También tengo una manía (llamémoslo así) que me persigue desde que soy pequeña (más pequeña aún) como Saria te persigue cuando llevas un trozo de queso en la mano. No es tanto una manía como el resultado de la organización de mi cabeza. Creo. Es un pensamiento recurrente que de vez en cuando viene y se va como un estornudo, no sé cómo explicarlo. Por eso le llamo manía. ¿Manía mental, quizás? 
Vamos a ver cómo lo explico.

Me obstino en buscar lo especial. No lo diferente, lo especial (no digo diferente, digo raro), lo que destaca. Algo que me evite la horrorosa idea de que la humanidad sólo es un continuo desfile de gente que nace y muere y no hace nada más ni deja ninguna huella. Filas y filas de sombras para las que no encuentro rostro, tan largas que son imposibles de imaginar. 

Por poner un ejemplo, ayer me dijeron que una persona había nacido el 21 de marzo, el día que comienza la primavera. Pues bien, eso me llevó a pensar que una persona nacida en esa fecha tendía un yo que sé, un destino especial, una luz diferente. Esa es mi manía. Claro que al momento me doy cuenta de que lo que antes había aceptado inmediatamente es una completa gilipollez (tanto da el 21 de marzo que el 2 de octubre, ya ves), pero de alguna manera queda un pequeño resorte a que me señala ese tipo de cosas y las archiva como importantes o decisivas. Como si no pudiese soportar la idea de que una persona nacida al comienzo de la primavera o a las 00:00 del 31 de diciembre fuese a tener una vida tan anodina como el resto. Cuando nacerán, vivirán un poco y luego desaparecerán como todos los demás que hemos nacido en fechas sencillas y discretas.

No me entiendo ni yo misma, así que os ahorro el resto de comparaciones interminables que intenten explicar algo que no sé si puedo explicar. A ver si escribo algo y dejo de poner aquí estupideces.

Colored kids.


Me pregunto si sabrán los niños de colores,
esos que se esconden de espaldas a las casas
para que no les vean hacerse los mayores,
si sabrán que cuando dejas
se mascar las cortezas del árbol de colores
y los caminos del patio asfaltado desandas
y completamente sordo enmudeces,
si sabrán las espaldas de las casas
que el naranja cubrirá todos sus antiguos sabores
que no pensarán más que en lunas desvestidas,
desamores,
noches desvitrificadas,
mensajes por el rabillo del ojo, insomnes,
ebrios, locos, necios, oscuros, naranjas;

mayores.

Mis gigantes.

Un día estuve comentando con un amigo que de vez en cuando me siento (y al parecer de nuevo no es una emoción exclusivamente mía) como una niña pequeña a la que lanzasen de repente al mundo de los adultos. Puede que sea por mis 158 centímetros de altura, pero a veces sólo veo gigantes a mi alrededor,  gigantes como los que veía cuando tenía ocho o diez años y admiraba con los ojos muy abiertos sus relaciones, entre los que ahora tengo que incluirme pero con los que la mayor parte del tiempo no me identifico. Creo que en muy pocos momentos dejo de ser una niña, y dentro de esos momentos, son mínimos y cortos aquellos en los que dejo de ser una niña por voluntad propia o sin darme cuenta, y me acomodo rápidamente al traje de adulta recién salida del horno, ya formada y supuestamente difícil de impresionar. El resto del tiempo soy pequeña, con aparato, gafas y un brote de acné, escondida tímidamente en el cuerpo de la Celia actual, que necesita caricias y mimos para mirarse al espejo y creerse que ha aflorado al fin su mayoría de edad y que se encuentra equilibrada sobre sus dos nuevas piernas y en armonía con la columna vertebral que sostiene el resto de la carcasa que ha visto evolucionar maravillada y agradecida.

He llegado a la conclusión de que puede que por esa razón me guste tanto el personaje de Lolita: por ser la niña perversa que yo nunca he sido, que no busca crecer como salvación a la preadolescencia, sino como un juego más en una niñez que maneja como le viene en gana. La seguridad que vengo viendo toda mi vida en los gigantes de mi alrededor que andan a zancadas y se ríen a carcajadas y se empujan unos a otros mientras yo me tropezaba andando en línea sobre los bordillos. 

Enamorada de Lolita.

"Poeta à mes heures, compuse un madrigal al negro humo de sus pestañas, al pálido gris de sus ojos vacíos, a las cinco pecas asimétricas de su nariz respingona, al vello rubio de sus piernas tostadas; pero lo rompí y ahora no puedo recordarlo. Sólo puedo describir los rasgos de Lo en términos más triviales: puedo decir que tiene el pelo castaño, los labios rojos como un caramelo rojo lamido, el superior ligeramente hinchado. ¡Oh, si fuera yo una escritora que pudiera hacerla posar bajo la luz desnuda! Pero soy el flaco Humbert Humbert, huesudo y de pelo en pecho, con espesas cejas negras, acento curioso y un oscuro pozo de monstruos que se pudren tras una sonrisa de muchacho. Tampoco ella es la niña frágil de una novela femenina. Lo que me enloquece es la natrualeza ambigua de esta nínfula: esa mezcla que percibo en mi Lolita de tierna y soñadora puerilidad, con la especie de vulgaridad descarada que emana de las chatas caras bonitas en anuncios y revistas, el confuso rosado de las criadas adolescentes del viejo mundo con su olor a sudor y margaritas estrujadas. Y todo ello mezclado, nuevamente, con la inmaculada, exquisita ternura que rezuma del almizcle y el barro, de la mugre y la muerte, oh Dios, oh Dios. Y lo más singular es que ella, esta Lolita, mi Lolita, ha individualizado mi antiguo deseo, de modo que por encima de todo está... Lolita."



Lolita, Vladimir Nabokov.

















Aunque últimamente no tengo mucho tiempo, he secuestrado a Lolita de la biblioteca y me retuerzo de placer (típica frase de Humbert Humbert, que es el sinónimo de lo retorcido -o como dirían mis apuntes de Historia del Arte, lo helicoidallll-) entre sus páginas envenenadas, y, lo confieso, poco a poco me voy enamorando cada vez más de ella.

Send my body out to work but leave my senses in orbit over south east London.

¿No os ha pasado alguna vez -seguro que sí, porque incluso en las cosas más bizarras que me pasan no soy pionera- que veis una imagen, una foto para ser más exactos, y algo dentro de vosotros como que hace "click" y os decís "ya está. Esto quiero hacer, ahí quiero meterme, eso quiero ser."? Segurísimo que sí. Lo de querer meterte dentro de una foto o un cuadro porque sientes que de alguna manera está dedicado a una parte de ti, que tiene una conexión íntima contigo, como si os uniese un cordón umbilical invisible (porque no se me ocurre una unión más íntima... bueno, sí, pero no lo diré, allá cada uno con su mente sucia). Claro que os habrá ocurrido, mis pequeños y sucios artistas.

Pues resulta que estaba yo desayunando sola en esta mesa enorme y provenzal (provenzal por el mantel blanco, si lo preferís ibicenca), a las nueve menos algo de la mañana (y esta vez por voluntad propia y no por insomnio, gracias a Dios) -este texto lo escribí ayer, 4 de marzo- y como de costumbre leía la revista de S Moda que dan los sábados y sin la que no se qué he hecho con mi vida hasta ahora en los desayunos, cuando en un reportaje sobre mujeres fotógrafas, en medio de cinco o diez fotos también geniales, se me ha aparecido esta y nada más verla he dicho (en bajo, claro, porque todo el mundo dormía): "ya está. Esto quiero escribir." Esperad, que me voy a poner la página delante para verla mejor. Eso es. 1983. Nan y Brian en la cama. Nueva York. Nan Goldin.


Evidentemente, lo primero que me ha llamado la atención ha sido el hombre y su espalda. Pero atendiendo a la pose me... como decirlo, me llama su indiferencia, los ojos entrecerrados hacia la esquina de la pared oscura (en la foto de la revista los colores estaban más oscurecidos y sólo había penumbra) de domingo tonto por la mañana, fumándose un pitillo como si fuese la encarnación de Camus. La mujer, en un segundo plano de la foto mirándolo con cara de venganza ("¿Por qué te has levantado? Con lo bien que estábamos..."), misteriosamente vestida. No porque la ropa sea misteriosa, lo misterioso es que la lleve, si ustedes me entienden. Parece que está a punto de decir algo que rompa el momento crítico de tensión, el segundo antes de que pseudoCamus expulse el humo y suspire pensando en que es una mierda de domingo, o que tiene que volver al trabajo, o que acaba de chinar la sábana con la ceniza.

Cuanto más la miro más trágica me parece, pero la luz naranja le da un nosequé de cotidiano, de esperanzador, porque no quiero escribir historias grises que no lleven a ninguna parte, sencillamente porque la vida no es gris y aunque te hayas cargado la sábana el sol sigue saliendo los domingos por la mañana (excepto en mi cocina, al parecer). Quiero escribir el pitillo de ese hombre recién levantado o nunca acostado, políticamente incorrecto y mal visto, que disfruta de su humo censurado y de su desnudez en la intimidad de su habitación (pitillo y desnudez que todos podemos ver, por otra parte), quiero escribir la mirada de esa mujer y su drama, pero un drama soleado, cruzado por ráfagas de luz de vez en cuando, por zonas de risa estúpida y paseos absurdos, una comedia un poco envenenada. Quiero escribir el suspense entre los dos y la forma en la que se quieren o se odian. Quiero escribir cómo se ríen de la vida y deciden no volver a salir de la  cama, a no ser que sea domingo por la mañana y, yo que sé, les de por dejarse hacer una foto.