There's a drumming noise inside my head.



No es porque hoy sea el día oficial del Jazz, pero tengo un ritmo por todo el cuerpo. Aún no lo he identificado del todo pero juraría que es el que hace que las nubes pasen como a botes y se vayan y vuelvan y llueva y yo de vueltas en el sofá retorciéndome de risa bajo el foco de luz blanca de la lámpara o salga a mojarme refunfuñando como una viejecita, preocupada por las puntas de mis botas que ya están manchadas de forma irreversible por la humedad. Me parece que es el que hacía que siguiese bailando sola por el pasillo cuando acababa la clase de baile y el que ahora hace que me contonee sentada escuchando a Florence mientras intento concentrarme en el siguiente examen. El mismo que me hace desear cantar a gritos en el borde de un precipicio, abrir los brazos en un grito agudo que me lleve hasta el cielo, que desde la ventanilla cuajada de gotas de lluvia del bus se ve como una fina capa de vidrio que Aristóteles o algún otro filósofo decía que envolvía el mundo convirtiéndolo en una inmensa bola de cristal. Agitada por un rimo más grande que el de todos los corazones palpitando juntos, que a veces viene y me sacude. Y entonces llueve.




La fille au verre d'eau.

-Le plus dur ce sont les regards. Parfois j'ai l'impression qu'ils changent exprès d'humeur, oui, dès que je détourne. Eh bien, après toutes ces années, le seul personnage que j'ai encore du mal à cerner c'est la fille au verre d'eau. Elle est au centre et pourtant en étant dehors.

-Elle est peut-être seulement différente des autres.

-Ah? Et en quoi?

-Je ne sais pas... 

-Quand elle était petite elle ne devait pas jouer souvent avec les autres enfants. Peut même jamais.

Maurice.

 Hope Gangloff


-¿Cómo es Mauricio? -le preguntó una noche el escritor a Ginebra. Ginebra se mordió la uña del dedo índice de la mano izquierda, con la vista clavada en la lámpara, que a su vez los miraba como conteniéndose la risa porque los estaba viendo desnudos.

-¿Maurice? Pues... no es guapo, pero tiene la piel de bebé. Es más alto que yo. Le gusta mirarme directamente a los ojos y poner caras. Fuma como un carretero y bebe como Peter Pan. Tiene miedo de muchas cosas. Cambia de estilo de vestir y de pensar cada semana. Le gusta silbar la canción que está escuchando en ese momento. Eso me pone mala. Se ata los cordones de los zapatos de una manera muy rara. No quiere que nadie lo sepa, pero tiene escondidos sus peluches en el estante de más arriba del armario. Tiene un Iphone 5 y su madre le hace la cama, pero va diciendo por ahí que es hippie y que se alimenta de libertad y eso. No se atreve a tocar mucho a la gente porque le da miedo que le aparten. Huele a vainilla. Eso me gusta. A veces me recuerda a un perrito en celo que te lame el tobillo buscando mimos. Lleva unas rastas muy largas que parecen gusanos de seda con anillos de diamantes. Los ojos los tiene pequeños y grises. Creo. No sé, oscuros. La nariz un poco grande. La sonrisa boba, pero muy abierta, que parece que le abre en dos toda la cara. Las cejas gruesas pero dulces. Los dientes bonitos y pequeños. La boca de piñón. El cuello delgado, con una peca debajo de cada oreja y otra en el hueco de la clavícula. Las manos no muy grandes, con las venas marcadas, aunque no tanto como tú que tienes manos de viejo. En general es poquita cosa. Los pies grandes y las piernas delgadas. El pecho blanco, liso. Cuando engorda se le ven menos las costillas y cuando adelgaza se le notan más. La espalda mucho más estrecha que la tuya, muy fina. El ombligo hacia adentro.

El escritor sonrió, dándose cuenta de que Ginebra había ido tocándose sin darse cuenta todas las partes del cuerpo que describía, como si ella fuese Mauricio y Mauricio fuese ella.

Apuntes sobre hombre que mato a Dios.

Cosas que quiero.

    La libertad.

    Poder quemar incienso en mi habitación.

    Más vestidos.

    Más zapatos.

    Más cuadernos.

    Más libros.

    Aprender a fumar.

    Tener poderes mágicos.

    Volar.

    Aprender a tocar la guitarra (bien).

    Cantar como una cantante de jazz.

    Dormir bien todas las noches.

    París.

    Comer lo que me de la gana cuando me de la gana.

    Dejar de morderme las uñas.

    Bailar otra vez.

    Que me apasione de verdad lo que voy a estudiar.

    Perder unos kilos. No muchos. Sin presiones.

    Tener una habitación enoooorme.

    Alimentarme a base de chocolate, leche, azúcar, cereales y helado de trufa.

    Cerrar los ojos y despertarme en verano.

    Crecer 7 centímetros.

    Cortarme el pelo.

    Más pantalones.

    Más camisetas.

    Más faldas.

    Más medias, porque todas las que tengo tienen carreras.

    Reírme hasta las lágrimas.

    Volver a ser capaz de escribir en mi diario.

    Atreverme a desenredar los nudos que llevo muy enredados debajo del pelo.

    Que salga el sol ya y para siempre.

    Pasar al otro lado del espejo.

    No tenerme que ir ya a estudiar la muerte de Dios.

    Siempre con esa ridicula obsesion por el amor.

    Pues sí, porque lo único que redime al ser humano es el amor. Lo sé ahora que he crecido y no lo saboreo ya entre brumas, sino de forma mucho más virulenta, como bocanadas de aire huracanado, tan agradecidas en este viaje nómada por el desierto. Ahora que no huele a ceras de colores ni tiene esa apariencia fantasmal que no se dejaba estrechar del todo ni tocar del todo ni ver del todo. A veces me invade de tal manera que tengo ganas de gritar. Tan fuerte que no sé cómo agradecerlo. A veces se va, sí, pero siempre vuelve, un calor repentino que reblandece mis huesos. Amor del bueno, del que no duele, del que te gustaría llenar el mundo y a todo lo que te inspira, del que me gustaría impregnar un poco cada una de estas letras. Amor de ese que hemos leído tantas veces con un encogimiento de hombros, incondicional, lleno de gratitud simple y absoluta por existir a quien te recalienta el corazón cuando el frío arrecia. Un amor tan profundo que te preguntas cómo no has podido sentirlo mucho antes, como una nueva parte de tu cuerpo que nunca te hubieses detenido a mirar. Tan sencillo que no necesita preguntas, ni comparaciones, ni etiquetas, ni nada de nada. Con una fuerza tan grande que es capaz de hacerte levantar por las mañanas e incluso de hacerte llegar a pensar que la especie humana tiene perdón, si es capaz de llegar a amar así.



    Chihiro no se olvida.

    Aviso: Este artículo puede contener algunos spoilers sobre la película. Pero si te da igual, a mí también.

    Es domingo por la mañana (para mí la una y media sigue siendo por la mañana, sí) y en vez de estudiar estoy sentada en el sofá escuchando la banda sonora de El viaje de Chihiro como quien devora caramelos una y otra vez para no quitarse el sabor de la boca. 

    Lo cierto es que de las películas de Miyazaki, mi preferida siempre ha sido La princesa Mononoke, por eso de la lucha épica entre el hombre y la naturaleza y cómo al final esta última triunfa y devora la civilización destructora y gris, con la princesa-lobo blanco salvaje y el príncipe maldito, argh, qué historia tan perfecta. Miyazaki es un genio haga lo que haga, desde luchas entre jabalíes endemoniados a tiernas brujitas pre-adolescentes que reparten pasteles a domicilio subidas en su escoba. 

    Sin embargo, ayer fui a cenar a casa de Pantera, con la que me debía mutuamente desde hacía ya mucho tiempo un Chihiro y un té (de frambuesa y miel en este caso, y quiche de salmón y garbanzos ricos ricos, y chocolate). Chihiro siempre me ha gustado muchísimo también, aunque tanto Pantera como yo recordamos el miedo y el mal rollo que nos dio al verla siendo aún muy niñas, cuando la estrenaron en el cine hace nueve años, nada menos. Lo cierto es que siempre me ha parecido una película angustiosa. Puede que las pocas veces que he viajado al extranjero yo sola me haya sentido en cierta manera un poco como Chihiro, abandonada en un mundo completamente distinto, aunque con la diferencia de ella se ve lanzada a él sin remedio, y en mi caso soy yo la que decide caminar sola por calles desconocidas. En todo caso, el significado que siempre me ha venido a la mente y que creo que voy a conservar es el de la maduración de una niña caprichosa (pero no mucho más caprichosa que el resto de niños) que cae por la madriguera del conejo hasta un mundo que poco tiene de País de las Maravillas. Donde Yubaba (o Baba Yaga, para quienes hayan leído cuentos ancestrales) tiene toda la pinta de ser la madama de un burdel del s. XIX. Y aquí llega lo perturbador. En algunos análisis de la película que encontramos Pantera y yo tras verla, identifican la sala de baños donde trabaja Chihiro con un burdel, y declaran que la idea originaria de Miyazaki al crear esta película era nada menos que la denuncia de la prostitución infantil, con una niña de 10 años que se ve asediada por todas partes por un mundo adulto y cruel (hasta aquí vale) y el mercado sexual, oscuro y amenazador, que (al parecer) según el director acosa a las niñas japonesas desde todos los ángulos.

    Sin embargo, hay una cosa más que me llama muchísimo la atención, y en lo que parecen coincidir la mayoría de los análisis de blogs de cine, y es en la interpretación del final de la película, donde al parecer, al volver a cruzar el túnel de vuelta (¿qué coño es ese edificio, por cierto? ¿Una estación abandonada?), Chihiro se olvida de todo lo que ha vivido. No estoy de acuerdo con eso en absoluto. La imagen de los padres, por otra parte (convertidos en cerdos al comer sin restricciones y sin permiso la comida del mundo mágico, lo que demuestra la irresponsabilidad de ciertos adultos, a los que Chihiro deberá superar -y que a mí me aterró-), es claramente mala, y no se duda ni un momento de que ellos no recuerden nada, puesto que sólo son una meta, el símbolo de la vida real y nada más. Sin embargo, Chihiro se queda unos segundos más embobada mirando la puerta del túnel por el que acaba de salir, antes de subirse en el coche de vuelta a casa. Y no me creo que se haya olvidado, porque eso, además de no tener ningún sentido (ni siquiera para Miyazaki), puesto que significaría un retroceso absoluto y nos volvería a colocar en el principio de la película, cuando Chihiro sólo era una niña, sería el típico final Disney (Alicia regresa a merendar a casa con su hermana mayor tras despertar del sueño) que le arrebataría a la película ese punto de oscuridad que incluso los niños son capaces de percibir y que ha hecho que lleve aquí una hora dándole vueltas en vez de irme a estudiar.

    PD: Falta el beso entre Haku y Chihiro, jo. ¡Que se besen!

    Coma y aparte.

     16:22 y yo a punto de partir con todas mis bolsas de nómada hacia la guarida del oso. Menuda nómada, que tiene que llevarse la Moleskine y el pintalabios allá a donde va. Pero en fin, estoy escuchando How to destroy angels, acatarrada (y todo el mundo sabe que este es el mejor momento para ponerse a escribir) y son minutos de completa calma nublada, una especie de enorme coma que tengo muy pocas veces, normalmente pasada la medianoche. No la coma de no poder dormir, no señor, que no es lo mismo. La coma de  acurrucarme con oso en nuestro pequeño paraíso personal (sí, esa habitación que no soporto sola pero que se ilumina y se recalienta como si alguien hubiese encendido una chimenea cuando él llega), o de decir cochinadas y escuchar música bonita y comer cosas ricas con pantera y lobo. O, si estoy sola en casa, de hablar por teléfono con alguien que está muy lejos (demasiado lejos a veces) y a la vez tan cosido a mí como mi propia sombra.

    Ayer bajé al supermercado a comprar (evidentemente no bajé a celebrar una rave) y me di cuenta de que mi antigua calle sigue siendo en esencia la misma calle. Ya sé que en tres años tampoco iba a sufrir un cambio radical, pero bajar por ella o por el parque de la izquierda es como volver a un viejo decorado de una obra que conoces muy bien, y da nosequé dulzura dentro del pecho. En especial, el hombre mayor al que llevo viendo desde que recuerdo tener ojos, que siempre se sentaba en el saliente de un bar abandonado, en la esquina de la calle, a mirar la gente pasar. Ayer lo encontré un poco más adelante, tomándose en un café, solo, en un nuevo bar que unos chinos inauguraron hará poco más de un año y en el que siempre hay una televisión retransmitiendo partidos de fútbol. Verlo allí sentado con el mismo traje, gafas, sombrero, una de las perneras del pantalón completamente recogida porque no hay pierna que la mantenga, y las muletas apoyadas en la mesa de hierro, me ha tranquilizado un poco. Siempre me ha parecido que tiene la expresión de encontrarse en paz y en calma consigo mismo, como si se entregase sin rechistar a la misma rutina, a bajar al mismo bar agarrado a las muletas, con una pulcritud y tranquilidad que parecen querer disculpar su carencia anatómica. Por eso intento mirarle siempre a los ojos cuando paso. Porque me imagino que debe estar ya cansado de que la gente baje la mirada. 

     16:43 y debería irme a duchar ya. Como siga mordiéndome así las uñas me voy a quedar sin dedos. Tengo todos los libros de texto desparramados por la mesa, como si de verdad hubiese trabajado mucho. Como no trabaje un poco más luego... no, luego no va a llegar nunca. No, porque esta es mi coma. Y aparte.






    La habitacion que no soporto sola.



    J'écris je dis j'écris je mens
    Nul ne sait ce qui me foule à ses pieds
    Quand j'écris quels chevaux fous leurs fers
    Cela s'écrit sur moi ce
    Qui s'écrit sur moi qui me déchire que
    Je déchire Il n'en reste
    À la fin que le fin
    Dessin de ce qui reste
    Ici j'écris sur ton aurore à minuit
    Quand vas-tu te lever lumière et moi j'écris
    Je décris





    J'écris ton corps j'écris ton âme
    Sans l'intermédiaire des mots
    Mon amour dénoué ma tempête de flammes
    Sur le lit de moi-même où tu n'es pas
    Encore

    J'écris tes mains tes bras tes yeux ta bouche
    D'un seul trait qui parcourt en dément tes mystères

    D'un seul trait qui se tord qui se mord qui se traîne et 
    proteste
    D'un seul trait convulsé qui t'etreint de cent gestes
    Une fois encore encore une fois
    J'écris toi comme un battement d'ailes sur les toits.



    Louis Aragon, Chambres.



    Por favor, por favor, por favor.
    No me dejes sola en una habitación tan oscura y tan pequeña.



    Escribo digo escribo miento
    Nadie sabe lo que a sus pies me pisotea
    Cuando escribo qué caballos locos sus herraduras
    Eso se escribe sobre mí lo
    Que se escribe sobre mí que me desgarra que
    Yo desgarro Nada queda
    Al fin sino el fino
    Dibujo de lo que queda
    Aquí escribo sobre tu aurora a medianoche
    Cuándo vas a levantarte luz y yo escribo
    Describo

    Escribo tu cuerpo escribo tu alma
    Sin el intermedio de las palabras
    Mi amor desanudado mi tempestad de llamas
    Sobre el lecho de mí mismo en que tú no estás
    Aún

    Escribo tus manos tus brazos tus ojos tu boca
    De un solo trazo que recorre demente tus misterios

    De un solo trazo que se retuerce que se muerde que se 
    arrastra y protesta
    De un solo trazo convulso que te abraza en cien gestos
    Una vez más una vez más
    Escribo tú como un batir de alas sobre los techos

    No quiere dormir.


    Mi niño no quiere comer
    dice que no le hace falta

    que con el agua, el aire y el sol

    a él le basta.




    Mi niño no quiere dormir

    dice que no necesita
    cerrar los ojos para
    soñar cosas bonitas.


    Y no quiere hacerse mayor
    eso le da mucha pena
    ya sabe que hacerse viejo 
    es tener más problemas.




    Y no quiere oírme cantar
    no le gustan mis canciones
    dice que son siempre tristes
    y tiene razón.