El abrigo.

     

Hoy he tendido una lavadora con el abrigo y la bufanda puestos, porque la ropa mojada estaba muy fría y porque justo me tenía que ir ya de casa y como siempre estaba cerrando la puerta y mierda, me he olvidado de la lavadora y mamá se enfadará si no la tiendo, y vuelta a entrar y a poner el tendedor y a tender las sábanas mojadas como fantasmas resfriados con el abrigo de paño, ese que dice mamá que no me abriga nada y que por eso estoy siempre de bajón y poniéndome mala. Ojalá la tristeza viniese de algo tan simple como el frío o la regla, pero ya me canso de poner siempre el dolor de ovarios como excusa, o que estoy ovulando; todo sea por buscar una fase en la que esté fisiológicamente más sensible, naturalmente. Encadenar la regla con la ovulación y si tengo un mal día pues será por el cuerpo o por el frío que hace fuera o porque está nublado o por llevar un abrigo de paño. Todo sea por pasar de puntillas por encima de los problemas, cogerlos entre los dedos con cuidado como sábanas mojadas en invierno.

Luego hemos ido a comer a casa de la abuela, que ha hecho patatas a la riojana, un plato que nunca habría comido por gusto en cualquier otro sitio (yo que toco el cielo con una tortilla francesa o con una ensalada de tomate con pimienta) pero que en casa de la yaya me han sabido a gloria, como una poción regenerativa. Esto está delicioso yaya, y mi abuela explicando que es porque las ha cocido durante tres horas, y papá diciendo que sabe a huerto y a tierra, que es lo que siempre dice de una comida cuando le gusta mucho. Y mamá hablando de pato a la naranja, y mi abuela diciendo que el mejor pato a la naranja lo tomó en Biarritz, de cuando mis abuelos iban con sus amigos a ver a la frontera francesa las películas que estaban prohibidas en España, aunque algunas no le gustasen a mi abuela. Siempre me cuenta que fueron vestidos con gabardinas a París y que cuando volvieron solo les quedaban cien pesetas, y que se reian tanto en los bares de Montmartre que lloraban. Qué bien nos lo hemos pasado, madre mía, dice siempre un poco triste después de contarme sus historias en Francia. Y yo asiento porque la verdad es que la comprendo.

Me he quedado dormida en la cama de mi tía durante una hora y media, hibernando con la ropa puesta, encogida bajo el edredón, con la tripa llena de patatas a la riojana y queriendo quedarme allí para siempre, no despertar, no saber nada de nada ni de nadie. Últimamente duermo demasiado y creo que es por llevar un abrigo de paño que no calienta. Al despertar han empezado a sonar tambores abajo y resulta que había una cofradía entera debajo de casa, y sonaban como si se acercase el juicio final. Una cofradía salida de a nada en el Coso paseando un paso de Semana Santa. Nos hemos asomado todos a la ventana, papá quejándose de que se hubiesen adelantado tanto tiempo para darle la lata. En una de las ventanas del edificio de enfrente había un chico asomado con un pijama blanco, y no sé por qué me ha parecido el protagonista de Carreteras Secundarias, Felipe, y me he quedado mirándolo a ver qué hacía. Detrás de él había una habitación iluminada por una luz amarilla y un sofá rojo, como si fuese el atrezzo de un teatro. Felipe se ha dado la vuelta y se ha tirado sobre el sofá y se ha puesto a comer patatas fritas de una bolsa mientras miraba la tele, y me ha hecho gracia porque estaba muy lejos y no podía tener ni idea de que alguien lo estaba mirando en ese momento.

Cuando volvía a casa por el Paseo de la Independencia con mi abrigo de paño que no abriga pensando en todo el trabajo que tengo que hacer había una sola estrella en el cielo, justo delante de mí. Y he sonreído porque me he acordado de las clases de Literatura Medieval y del Auto de los Reyes Magos y he seguido caminando todo recto para hacer como que la seguía y que me iba a llevar a casa o algún sitio interesante, pero en la plaza Aragón la he perdido y he cogido el bus para subir a casa sin seguir más luz que la de las farolas. Pero bueno, ha sido bonito.