Haciendo el indio.

Hoy dejo la prueba gráfica que de que la señorita Aspirante Aspirada (@AspiAspirada) hace magia con la cámara y con el Photoshop, porque consigue que mis mamarrachadas frente al objetivo parezcan imágenes bonitas. Estuvimos haciendo hace unos días una sesión de fotos bajo el sol terrible de Julio en la que me lo pasé como una enana. Se ve, ¿no?




























Cuento corto de la chica que tenia unos cascos verdes.

Había una vez una chica que tenía unos cascos verdes. Eran unos cascos muy grandes porque a la chica le gustaba escuchar la música muy alta. Todos los días, la chica salía a la misma hora de su casa y se dirigía hacia la universidad haciendo siempre el mismo camino, con sus cascos verdes en las orejas y la música muy alta. 

Había también un chico que la veía todos los días desde su local, ya que cuando la chica pasaba por delante, siempre a la misma hora, coincidía con la hora en la que él se tomaba cinco minutos para fumarse un cigarrillo en la puerta. 

Probablemente había elegido precisamente esos cinco minutos porque sabía que era el momento en el que la chica pasaba. 

El chico pensó que la chica era muy bonita, y tras muchas investigaciones consiguió averiguar su nombre, y así cada vez que la veía pasar con sus cascos verdes podía ponerle nombre a su cara. Y pensó que el nombre era muy bonito también. 

Así que al cabo de un tiempo, cada vez que la chica pasaba por su lado con sus cascos verdes él decía su nombre para llamarla, pero la chica llevaba la música muy alta y no lo oía. Cada día él la llamaba un poco más fuerte, pero la chica seguía pasando por su lado con sus cascos verdes sin mirarle siquiera. El chico se quedaba en el portal siempre a la misma hora como un perro encadenado y la llamaba por su nombre cuando ella pasaba, pero la chica nunca respondía ni se volvía hacia él. Hasta que un día el chico perdió los papeles y acabó llamándola a gritos. 

Y toda la calle se dio la vuelta para mirarlo. 

Las palomas salieron volando en desbandada

A un vecino se le cayó una maceta por la ventana, que se estrelló contra el suelo a pocos metros. 

Un par de coches pitaron y una abuela le gritó agitando el bastón. 

Pero la chica siguió andando sin enterarse de nada, porque llevaba sus 
cascos verdes y la música muy alta.






El blues de los ojos de octubre.

Esa misma sensación de limpieza, la elegancia del cuello vuelto y el perfume caro y el afeitado descuidado que dejaba en su cara una estela entre gris y plateada fueron los que llenaron a Alba de un cosquilleo y una flojera aún más fuerte que la producida por una fotografía perfecta. Como una mosca que se le hubiese posado en la nariz. Desde que se había encontrado al escritor le temblaban las rodillas y la lengua se le había quedado pegada al paladar. Recordó que sus amigas siempre se burlaban de ella por gustarle Hugh Laurie, diciéndole que podía ser su padre -y puede incluso que la connotación perversa de esas palabras hiciesen que le gustase un poquito más, inconscientemente-, y ella misma se sorprendía a sí misma al descubrirse viendo House -serie que era completamente incapaz de seguir- con cara de concentración pero sin atender a uno solo de los diálogos, perdida en las arrugas de las comisuras del actor de ojos perdonavidas, arrugas que se le aparecían casi como cicatrices de guerra, arrugas que había que ensalzar porque todos y cada uno de los pliegues de su piel eran dignos de ser adorados, como ríos de carisma que vertebrasen un desierto árido y común. Por eso no se extrañó al verse a sí misma buscándoles rasgos comunes a Arcadio y al Dr. House en secreto y concluyendo que su principal paralelismo era sin duda la mirada: las dos azules, de viejo enfrentado al mar, las dos nubladas, con una llama de antorcha olímpica ardiendo en algún punto detrás del hielo. Unos ojos cortantes de octubre, que también exhalaban perfume, que también eran puros como los productos de limpieza antisépticos que su madre le obligaba a empuñar día tras día sin admitir excusas ni quejas y que le dejaban las manos apestando a limón durante horas. 

La camarera de pelo negro les tomó nota sin levantar los ojos del papel en un silencio eterno y se fue sin dirigirles ni una sola palabra más. Un camarero diferente les trajo los tés un poco más tarde, y Alba pudo darse cuenta de que la chica trataba de evitar a toda costa su zona, los ojos fijos en el suelo como si quisiese atravesarlo. Y se preguntó qué historia se llevarían ella y el escritor. Entretanto, Arcadio continuaba hablando, ignorante, dándole una clase de arte contemporáneo como si Alba le hubiese acompañado expresamente para aprender sobre la técnica impresionista. Y realmente le hubiese gustado enterarse de lo que estaba explicando el escritor, pero cada vez que intentaba prestar atención al libro esta se acababa dirigiendo irremediablemente hacia sus manos. Y cuando él la miraba directamente ella se esforzaba en parecer que había escuchado y entendido algo, y abría mucho los ojos como extasiada y desplegaba las pestañas como abanicos. 

No supo en qué momento comenzó a escuchar su voz como a través del agua y los cuadros comenzaron a dar vueltas delante de sus ojos y las mujeres de Matisse comenzaron a sonreirle con dientes de azafrán y sintió que alguien le vaciaba el cuerpo y que flotaba como un globo por encima del asiento. Y era feliz porque el escritor le sonreía y podía sentir de repente sus ojos acariciándola y cada vez se ahogaba más en el techo y el el mar de octubre, y en las manos que no eran ya desiertos sino oasis en los que ella llevaba tanto tiempo queriendo refugiarse aunque no se atrevía a admitirlo porque el escritor era tan viejo y ella nunca había hecho nada con un chico, y de repente le dieron unas ganas terribles de besarlo porque se parecía a Hugh Laurie y ya no le importaba nada, y quería zambullirse para siempre en ese día nublado y en el almidón de la camisa blanca. Así que dejándose llevar por un alegre impulso que era mucho más fuerte que ella, le interrumpió a mitad de la frase apretando su boca contra la de él y aspirando su olor tan cerca como sabía que siempre había querido hacerlo, y notó cómo los labios de él, tensos al principio por la sorpresa, se relejaban y comenzaban a acariciarla con ansia experta, y cómo su lengua comenzaba a abrirse paso, y al notarla, rugosa y cubierta de una saliva extraña, Alba no pudo evitar pensar en la imagen de un perro, y en ese momento sintió la inconfundible sensación de tener un lagarto subiéndole por la espalda, y se separó del escritor pegando un bote. Se giró sobre ella misma palpándose la espalda, pero el lagarto, cuyas patas frías y viscosas había sentido con toda claridad subiendo por sus vértebras, había desaparecido sin dejar rastro. 

-¿Te pasa algo? -preguntó Arcadio, entre excitado y molesto.

-Sí. No. Nada -respondió Alba, y su voz le sonó a la de otra persona-. Voy... voy un momento al baño.

Al levantarse sintió cómo todo el peso que le habían arrebatado volvía de golpe, descargándose sobre ella y sus rodillas, que se doblaron como hechas de mantequilla bajo sus caderas. Tambaleándose, tanteó con las manos a lo largo de la pared buscando la puerta del baño. Y podía haber jurado que en ese mismo momento, la camarera de pelo negro y tacones negros la estaba mirando. Y sonreía.




PD: Toda esta entrada ha sido redactada e ideada con música de Hugh Laurie, por cierto.





Las parejas del Central Park.

Aunque era un secreto, Alba sentía una extraña predilección por las fotos que los fotógrafos profesionales cuelgan en los escaparates de sus estudios. Cuando veía a todos esos bebés sonrosados entre nubes falsas de algodón, modelos haciendo equilibrios sobre bordillos de fuentes y jóvenes parejas paseando por el parque, había una parte de ella que se estremecía de placer sin querer admitirlo. No se permitía a sí misma detenerse delante de las serie de caras sonrientes en papel de foto reluciente tamaño Din a5 por pura vergüenza, pero sí que observaba de reojo irremediablemente todas y cada una con un sentimiento que tenía un nosequé de sueño americano. 

Interiormente y con bochorno, Alba ansiaba acercarse de alguna manera a aquellas escenas que olían a suavizante de ropa y donde no había charcos de agua sucia ni mierdas de perro por las calles y encerrarse en un bucle sin fin, inmortalizada en el Central Park con el sol en el pelo, con un chico a su derecha que la mirase en un ángulo perfecto con un jersey de cuello vuelto. Un amor limpio y fresco como las sábanas recién puestas, blanco, insípido e indoloro. Alba sabía que nada podía cambiar esas fotos, los bebés siempre tendrían la piel rosada y los hoyuelos blanditos, los comulgantes de sonrisa tímida nunca se convertirían en adolescentes malhumorados que se revientan los granos de la frente delante del espejo, los recién casados siempre estarían besándose. La idea de que la perfección de esas escenas no se corrompería nunca por un lado le fascinaba y por otro lado le daba ganas de vomitar. También sabía que para ser tan perfectas debían ser forzadas, y por tanto no existía tal perfección porque no era compatible con la espontaneidad. Pero aun así, a veces se daba el gusto de dejarse creer que la pareja del Central Park (un James y una Natasha cualesquiera) se acababan de comprar el loft de sus sueños y ese domingo tenían la vida resuelta y era verdad que había personas así, y entonces sentía un cosquilleo y una envidia deliciosa que probablemente fue la misma que sintieron mucho antes que ella y al otro lado del charco toda una generación de americanos al ver la Estatua de la Libertad.














Tengo un nido de avispas detrás de los ojos. Tengo hormigas en la lengua. Tengo mariposas amarillas rondándome las orejas todo el día. Tengo arañas recorriéndome la nuca. Bajando en fila  por la espalda. Tejiendo telarañas en las caderas y entre los muslos. Tengo esporas en los párpados y las pestañas. Tengo sapos en la tripa. Tengo nenúfares abiertos dolorosamente en los hombros. Tengo ciempiés entre las costillas. Tengo hibiscos en la garganta. Tengo libélulas entre el pelo. Tengo mariquitas en los labios. Tengo alacranes en el vientre. Tengo caracoles descendiendo de los lacrimales. Ríos de caracoles. Tengo luciérnagas por toda la piel cubierta por la ropa. 

Tengo el cuerpo ardiendo y los pies fríos.

It's time we began to laugh and cry and cry and laugh about it all again.

Es curioso cómo cambia el sabor de la música cuando hay un antes y un después. Aunque me he olvidado de ella durante toda una semana, eclipsada por nuevas canciones descubiertas que me gustaría devorar de dos en dos como caramelos, de repente vuelvo a escuchar a Lourdes, mi Lourdes, que me envuelve en su voz de canela, siempre servicial, igual que lo hizo en el avión, obligándome a morderme los labios para no sollozar en el asiento porque a mi lado hay un señor de Huesca trajeado que intenta entablar conversación acerca de la lluvia en París. Y es que las nubes desaparecen al pasar la frontera, como cortadas con un cuchillo, y en cuanto me acerco a Zaragoza un rayo de sol entra justamente por nuestra ventana y me baña la cara, el cuello y el regazo, en el que sujeto mis cien años de soledad sin ser capaz de asomarme a ellos porque todas las letras se emborronan y danzan delante de mis ojos y no hay manera de entender nada de lo que leo porque alguien despega una enorme tirita que hay en mi pecho en la dirección contraria a la que avanza el avión, devolviéndome a la cruda realidad de que ya no me acostumbro a estar aquí. Tan sola.