y en ese mismo momento ambos se dan cuenta de que algo acaba de comenzar.

Duermevela.



Si alguien me viese ahora diría que llevo sin dormir varios días. Tengo la casa muy sola y muy silenciosa y aunque son las dos menos viente no creo que coma porque he desayunado hace una hora. Me he sentado en la mesa del salón al lado de la ventana aunque las vistas no sean una maravilla, pero son mis vistas y es lo que hay. He visto dar a luz al día, rayito de sol tras rayito de sol, y aunque ahora se desperece limpio y azul y fresco como un niño recién bañado, la cara de cansancio de Saria demuestra a todas luces que ha sido un parto duro e interminable. Esta noche la casa parecía una cáscara de huevo rota y todas las pisadas hacían ruido y le pedía a Saria que me acompañase a todas partes porque las puertas entreabiertas se habían vuelto amenazadoras de repente y me imaginaba que todos los monstruos de todos los armarios de la casa se frotaban las manos con la ocasión de tenerme por fin sola para ellos. Así que me he dormido de lado con su perfume puesto para sentirme un poco menos sola. A las tres horas ha sonado el despertador del dormitorio de papá y mamá, que sonaba para despertar a nadie, y me he levantado helada para apagarlo. Le he llamado para decirle buenos días, y al colgar he decidido que no soportaba más estar en esa casa tan oscura y he despertado a Saria, que se había atrincherado ofendida en el sofá entre las mantas y la guitarra abandonada porque nadie la había ido a buscar para irse a dormir. Venga, vamos, que ya que estamos te saco a dar una vuelta. Con las botas, la bufanda y una chaqueta de lana encima del camisón hemos salido a respirar un poco de aire fresco. Los barrenderos acababan de salir a limpiar, todos en fila con sus carros y sus chalecos reflectantes miraban con curiosidad a Saria, que estaba helada y le ladraba a todo para quitarse el frío y también, creo yo, para romper el silencio agobiante de la calle. Quién lo diría, parece que acabemos de volver de salir de fiesta, ¿eh, Saria? A la vuelta le he calentado un poco de leche con azúcar y se la he servido en el cuenco. No le ha gustado nada hasta que he mojado en ella dos galletas y se las he servido troceadas, entonces ha empezado a comer silenciosamente mientras yo limpiaba el tomate con atún de la encimera y metía los platos sucios al lavavajillas y calentaba agua para un té. Nos hemos tumbado juntas en el sofá, las dos cubiertas por la manta, las dos sintiéndonos un poco solas por razones diferentes. El té se ha ido enfriando en la taza mientras veíamos capítulos de Anatomía de Grey en versión original y el sol se asomaba lentamente, primero de color azul, luego un poco naranja, cada vez más fuerte y más amarillo.
 Cuando por fin se ha hecho de día y la luz teñía toda la habitación de dorado, nos hemos dormido.

Los ultimos cuarenta minutos del domingo.


23:19 Los domingos son ya de por sí días tristes, enmarañados. Días de pies helados y sudadera y mayas debajo del nórdico. Días en los que se fuman los últimos minutos como si fuesen un cigarrillo, impacientemente, intentando retenerlos en la boca y no expulsar el humo. Días de otoño y té con miel. Días de recuerdos que se esconden entre los libros de las estanterías como bocanadas de polvo antiguo. De soles que no calientan, de carreras en bici que hacen volar el flequillo y las ideas.

23:23 Los domingos son días de quedarse en casa pero hoy mi casa no era decididamente mi casa; mi casa estaba un poco más lejos así que he tenido que salir de casa para conseguir volver a casa por el camino correcto. Mejor dicho, para que me llevasen a casa por el camino correcto, montada en la grupa de un lobo que nunca me ha dejado perderme por el bosque de mis marañas. 

23:25 Hoy mi casa eran el expreso de máquina, las galletas de chocolate con nata, el sofá-cama y el proyector convirtiendo la pared en cine. Entre otras cosas. Hoy mi cama no era mía y mis ojos tampoco. 

23:36 En fin, los domingos son días naranjas como la sección de mi carpeta donde guardo los apuntes de Latín. Los domingos son días que se cierran en sí mismos y se enroscan como una serpiente asustada. Si hay un día que me gusta menos que el lunes, ese es el domingo. El domingo es el preludio de algo que no quieres comenzar y sus últimos minutos se apuran resignadamente, pensando ya en el tazón de café con leche que te levantará a las seis horas de la cama calentita y te lanzará a la calle a pelear.


Esto no es un cuento.

A veces, a Alba le aterra que la confundan con Ginebra. Y llora sus miedos a borbotones.

Rainymood.

Ya no es lluvia de verano porque este agua es helada y hiela los huesos y truena a lo lejos más allá de los cristales. Truena lejos para no espantar a los pájaros que no saben dónde refugiarse ya porque cada vez hay más edificios de piedra sin repisas y porque los árboles de la terraza aún son demasiado pequeños y están llenos de lagartos. Llueve lluvia helada como cuando era pequeña y aún no sabía muy bien cómo vestirme y se me helaban los pies y me agobiaba el olor de los radiadores y la lana caliente en el pecho y me asomaba a la ventana de la esquina para ver llover como si fuese parte de alguna película donde la niña vive en una casa vieja y grande y ve llover en la calle desierta y plomiza desde una ventana carcomida y la rodeaba un halo de luz naranja que me persigue allá a donde vaya como para recordarme que aún sigo siendo una niña y que siempre llegará el otoño para lloverme y hacerme frío y para acurrucarme sola bajo las sábanas y la luz naranja y el olor de la lana caliente.

You're so great.

Aujourd'hui était né gris et froid et un peu seul. 
Allongée sur le canapé je lisais ma théorie d'occasion 
réfugiée sous le triangle que mes bras faisaient avec le livre, 
et à la vingtième page je me suis endormie 
comme si quelqu'un m'avait jetée dans un océan d'eau tiède et lourde 
qui m'empêchait d'ouvrir les paupières. 
Et là, tu m'as embrassée une fois encore. 
Comme chaque fois que je ferme les yeux, comme chaque fois que je les ouvre. 
Mais cette fois-ci mon cerveau a voulu se moquer de moi encore plus, 
et la sensation a été tellement réelle 
que je me suis réveillée sans souffle avec ton goût encore sur mes lèvres. 
Puis je me suis retournée et rendormie. 
Parce que si dans une journée grise et froide et seule 
t'es capable d'apparaître si doucement pour m'embrasser, 
alors... bon, je crois que je préfère ne pas me réveiller.

Memorias de una Geisha.

"Ella se pinta el rostro para ocultar su rostro. Sus ojos son como el agua profunda. El deseo no existe para la Geisha. El sentimiento no existe para la Geisha. La Geisha es una artista del mundo etéreo. Ella baila, canta, entretiene, todo lo que quieras. Lo demás son sombras. Lo demás es secreto."


Creo que este pequeño fragmento describe perfectamente lo que puede ser en esencia una Geisha, en mi opinión. Una artista condenada a ser artista, una obra de arte condenada a ser obra de arte. Hace mucho ya que quería escribir algo sobre las Geishas porque son seres (iba a decir personas, pero por alguna razón no me atrevo) extraordinarios, y aunque no es el mejor momento voy a hacerlo ahora, directamente sobre la hoja blanca y sin detenerme demasiado a cuidar cada punto de lo que escribo, porque sí, porque hay artículos que tienen que ser así. 

He elegido este momento en especial porque, además de no apetecerme nada revisar los apuntes de hoy, acabo de terminar de ver esta tarde por tercera o cuarta vez la película Memorias de una Geisha, y creo que poco a poco voy comprendiendo más con mi torpe visión occidental lo que puede llegar a significar una Geisha en la cultura japonesa. Hace unos años leí unos cuantos libros de ese palo, algunos bastante buenos en mi opinón, y aun así creo que nunca llegaré a conseguir (tengo la revista Glamour al lado, que parece corroborar lo que estoy pensando) acercarme realmente a la visión de la vida que tenían las Geishas o de la propia cultura que les ha dado a luz.

Admiro muchísimo a estas mujeres, a las de verdad, y dándole vueltas al asunto estos días con la peli reciente he descubierto que en el fondo incluso las envidiaba un poquito. Porque al fin y al cabo la Geisha va, en definitiva, en persecución de la belleza, en ser lo más bella posible, tanto en la apariencia como en la forma de moverse, la elegancia al bailar, la inteligencia al conversar. En definitiva, la Geisha existe para ser deseada y admirada tanto por hombres como por mujeres, para ser una artista de sí misma, ser su propio lienzo, su propia obra de arte a desarrollar y perfeccionar.

Sin embargo, hoy se me ha encendido la bombillita repentinamente con una idea en torno a la que gira tanto el filme como el propio concepto de Geisha, y que le da su razón de ser: la Geisha es una obra de arte, sí, es una artista, sí, es perfecta, sí, ¿pero para quién? ¿Para quién todo ese sacrificio? Para entretener a los hombres ricos. Es una idea básica, lo sé, pero la película deja mucho que reflexionar en torno a eso (por eso he puesto el fragmento concreto de la transformación de la protagonista en Geisha, donde su hermana mayor le explica de qué va el asunto), porque en cierto modo parece que intenten separar el concepto de artista de su verdadera finalidad.

Esta bombillita que en realidad es una bombillaza me ha llevado a pensar en la cultura que ha propiciado este modelo de mujer, que sí es pero no es, que es intocable y extremadamente culta pero dependiente del hombre, para variar. Y de repente he entendido la historia de amor de la película. Cómo y por qué la protagonista, siendo niña, se enamora del primer hombre adulto que le trata con amabilidad, y por qué este mismo hombre, que bien podría haberse olvidado completamente de ella, maneja sus hilos para volver a verla una y otra vez, acompañándola durante su crecimiento hasta que al fin están juntos. Al frotarme un poco los ojos de la pantallita occidental, creo que he entendido cómo ese hombre pudo enamorarse de una niña japonesa de ojos azules y decidió convertirla en Geisha, porque no la veía como una niña-lolita, no, sino como una potencial obra de arte. El amor a la Geisha, en definitiva, que es el que se plantea en la película, no es un amor carnal, sino el amor que se puede tener por un Monet, una sonata de Beethoven o un poema de Baudelaire. Es el amor al arte, encarnado en una persona de carne y hueso que se transforma mediante una máscara blanca con los labios pintados y cuyo interior es misterio y sombras.


We left our love in our summer skin.

Quiero entrar mañana por la puerta de la universidad con buen sabor de boca, con el pelo veraniego, con la sensación de haber salido de la cama después de que me hayas deseado un buen día (mon chaton), con la seguridad que sólo tengo cuando no estoy en casa.

Quiero llenarme la cabeza de cosas para no pensar en todas las personas que me faltan.



Between two points.

NOTA: Al final me he atrevido a plasmar en papel el primer encuentro verdaderamente, digamos, crudo, entre Ginebra y Alba, su primer y verdadero "Hola, ¿qué tal estás?" A quien no le guste, que obvie toda la siguiente entrada y en su lugar las imagine a las dos tomando un café como dos señoritas y despidiéndose con cierta tensión y un par de besos en la mejilla. Yo he avisado.







Cuando Alba entró en el baño volvió a sentir la sensación de tener un reptil escurridizo descendiendo por su espalda y alargó los brazos alarmada hacia sus omoplatos para palparse, pero no encontró nada. Se miró al espejo sujetándose con ambas manos en el lavabo para no caer, y el vidrio le devolvió la imagen de su cara difuminada como una aparición de color yeso, distorsionada por el calor, de labios y pelo indescriptiblemente rojos. En ese mismo instante la camarera entró tras ella y se encendió un cigarrillo apoyándose contra la puerta para cerrarla con una risita. El baño era muy pequeño; apenas un lavabo y la cabina aislada donde se encontraba el váter, cuya puerta en ese momento se encontraba entreabierta, delatando que estaban las dos solas.

La camarera la miraba fijamente mientras le daba caladas al cigarrillo. Alba sentía sus ojos de gato de mala suerte fijos en ella, expectantes, y se mareó de golpe hasta el punto de tambalearse. La camarera no se inmutó.

-Tengo bichos recorriéndome todo el cuerpo –le intentó explicar, pero escuchó su voz como por debajo del agua, y vio cómo le salían burbujas por la boca, que ascendían tambaleándose para fundirse con el humo del tabaco.

-Pobre niña –susurró Ginebra sin dejar de fumar mientras se acercaba a ella lentamente, como deslizándose sobre sus tacones. Alba sintió sus ojos enlazando los suyos, reteniéndolos, paralizándola como un mosquito en una tela pegajosa e irresistiblemente suave. Le sudaba la frente. La camarera se detuvo a pocos centímetros de su cara, sin pestañear ni una sola vez con las pestañas bañadas de kohl negro. Expulsó una última bocanada de humo sobre la nariz de Alba, que cerró los ojos entre curiosa y abotagada. Notaba todo su cuerpo pesado, vago, insoportablemente palpitante, y los labios de cereza de la camarera sonreían extrañamente delante de sus ojos mientras esta aplastaba la colilla con la punta del zapato.

-Pobre niña – repitió sin dejar de susurrar, atrapando un mechón de pelo rojo entre los dedos. Alba se sintió retroceder hacia el cubículo del váter empujada por Ginebra, que avanzaba sin tocarla y que echó el pestillo tras ellas una vez que hubieron entrado y Alba se hubo acorralado ella misma entre Ginebra y la pared. Se dejaba mecer en susurros, sin apartar la mirada, como si las uniese un hilo invisible. Recordó que había leído que en épocas pasadas los científicos pensaban que el sentido de la vista se basaba en una sustancia intangible que surgía de las pupilas y que, como otra extremidad, tocaba los objetos para adivinar su forma. Alba era capaz de sentir en ese momento cómo los ojos de Ginebra la tocaban. Hasta que una mano física le acarició con delicadeza los labios, lentamente, para luego descender por la barbilla y el cuello, por la línea del escote hasta el ombligo.

-Vamos a ver dónde se esconden esos bichos –susurró Ginebra en su oído para luego descender en línea recta por su cuello, acariciándolo con los labios. Se apretó contra ella para introducir su propia mano helada por su espalda y desabrocharle el sujetador. Alba intentó agradecerle sus buenas intenciones, convencida de que Ginebra iba a encontrar y a echar al lagarto que tanto la molestaba. Pero no consiguió que de su boca surgiese ningún sonido, a excepción de un ligero suspiro de sorpresa al sentir el click del cierre y sentirse de repente liberada.

-¿Mejor? –preguntó amablemente Ginebra descendiendo la boca por su pecho, y ascendiendo la mano izquierda hacia la misma dirección. Alba asintió imperceptiblemente, creyendo escuchar golpes en la puerta. Sin embargo Ginebra no daba signos de haber escuchado nada y Alba volvió a sentir al lagarto deslizarse por su vientre y pegó un respingo. Pero Ginebra la calmó rápidamente como a un niño pequeño y en ese momento se dio cuenta de que no era ningún lagarto, sino su mano, fría y suave, que se escabullía bajo la cintura de la falda y descendía sin despegarse de su piel. Ginebra volvió a reír silenciosamente en su oído, mientras los golpes en la puerta aumentaban y Alba arqueaba la espalda en un escalofrío involuntario, sintiendo cómo la mano de la chica comenzaba a acariciarle, suave como una pluma, como si fuese ella misma la que lo hiciese, arrancándole gemidos leves en su sopor inconsciente.

-Te gusta mucho Arcadio, ¿verdad? –le preguntó Ginebra en un murmullo. Alba creyó escuchar en ese preciso momento al propio Arcadio al otro lado de la puerta, vociferando insultos y dando golpes, y se preguntó con media sonrisa involuntaria si la habría oído gemir-. Bueno, veremos si eso cambia. Me llamo Ginebra –añadió Ginebra al oído de Alba, antes de descender hasta el suelo, junto a su falda.  

J'aime les gens qui doutent.



J'aime les gens qui n'osent
s'approprier les choses
encore moins les gens.
Ceux qui veulent bien n'être
qu'une simple fenêtre
pour les yeux des enfants.

Ceux qui sans oriflamme, 
les daltoniens de l'âme, 
ignorent les couleurs
Ceux qui sont assez poires
pour que jamais l'Histoire
leur rende les honneurs.

Aprender a patinar.

La verdad es que estos días son una especie de limbo en el que tengo a la vez ganas de hibernar y una curiosidad algo miedosa por ver cómo es mi primer día de universidad (una fecha que, para quien no lo sepa, llevo esperando desde que puse un pie fuera del colegio de primaria). En estos días tontorrones me doy cuenta de que hago muchas cosas estúpidas. Como salir de casa al mediodía con los cascos grandes, un vestidito corto y tacones con la idea de ir buscar vestidos (sí, es uno de los planes más atractivos que se me pueden ocurrir) y así de paso "practicar un poco con los tacones, y así si me caigo, mejor caerme sola". Mentira cochina. Da mucha más vergüenza torcerte un tobillo cuando no tienes nadie con quien reírte de ti misma al lado. 

El caso es que ayer, cuando volvía ya más muerta que viva a casa buscando mi refugio fresquito en el sofá y mi sombra y mis pies desnudos en el suelo (sólo las mujeres y ciertos hombres podemos sentir el orgasmo doloroso de lanzar los tacones por el aire y poner los pies en plano cuando ya no puedes más), me encontré con una imagen graciosa. Subía la cuesta que lleva a mi puerta, que en los días de invierno parece una subidita por el Kilimanjaro en plena ventisca y en los de verano me hace sentir como el vaquero curtido de una película del oeste, con las plantas esas rodantes pasando por mi lado con un silbido del desierto y yo poniendo un tacón tras otro con cara de enfrentarme a la calle. Llevaba toda la mañana andando en tacones y aunque sean de buena calidad duele y cansa. Cansa mucho. Porque andar en tacones exige dos esfuerzos, o más bien tres: uno físico, evidente, y otros dos derivados de él, uno psicológico y otro moral. El psicológico es desentenderte de tus pies para andar lo más natural posible. El moral es no sentirte un bicho raro cuando se te dobla traicioneramente un tobillo en mitad de la calle cuando precisamente mejor crees que estás andando y maldices tu cuerpo de rodillas para abajo. Hay que recuperarse, mojarse los labios, subir el volumen de la música y poner cara de sorpresa, como si eso nunca te hubiese pasado. Y seguir.

Bueno, pues agotada tras todos esos esfuerzos, estaba a punto de llegar a mi portal cuando me crucé con una niña pequeña (esta vez de verdad) que bajaba la cuesta sobre unos patines de línea de plástico rosa, abrazada al brazo de su padre con cara de miedo. Nos cruzamos cada una para un lado, las dos con cara de sufrimiento y con el convencimiento interno de que en cualquier momento nos íbamos a dar con los morros en el suelo. Las dos temblando sobre nuestros tobillos. Y en ese preciso instante en el que vi su mirada asustada y un poco avergonzada de encontrar a una niña mayor que la viese pasar el apuro, estuve a punto de decirle con compasión de hermana "y lo que te queda, maja".





Salsa de tomate.

Ayer en el supermercado escuché un estruendo y un llanto infantil en el pasillo de al lado. Al acercarme sigilosamente vi una niña pequeña y rubia con un chándal rosa que sollozaba desconsolada al lado de un gran charco de salsa de tomate, de un rojo reluciente y triste sobre el suelo sucio. Latas rojas rodaban por las baldosas con un sonido metálico cascado, mientras otras se tambaleaban deseando caer también.  La madre, embutida en una falda lápiz y una americana oscura, huía de la mancha que se expandía peligrosamente hacia sus zapatos de ante, al tiempo que gritaba y gesticulaba, haciendo que la niña llorase cada vez más fuerte. Tienes que tener más cuidado, que siempre haces lo mismo, cagüen la leche, ya estoy harta de ti. La niña hipaba sin poder dejar de gimotear mientras cogía entre sus manitas una de las alas de mariposa que le crecían en la espalda y que habían sido las causantes de que hubiera derribado sin querer la torre de latas de salsa de tomate.




J'admire.

J'admire les filles qui glissent sur la vie comme une plume sur la surface de l'eau. Les garçons -certains garçons- parfois semblent aussi glisser, mais on peut voir toujours ses pensées imprimées dans la courbe de leurs sourcils. Les filles, on s'épile les sourcils, alors personne ne pourra jamais voir le souci qu'on cache, puisqu'il repose à l'interieur de la poubelle, entre des petits poils étouffés par un morceau de papier. J'admire ces filles qui sont capables de se regarder dans le miroir le matin le plus noir et, néanmoins, allumer la lumière en se maquillant silencieusement, s'habillant avec des jolis habits, s'enfonçant dans unes bottes hautes du talon, qui fassent bien du bruit. J'admire ces filles qui, enfin, glissent sur le trottoir pour qu'on les admire, en souriant pour que le reste du monde croie qu'il n'y a pas aucun problème, et en mettant du rouge à levres où ça fait mal.



El culo de Marilyn.

A veces se me olvida que tengo un cuadro pequeño de Marilyn en blanco y negro justo en la cabecera de mi cama. También tengo un póster enorme de Audrey Hepburn, pero siempre he preferido a Marilyn, y creo que ella acaba viniendo en mi ayuda cuando lo necesito. Cuando engordo, por ejemplo, y me cuesta más trabajo convencerme de que no es para tanto, allí está ella, bailando con su culo de la talla 42 perfectamente perfecto embutido en un vestido que me encantaría atreverme a llevar. Siempre hace que me mire al espejo de otra manera. Siempre. Y eso es algo que únicamente otras dos personas han conseguido que haga en toda mi vida. 

Hoy he pasado el día de la forma menos glamurosa posible. Aún estoy en pijama y con la cara sucia. Así que ha sido una casualidad y una suerte que, después de haber tenido todo el tiempo del mundo para leer el especial sobre Marilyn en el Dominical, mamá y yo hayamos encontrado después de comer My week with Marilyn en la tele, y me haya vuelto a consolar ver algún vestigio de lo que fue su vida. Aunque lo siento, Michelle Williams, sé que es mucha presión, pero no creo que nadie sea capaz de acercarse a la galaxia que la hacía ser como era. Para mí sólo es otra chica con el pelo rubio cardado y mucho pintalabios. Pero el caso es que después de ver a Marilyn 2.0 me han entrado muchas ganas de ver otra vez a la original (como cuando pides Coca-Cola y te dan Pepsi, vaya), y me ha ocurrido lo de siempre. 

Hay una manera específica de hablar que desde pequeña me provoca un efecto muy muy fuerte, y es que me hipnotiza como una flautita a una serpiente en una cesta. Me ha pasado muy pocas veces y con contadas personas, pero cuando ocurre se me va toda la fuerza del cuerpo. Es una mezcla entre susurro y voz dulce, o simplemente delicadeza, que en algunas ocasiones utiliza la gente y que me resulta irresistible, en el sentido de que sin que nadie lo note se me queda la mente en blanco y se me entrecierran los ojos, y me quedo K.O. como una muñeca de trapo, con un cosquilleo por todo el cuerpo, sin procesar ni una palabra de lo que escucho, simplemente derritiéndome con la melodía y deseando que nunca acabe. Pues bien, Marilyn Monroe es la única persona con la que esto me ocurre cada vez que la escucho hablar y moverse, hasta el punto de que si veo sus películas en versión original probablemente no me entere del argumento. Mientras hombres de todas las generaciones sentían una ansiedad apasionada por ella a mí lo que me ha transmitido siempre al verla es una sensación de serenidad increíble, aunque todo el mundo sabe que serenidad es precisamente lo que nunca encontró. Y esa manera de hablar y esos gestos que a nadie más le quedan bien es algo que ninguna actriz puede imitar, al igual que su culo probablemente es el culo de la 42 más bonito habido y por haber.



Lire est le propre de l'homme.

"On pourrait commencer par dire qu'un jour, j'ai ouvert un livre, mais je préférerais dire que je me suis ouverte à un livre. Un homme condamné à vingt ans de bagne pour le vol d'une miche de pain y venait en aide à une prostituée et à sa fille orpheline. J'apprenais que, dans les livres, on pouvait décrire la peur et la misère, mais aussi présenter une main tendue, et faire éclore la confiance dans le coeur des héros, et dans celui du lecteur. 
J'avais quatre ans, et je réclamais sans relâche qu'on me relisse cette version (très) abrégée des Misérables. Plus tard, j'ai rencontré une petite fille aux allumettes, Edmond Dantès, Fantômette et Jo, la garçonne des Quatre Filles du docteur March.
Ils m'ont appris le courage, le goût de la justice, l'audace, la rêverie. Je les considère comme des membres très proches de ma famille, qui m'auraient transmis leur expérience de vie et auraient façonné ma conscience, enrichi ma sensibilité. 
Plus je les côtoyais, plus j'avais envie de découvrir leurs semblables. Les livres étaient une fôret magique oú chaque arbre invitait à une aventure. Je n'étais plus seule, je n'avais plus peur, ou plutôt j'étais seule, mais cela n'avait rien d'angoissant.

Et puis, un jour, j'ai pris une calculette et fait une multiplication. Il s'agissait de calculer combien de livres je pourrais lire dans ma vie, en partant du principe que j'en lirais un par jour. J'avais dix ans, je m'accordais soixante-dix ans supplémentaires, ce qui donnait le résultar de vingt-cinq mille cinq cent cinquante livres. un chiffre riduculement petit par rapport à ce dont regorgeaient les bibliothèques, et aux livres qui ne cessaient d'être publiés. 
Cela me déprima beaucoup.
Mais je n'étais pas fille à me laisser abattre et je continuais à lire, en comprenant peu à peu que ce que l'on nommait la qualité n'était pas si fréquent, et que c'était cette quête-là qu'il fallait mener, par la recherche des livres qui élèvent, ouvrent l'âme et l'esprit.
C'ést dans ces années qu'écrire est devenu une nécessité aussi impérieuse que celle de lire, et publier - un rêve. 

Le temps s'est écoulé, ploc, ploc, j'ai changé de pays une fois, deux fois, de langue aussi, de maison, d'amis. Mais partout j'emportais avec moi mon kit de survie: un livre, au minimum, et un cahier pour écrire. Ainsi équipée, je pouvais aller n'importe où, attendre des heures un bus, un train, un être, une trahison, je n'en avais cure, j'étais protégée, à l'abri.
Je suis devenue adulte, comme on dit. Le monde autour de moi à changé, j'ai changé dans ce monde, mais toujours avec un livre et un cahier à portée de main. J'ai connu des déceptions, des livres qui ne menaient à rien, et des étonnements, des éblouissements - Camus, Gary, Dostoïevsky, Duras, Woolf.

Et un jour, j'ai rencontré Geneviève Brisac. Dans un livre, puis pour de vrai, comme disent les enfants. J'ai lu des romans qu'elle écrivait, et ceux qu'elle publiait. Je me souviens avoir pensé, émerveillée: on peut donc écrire ainsi. Pour les adultes, et pour les enfants. On peut, dans les deux cas, s'adresser à l'intelligence, à la sensibilité et à l'humour du lecteur. On peut le prendre par la main, lui chuchoter des mots de douceur à l'oreille, le faire rire, l'étonner, l'emmener là où il ne s'attendait pas à aller, là où soi-même on ignorait que l'on irait, et puis le lâcher parce qu'une fois le livre fini, il peut se débrouiller tout seul pour vivre, et trouver d'autres livres.
J'ai appris que l'on doit à soi-même en écrivant, au lecteur qui nous lit, et aussi une façon de ne pas se prendre trop aux sérieux, de sourire de soi et des autres, sans méchanceté, mais sans complaisance non plus.
J'ai appris un peu plus ce que le mot liberté signifiait.
Et j'ai eu envie d'aller vers d'autres, enfants et adultes, pour chuchoter ce mot à leur oreille, à mon tour."



Des  rencontres qui façonnent une vie,  Valérie Zenatti

Lire est le propre de l'homme.