Los ultimos cuarenta minutos del domingo.


23:19 Los domingos son ya de por sí días tristes, enmarañados. Días de pies helados y sudadera y mayas debajo del nórdico. Días en los que se fuman los últimos minutos como si fuesen un cigarrillo, impacientemente, intentando retenerlos en la boca y no expulsar el humo. Días de otoño y té con miel. Días de recuerdos que se esconden entre los libros de las estanterías como bocanadas de polvo antiguo. De soles que no calientan, de carreras en bici que hacen volar el flequillo y las ideas.

23:23 Los domingos son días de quedarse en casa pero hoy mi casa no era decididamente mi casa; mi casa estaba un poco más lejos así que he tenido que salir de casa para conseguir volver a casa por el camino correcto. Mejor dicho, para que me llevasen a casa por el camino correcto, montada en la grupa de un lobo que nunca me ha dejado perderme por el bosque de mis marañas. 

23:25 Hoy mi casa eran el expreso de máquina, las galletas de chocolate con nata, el sofá-cama y el proyector convirtiendo la pared en cine. Entre otras cosas. Hoy mi cama no era mía y mis ojos tampoco. 

23:36 En fin, los domingos son días naranjas como la sección de mi carpeta donde guardo los apuntes de Latín. Los domingos son días que se cierran en sí mismos y se enroscan como una serpiente asustada. Si hay un día que me gusta menos que el lunes, ese es el domingo. El domingo es el preludio de algo que no quieres comenzar y sus últimos minutos se apuran resignadamente, pensando ya en el tazón de café con leche que te levantará a las seis horas de la cama calentita y te lanzará a la calle a pelear.


Esto no es un cuento.

A veces, a Alba le aterra que la confundan con Ginebra. Y llora sus miedos a borbotones.

Rainymood.

Ya no es lluvia de verano porque este agua es helada y hiela los huesos y truena a lo lejos más allá de los cristales. Truena lejos para no espantar a los pájaros que no saben dónde refugiarse ya porque cada vez hay más edificios de piedra sin repisas y porque los árboles de la terraza aún son demasiado pequeños y están llenos de lagartos. Llueve lluvia helada como cuando era pequeña y aún no sabía muy bien cómo vestirme y se me helaban los pies y me agobiaba el olor de los radiadores y la lana caliente en el pecho y me asomaba a la ventana de la esquina para ver llover como si fuese parte de alguna película donde la niña vive en una casa vieja y grande y ve llover en la calle desierta y plomiza desde una ventana carcomida y la rodeaba un halo de luz naranja que me persigue allá a donde vaya como para recordarme que aún sigo siendo una niña y que siempre llegará el otoño para lloverme y hacerme frío y para acurrucarme sola bajo las sábanas y la luz naranja y el olor de la lana caliente.

You're so great.

Aujourd'hui était né gris et froid et un peu seul. 
Allongée sur le canapé je lisais ma théorie d'occasion 
réfugiée sous le triangle que mes bras faisaient avec le livre, 
et à la vingtième page je me suis endormie 
comme si quelqu'un m'avait jetée dans un océan d'eau tiède et lourde 
qui m'empêchait d'ouvrir les paupières. 
Et là, tu m'as embrassée une fois encore. 
Comme chaque fois que je ferme les yeux, comme chaque fois que je les ouvre. 
Mais cette fois-ci mon cerveau a voulu se moquer de moi encore plus, 
et la sensation a été tellement réelle 
que je me suis réveillée sans souffle avec ton goût encore sur mes lèvres. 
Puis je me suis retournée et rendormie. 
Parce que si dans une journée grise et froide et seule 
t'es capable d'apparaître si doucement pour m'embrasser, 
alors... bon, je crois que je préfère ne pas me réveiller.

Memorias de una Geisha.

"Ella se pinta el rostro para ocultar su rostro. Sus ojos son como el agua profunda. El deseo no existe para la Geisha. El sentimiento no existe para la Geisha. La Geisha es una artista del mundo etéreo. Ella baila, canta, entretiene, todo lo que quieras. Lo demás son sombras. Lo demás es secreto."


Creo que este pequeño fragmento describe perfectamente lo que puede ser en esencia una Geisha, en mi opinión. Una artista condenada a ser artista, una obra de arte condenada a ser obra de arte. Hace mucho ya que quería escribir algo sobre las Geishas porque son seres (iba a decir personas, pero por alguna razón no me atrevo) extraordinarios, y aunque no es el mejor momento voy a hacerlo ahora, directamente sobre la hoja blanca y sin detenerme demasiado a cuidar cada punto de lo que escribo, porque sí, porque hay artículos que tienen que ser así. 

He elegido este momento en especial porque, además de no apetecerme nada revisar los apuntes de hoy, acabo de terminar de ver esta tarde por tercera o cuarta vez la película Memorias de una Geisha, y creo que poco a poco voy comprendiendo más con mi torpe visión occidental lo que puede llegar a significar una Geisha en la cultura japonesa. Hace unos años leí unos cuantos libros de ese palo, algunos bastante buenos en mi opinón, y aun así creo que nunca llegaré a conseguir (tengo la revista Glamour al lado, que parece corroborar lo que estoy pensando) acercarme realmente a la visión de la vida que tenían las Geishas o de la propia cultura que les ha dado a luz.

Admiro muchísimo a estas mujeres, a las de verdad, y dándole vueltas al asunto estos días con la peli reciente he descubierto que en el fondo incluso las envidiaba un poquito. Porque al fin y al cabo la Geisha va, en definitiva, en persecución de la belleza, en ser lo más bella posible, tanto en la apariencia como en la forma de moverse, la elegancia al bailar, la inteligencia al conversar. En definitiva, la Geisha existe para ser deseada y admirada tanto por hombres como por mujeres, para ser una artista de sí misma, ser su propio lienzo, su propia obra de arte a desarrollar y perfeccionar.

Sin embargo, hoy se me ha encendido la bombillita repentinamente con una idea en torno a la que gira tanto el filme como el propio concepto de Geisha, y que le da su razón de ser: la Geisha es una obra de arte, sí, es una artista, sí, es perfecta, sí, ¿pero para quién? ¿Para quién todo ese sacrificio? Para entretener a los hombres ricos. Es una idea básica, lo sé, pero la película deja mucho que reflexionar en torno a eso (por eso he puesto el fragmento concreto de la transformación de la protagonista en Geisha, donde su hermana mayor le explica de qué va el asunto), porque en cierto modo parece que intenten separar el concepto de artista de su verdadera finalidad.

Esta bombillita que en realidad es una bombillaza me ha llevado a pensar en la cultura que ha propiciado este modelo de mujer, que sí es pero no es, que es intocable y extremadamente culta pero dependiente del hombre, para variar. Y de repente he entendido la historia de amor de la película. Cómo y por qué la protagonista, siendo niña, se enamora del primer hombre adulto que le trata con amabilidad, y por qué este mismo hombre, que bien podría haberse olvidado completamente de ella, maneja sus hilos para volver a verla una y otra vez, acompañándola durante su crecimiento hasta que al fin están juntos. Al frotarme un poco los ojos de la pantallita occidental, creo que he entendido cómo ese hombre pudo enamorarse de una niña japonesa de ojos azules y decidió convertirla en Geisha, porque no la veía como una niña-lolita, no, sino como una potencial obra de arte. El amor a la Geisha, en definitiva, que es el que se plantea en la película, no es un amor carnal, sino el amor que se puede tener por un Monet, una sonata de Beethoven o un poema de Baudelaire. Es el amor al arte, encarnado en una persona de carne y hueso que se transforma mediante una máscara blanca con los labios pintados y cuyo interior es misterio y sombras.


We left our love in our summer skin.

Quiero entrar mañana por la puerta de la universidad con buen sabor de boca, con el pelo veraniego, con la sensación de haber salido de la cama después de que me hayas deseado un buen día (mon chaton), con la seguridad que sólo tengo cuando no estoy en casa.

Quiero llenarme la cabeza de cosas para no pensar en todas las personas que me faltan.



Between two points.

NOTA: Al final me he atrevido a plasmar en papel el primer encuentro verdaderamente, digamos, crudo, entre Ginebra y Alba, su primer y verdadero "Hola, ¿qué tal estás?" A quien no le guste, que obvie toda la siguiente entrada y en su lugar las imagine a las dos tomando un café como dos señoritas y despidiéndose con cierta tensión y un par de besos en la mejilla. Yo he avisado.







Cuando Alba entró en el baño volvió a sentir la sensación de tener un reptil escurridizo descendiendo por su espalda y alargó los brazos alarmada hacia sus omoplatos para palparse, pero no encontró nada. Se miró al espejo sujetándose con ambas manos en el lavabo para no caer, y el vidrio le devolvió la imagen de su cara difuminada como una aparición de color yeso, distorsionada por el calor, de labios y pelo indescriptiblemente rojos. En ese mismo instante la camarera entró tras ella y se encendió un cigarrillo apoyándose contra la puerta para cerrarla con una risita. El baño era muy pequeño; apenas un lavabo y la cabina aislada donde se encontraba el váter, cuya puerta en ese momento se encontraba entreabierta, delatando que estaban las dos solas.

La camarera la miraba fijamente mientras le daba caladas al cigarrillo. Alba sentía sus ojos de gato de mala suerte fijos en ella, expectantes, y se mareó de golpe hasta el punto de tambalearse. La camarera no se inmutó.

-Tengo bichos recorriéndome todo el cuerpo –le intentó explicar, pero escuchó su voz como por debajo del agua, y vio cómo le salían burbujas por la boca, que ascendían tambaleándose para fundirse con el humo del tabaco.

-Pobre niña –susurró Ginebra sin dejar de fumar mientras se acercaba a ella lentamente, como deslizándose sobre sus tacones. Alba sintió sus ojos enlazando los suyos, reteniéndolos, paralizándola como un mosquito en una tela pegajosa e irresistiblemente suave. Le sudaba la frente. La camarera se detuvo a pocos centímetros de su cara, sin pestañear ni una sola vez con las pestañas bañadas de kohl negro. Expulsó una última bocanada de humo sobre la nariz de Alba, que cerró los ojos entre curiosa y abotagada. Notaba todo su cuerpo pesado, vago, insoportablemente palpitante, y los labios de cereza de la camarera sonreían extrañamente delante de sus ojos mientras esta aplastaba la colilla con la punta del zapato.

-Pobre niña – repitió sin dejar de susurrar, atrapando un mechón de pelo rojo entre los dedos. Alba se sintió retroceder hacia el cubículo del váter empujada por Ginebra, que avanzaba sin tocarla y que echó el pestillo tras ellas una vez que hubieron entrado y Alba se hubo acorralado ella misma entre Ginebra y la pared. Se dejaba mecer en susurros, sin apartar la mirada, como si las uniese un hilo invisible. Recordó que había leído que en épocas pasadas los científicos pensaban que el sentido de la vista se basaba en una sustancia intangible que surgía de las pupilas y que, como otra extremidad, tocaba los objetos para adivinar su forma. Alba era capaz de sentir en ese momento cómo los ojos de Ginebra la tocaban. Hasta que una mano física le acarició con delicadeza los labios, lentamente, para luego descender por la barbilla y el cuello, por la línea del escote hasta el ombligo.

-Vamos a ver dónde se esconden esos bichos –susurró Ginebra en su oído para luego descender en línea recta por su cuello, acariciándolo con los labios. Se apretó contra ella para introducir su propia mano helada por su espalda y desabrocharle el sujetador. Alba intentó agradecerle sus buenas intenciones, convencida de que Ginebra iba a encontrar y a echar al lagarto que tanto la molestaba. Pero no consiguió que de su boca surgiese ningún sonido, a excepción de un ligero suspiro de sorpresa al sentir el click del cierre y sentirse de repente liberada.

-¿Mejor? –preguntó amablemente Ginebra descendiendo la boca por su pecho, y ascendiendo la mano izquierda hacia la misma dirección. Alba asintió imperceptiblemente, creyendo escuchar golpes en la puerta. Sin embargo Ginebra no daba signos de haber escuchado nada y Alba volvió a sentir al lagarto deslizarse por su vientre y pegó un respingo. Pero Ginebra la calmó rápidamente como a un niño pequeño y en ese momento se dio cuenta de que no era ningún lagarto, sino su mano, fría y suave, que se escabullía bajo la cintura de la falda y descendía sin despegarse de su piel. Ginebra volvió a reír silenciosamente en su oído, mientras los golpes en la puerta aumentaban y Alba arqueaba la espalda en un escalofrío involuntario, sintiendo cómo la mano de la chica comenzaba a acariciarle, suave como una pluma, como si fuese ella misma la que lo hiciese, arrancándole gemidos leves en su sopor inconsciente.

-Te gusta mucho Arcadio, ¿verdad? –le preguntó Ginebra en un murmullo. Alba creyó escuchar en ese preciso momento al propio Arcadio al otro lado de la puerta, vociferando insultos y dando golpes, y se preguntó con media sonrisa involuntaria si la habría oído gemir-. Bueno, veremos si eso cambia. Me llamo Ginebra –añadió Ginebra al oído de Alba, antes de descender hasta el suelo, junto a su falda.  

J'aime les gens qui doutent.



J'aime les gens qui n'osent
s'approprier les choses
encore moins les gens.
Ceux qui veulent bien n'être
qu'une simple fenêtre
pour les yeux des enfants.

Ceux qui sans oriflamme, 
les daltoniens de l'âme, 
ignorent les couleurs
Ceux qui sont assez poires
pour que jamais l'Histoire
leur rende les honneurs.

Aprender a patinar.

La verdad es que estos días son una especie de limbo en el que tengo a la vez ganas de hibernar y una curiosidad algo miedosa por ver cómo es mi primer día de universidad (una fecha que, para quien no lo sepa, llevo esperando desde que puse un pie fuera del colegio de primaria). En estos días tontorrones me doy cuenta de que hago muchas cosas estúpidas. Como salir de casa al mediodía con los cascos grandes, un vestidito corto y tacones con la idea de ir buscar vestidos (sí, es uno de los planes más atractivos que se me pueden ocurrir) y así de paso "practicar un poco con los tacones, y así si me caigo, mejor caerme sola". Mentira cochina. Da mucha más vergüenza torcerte un tobillo cuando no tienes nadie con quien reírte de ti misma al lado. 

El caso es que ayer, cuando volvía ya más muerta que viva a casa buscando mi refugio fresquito en el sofá y mi sombra y mis pies desnudos en el suelo (sólo las mujeres y ciertos hombres podemos sentir el orgasmo doloroso de lanzar los tacones por el aire y poner los pies en plano cuando ya no puedes más), me encontré con una imagen graciosa. Subía la cuesta que lleva a mi puerta, que en los días de invierno parece una subidita por el Kilimanjaro en plena ventisca y en los de verano me hace sentir como el vaquero curtido de una película del oeste, con las plantas esas rodantes pasando por mi lado con un silbido del desierto y yo poniendo un tacón tras otro con cara de enfrentarme a la calle. Llevaba toda la mañana andando en tacones y aunque sean de buena calidad duele y cansa. Cansa mucho. Porque andar en tacones exige dos esfuerzos, o más bien tres: uno físico, evidente, y otros dos derivados de él, uno psicológico y otro moral. El psicológico es desentenderte de tus pies para andar lo más natural posible. El moral es no sentirte un bicho raro cuando se te dobla traicioneramente un tobillo en mitad de la calle cuando precisamente mejor crees que estás andando y maldices tu cuerpo de rodillas para abajo. Hay que recuperarse, mojarse los labios, subir el volumen de la música y poner cara de sorpresa, como si eso nunca te hubiese pasado. Y seguir.

Bueno, pues agotada tras todos esos esfuerzos, estaba a punto de llegar a mi portal cuando me crucé con una niña pequeña (esta vez de verdad) que bajaba la cuesta sobre unos patines de línea de plástico rosa, abrazada al brazo de su padre con cara de miedo. Nos cruzamos cada una para un lado, las dos con cara de sufrimiento y con el convencimiento interno de que en cualquier momento nos íbamos a dar con los morros en el suelo. Las dos temblando sobre nuestros tobillos. Y en ese preciso instante en el que vi su mirada asustada y un poco avergonzada de encontrar a una niña mayor que la viese pasar el apuro, estuve a punto de decirle con compasión de hermana "y lo que te queda, maja".





Salsa de tomate.

Ayer en el supermercado escuché un estruendo y un llanto infantil en el pasillo de al lado. Al acercarme sigilosamente vi una niña pequeña y rubia con un chándal rosa que sollozaba desconsolada al lado de un gran charco de salsa de tomate, de un rojo reluciente y triste sobre el suelo sucio. Latas rojas rodaban por las baldosas con un sonido metálico cascado, mientras otras se tambaleaban deseando caer también.  La madre, embutida en una falda lápiz y una americana oscura, huía de la mancha que se expandía peligrosamente hacia sus zapatos de ante, al tiempo que gritaba y gesticulaba, haciendo que la niña llorase cada vez más fuerte. Tienes que tener más cuidado, que siempre haces lo mismo, cagüen la leche, ya estoy harta de ti. La niña hipaba sin poder dejar de gimotear mientras cogía entre sus manitas una de las alas de mariposa que le crecían en la espalda y que habían sido las causantes de que hubiera derribado sin querer la torre de latas de salsa de tomate.




J'admire.

J'admire les filles qui glissent sur la vie comme une plume sur la surface de l'eau. Les garçons -certains garçons- parfois semblent aussi glisser, mais on peut voir toujours ses pensées imprimées dans la courbe de leurs sourcils. Les filles, on s'épile les sourcils, alors personne ne pourra jamais voir le souci qu'on cache, puisqu'il repose à l'interieur de la poubelle, entre des petits poils étouffés par un morceau de papier. J'admire ces filles qui sont capables de se regarder dans le miroir le matin le plus noir et, néanmoins, allumer la lumière en se maquillant silencieusement, s'habillant avec des jolis habits, s'enfonçant dans unes bottes hautes du talon, qui fassent bien du bruit. J'admire ces filles qui, enfin, glissent sur le trottoir pour qu'on les admire, en souriant pour que le reste du monde croie qu'il n'y a pas aucun problème, et en mettant du rouge à levres où ça fait mal.