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La fiesta.

Todo empezó cuando Dani dijo que sus padres se iban a pasar unos días a Cancún y le dejaban un fin de semana la casa toda para él, para desvirgar. Nosotros sabíamos perfectamente que, como para todos los padres, Cancún era sinónimo de pasar tres días encerrados a cal y canto en la habitación del hotel del centro, ese que tiene la figura de un caballero medieval encima de las letras del nombre, pero nos callamos porque somos buenos amigos y sabemos que al pobre Dani aún le queda mucho por vivir, y porque si sus padres se iban a follar fuera de casa sería por alguna buena razón. Así que un día al final de clase, cuando estaba metiendo las cosas en la mochila, se me acercó Elena y me dijo que iban a instalarse en su casa el viernes por la noche para hacer una pequeña fiesta, cenar y ver una peli. 

La puerta del piso estaba mal cerrada y entramos sin llamar. Como siempre, llegamos tarde y al aparecer todo el mundo se giró de golpe para clavar su vista en nosotras. El salón de Dani -un salón rectangular normal y corriente de clase media de esos con baldosas, con los DVDs cuidadosamente alineados en una estantería de cristal encima de la televisión, sofás color verde oscuro con mantas que huelen a viejo y cuadros que parece que alguien los haya estampado contra las paredes sin mirarlos antes- estaba envuelto en una humareda de cigarro tan densa que parecía que acabásemos de abrir la puerta de una chimenea. Había gente sentada en los sillones y por el suelo, pero ni rastro de pizzas ni de peli. Una sombra se levantó y avanzó agitando los brazos hacia nosotras para abrirse paso entre el humo. Era Dani, quien, no sabiendo qué decir, nos guió hacia una esquina de la habitación, donde nos sentamos en el suelo intentando que no se nos viesen las bragas. No conocíamos a la mitad de las personas así que no abrimos la boca. La gente fumaba y bebía ante la atenta mirada de Dani, que estaba cagado pensando en sus padres paseando por las playas de Cancún y esperando su casa intacta a la vuelta. Un chico me ofreció al rato una taza con dibujos de peras y manzanas llena de Martini. 

A lo largo de la tarde comenzó a venir cada vez más y más gente. Los vecinos de enfrente, alarmados por el humo que se había colado ya por las rendijas de su puerta, acudieron creyendo que había un incendio y luego ya que estaban se fumaron un porrito para calmarse. Amigos de amigos de gente exigían vasos de plástico, y alguien llenó de hielos el fregadero y la mitad de un cajón del dormitorio de Dani, y de paso se quedó con su caja de condones -que, seamos sinceros, nadie sabíamos para qué tenía-. Un chico con una camisa a cuadros se empeñó en poner Time to pretend con su Ipod, en consonancia con la originalidad del salón. Me levanté con la taza en la mano y la dejé encima de un montón de libros de Dani para ir a mear. Uno de ellos era El diario rojo de Carlota, y estaba marcado por un separador en la página donde se explicaba con dibujitos dónde se encuentra exactamente situado el clítoris. Él lo había redondeado con un rotulador rojo. En el baño había unos liándose en la bañera a duras penas. Volví para buscar a mi amiga, pero había desaparecido. Dani bailaba solo Boom boom de Rye Rye -que probablemente había puesto el mismo chico de la camisa a cuadros-, y no me escuchó gritarle por encima de la música y de la borrachera, así que me quité los tacones y se los tiré a la cabeza. Él se encogió de hombros preguntándome qué pasaba con una mueca, y yo le señalé con la cabeza la puerta. 

Salimos al rellano. Le dije que me iba, que me estaba mareando y que no encontraba a mi amiga y que además este vestido era demasiado corto y se me veían las bragas y encima había dos magreándose en el baño y no podía mear y que me iba. Me dijo que a él gustaba mi vestido, y que le gustaba que se me viesen las bragas. Me reí en su cara de su cara de niño, acordándome del dibujo del clítoris rodeado con un círculo rojo, de mano temblorosa, y le dije que para qué coño tenía una caja de condones si follaba menos que la madre Teresa. Y que me iba ya que se me hacía tarde. 

Al final vino la policía porque olía a maría desde el barrio de al lado, y se llevaron a todo el mundo y dejaron la casa como si unos ladrones la hubiesen atacado, le hubiesen prendido fuego y lo hubiesen intentado apagar con toneladas de hielo y vodka blanco con limonada del Mercadona. Los que estaban en la bañera rompieron la cortina y no pudieron esconderse, y también se los llevaron. Dani y yo volvimos cuando todo el mundo se había ido ya. Nos encontramos delante de la puerta de casa, que humeaba aún un poco con un hilillo negro como de calma tras la tempestad. El chico de la camisa de cuadros no había tenido tiempo de coger su Ipod y Jake Bugg sonaba muy bajito aún en los amplificadores, y había botellas rodando por el pasillo muy despacito, y charcos y hollín y cigarrillos apagados sobre los reposabrazos del sofá. Alguien se había cargado un jarrón y un cuadro. Todos los cajones de la casa estaban puestos boca abajo por el suelo. Un rastro de comida recorría en línea recta el pasillo. "Bueno, no ha estado mal la fiesta" dijo Dani, sonriendo con cara de estúpido a mi lado, con las bragas hechas un gurruño en la mano.


El rayo de luna.

Érase que se era una fiesta en una casa con las ventanas cerradas y los postigos echados y una nube de humo de mandrágora muy grande que salía de los cigarrillos y se metía entre los rizos del pelo de las chicas que hacían bailar las pestañas y las faldas y las uñas sobre las boquillas de medio metro de sus cigarros y los vestidos de seda que caían por los hombros blancos y acariciaban las pajaritas de los señores. A medianoche se coló un rayo de luna muy pequeñito por la rendija de una puerta y se proyectó contra las baldosas porque la música le había despertado y quería ver a todas las mujeres con los vestidos y los cigarros de metal de medio metro y a los hombres con la barriga enfundada en el esmoquin y los puros que hacían humo negro. Una de las mujeres que era su madre se separó del grupo y fue a decirle que se volviese a dormir. El rayo de luna le dijo que tenía miedo de volver a su habitación porque el pasillo estaba oscuro y creía que había monstruos escondidos en su armario. "No seas tonto" le dijo su madre "allí no es donde están los monstruos." Y lo mandó de vuelta a la cama.

Montreal.


















Montreal, Rue de la Commune. Atardece. Un edificio de aproximadamente cuatro pisos, ladrillo marrón, de apartamentos pequeños pero caros y un hall no muy limpio pero con un ascensor muy amplio. En la fachada se esboza una escalera de incendios de metal negro que zigzaguea conectando todas las ventanas. En la más alta de todas, una chica morena con el pelo hasta la mitad del cuello y profundos ojos negros a los que da menos importancia de la que debería fuma un porro y se entretiene viendo cómo el humo desdibuja los límites de la ciudad. Sueña con Europa como la meta de su huida desde que su novio –ex–novio, se repite furiosamente- la dejó plantada con media vida planeada y congelada de golpe. La chica asomada en la ventana, que por cierto es la de su dormitorio, observa la última calada desvanecerse tras sus pestañas y repasa mentalmente minuto por minuto la última vez que ella y su novio –ex–novio- habían hecho el amor –follado- en la misma cama que descansa, deshecha, a su espalda.


La adolescente del piso de abajo también lo recuerda bastante bien, porque los alaridos de la ex-pareja eran una constante a la hora precisa en la que ella se encerraba en su desordenada habitación y dejaba la ropa arrugada que había lanzado a la cama sobre el respaldo de la silla para tumbarse con su portátil y hablar por Skype con su novio. Las dos parejas parecían haber acordado inconscientemente el mismo horario de visitas y, mientras ellos se estiraban sobre camas transoceánicas para acariciar las pantallas de sus ordenadores con las yemas de los dedos, la adolescente tenía que escuchar cómo el novio de su vecina se la tiraba sonoramente, y no le parecía justo. Así que ahora mismo se alegra de que el ruido cotidiano de por la tarde haya cesado y le dejen hablar con su novio en paz.


La madre de la adolescente acaba de golpear con los nudillos la puerta de su habitación para llamarla por cuarta vez a cenar. Luego vuelve a la cocina haciendo un ruido sordo y limpio con los pies descalzos en el parqué y sirve sola la ensalada en boles de madera. Súbitamente, cree percibir el olor de la marihuana y todos sus recuerdos de juventud se amontonan unos encima de otros: Woodstock, el olor del barro en el pelo, las coronas de margaritas, los lemas tatuados con ceras por todo su cuerpo desnudo, las risas inacabables de noches y días cálidos, la música. La marihuana, que de pronto se ha filtrado por la ventana y la ha golpeado con toda la nostalgia de una juventud que ya parece la de otra persona. Durante unos segundos, se queda con la ensalada en la mano y el brazo congelado en alto sobre uno de los boles, la mirada perdida. Es consciente, aunque no necesita verla, de su cocina alrededor de ella, metálica, moderna, funcional. Impersonal. Termina de servir la ensalada y se sienta desfallecida, como si acabase de descubrir que ha vendido su alma al diablo, dándose cuenta en un solo minuto, en una sola aspiración, de cómo han pasado los años.


Pero no dirá nada a su marido, que ahora mismo entra en el ascensor dejando salir primero educadamente a una mujer mayor y un perro de lanas muy agitado que rompe a correr en cuanto se entreabren las puertas de metal. Es un hombre trajeado que sujeta un maletín con una mano grande y peluda mientras con la otra se plisa la corbata granate antes de darle al botón del ascensor sin mirar. Cuando llegue a casa dirá que no le apetece cenar porque hoy tiene demasiadas cosas en la cabeza. La fusión planeada por su empresa, en la que tantas esperanzas habían depositado, no ha llegado a realizarse y eso significa un enorme paso en retroceso y un enorme esfuerzo por seguir adelante. Además, su padre ha dejado de reconocerle. Pero no admitirá hasta qué punto le duele este último acontecimiento, y ante la familia y los compañeros del trabajo que le pondrán una mano en el hombro y le clavarán una mirada llena de compasión simplemente se encogerá de hombros y dirá que es natural y que son cosas de la edad. Que ya se sabe. Sin embargo, una vez protegido por las sólidas cuatro paredes del ascensor se permite un arrebato de autocompasión y solloza durante cinco segundos con la enorme mano peluda delante de los ojos y la cabeza caída. Cinco segundos, antes de que las puertas se abran otra vez y haya que sacar la llave del bolsillo.


La anciana que ha salido del ascensor al mismo tiempo que él entraba se llama Marguerite pero nadie en el edificio lo sabe porque nadie se lo ha preguntado. Ahora va a tomar un café con leche con sus amigas como hace cada tarde desde hace veinte años. Cuando era joven era de una belleza estremecedora, la cual le concedió enormes alegrías y enormes desdichas y amantes de alrededor de todo el mundo, algunos de ellos tan importantes que nadie la creería si fuese tan imprudente de confiárselo a alguien. Ahora, aunque se esmere en pasar dos horas frente al espejo antes de salir y elija cuidadosamente el vestido que se va a poner, siempre limpio y bien planchado, ya no hay manera de ocultar los pliegues que surcan su cara, las manchas marrones, las líneas plateadas. Nadie dejará caer un cumplido, nadie se dará cuenta de su esfuerzo.


Nadie excepto el camarero del café en el que se reúne con sus amigas, que todos los días la invita a una palmera y bromea con ella al traerle la cuenta. El camarero, que es el público más constante y agradecido del panorama del café, y que está al tanto de todo mientras limpia tazas con un trapo desde la barra, se lleva fijando desde hace un tiempo en el hombre de mediana edad que acude solo, se sienta solo y lee el periódico solo mientras se toma un café solo, luego deja propina sobre la mesa y se va con el periódico doblado debajo del brazo. El camarero, un chico joven del este que ha venido a Montreal en busca de su futuro y de un lugar donde dormir se ha dado cuenta de que quiere dormir con ese hombre, de que cada vez que le sirve el café le tiembla el pulso y de que, muy a su pesar, siente un enorme deseo de hacerle gritar de placer cuando por casualidad sus dos miradas se tropiezan, la una servicial, la otra gélida. El camarero, que siempre tiene una sonrisa y una palabra amable para sus clientes, se ha enamorado profundamente del único de ellos que no es capaz de responderle con igual amabilidad, y eso le provoca una enorme ternura, unas ganas irrefrenables de hacerle feliz.


El hombre del periódico, por su parte, se levanta todos los días a la misma hora, se lava los dientes a la misma hora y desayuna a la misma hora. Baja a leer el periódico al café cerca de las once, saca al perro, va a trabajar, vuelve de trabajar, cena, saca otra vez al perro, ve un rato la televisión hasta la hora de dormir –siempre la misma- y luego se abandona al sueño mecánicamente. Al día siguiente, se levanta a la misma hora que el anterior. Hasta que un día se levantará como todos los días, se lavará los dientes, desayunará y luego, sin saber muy bien por qué, sacará un pie fuera de la ventana, aún en pijama, al que le seguirá después el resto del cuerpo, en vertical y hasta el suelo, como si hubiese visto un camino invisible que partiese del alféizar y continuase sobre los tejados. Dejará la casa impecable y a su perro ladrándole convulsamente a la ventana abierta, a las cortinas ondulantes y a la sirena de la ambulancia que se aproxima. Perderá para siempre la oportunidad de conocer el amor.


Pero esto aún no ha ocurrido, y el perro se pasea confiadamente por la casa sintiendo que tiene que orinar con urgencia en algún lado y maldiciendo a su amo en lenguaje perruno por haberse vuelto a olvidar de él. En esto que cuando el susodicho vuelve a casa, el perro sale corriendo, se escabulle entre sus piernas y se mete rápidamente en el ascensor en el mismo momento en el que Marguerite lo toma, pasa salir en la planta calle como alma que lleva el diablo, esquivando al señor trajeado, y aliviarse en unos matorrales cercanos.


Sin embargo, su intento se ve frustrado por un transeúnte que pasaba precisamente en ese instante por la puerta de la casa, un chico joven que al ver al perro salir corriendo sin correa ni collar adivina la situación y lo agarra ágilmente, agachándose a su lado por si aparece el dueño en su búsqueda. En lugar de eso, lo primero que ve al levantar la cabeza hacia el edificio es una chica morena con el pelo hasta la mitad del cuello asomada a la última ventana, que lo mira a su vez al tiempo que apaga una colilla en un cenicero sobre el alféizar. Y el chico, aún con el perro retorciéndose entre sus manos, se pierde en los ojos de la chica, que aunque lejanos brillan como brasas, y en ese mismo momento ambos se dan cuenta de que algo acaba de comenzar.

Salsa de tomate.

Ayer en el supermercado escuché un estruendo y un llanto infantil en el pasillo de al lado. Al acercarme sigilosamente vi una niña pequeña y rubia con un chándal rosa que sollozaba desconsolada al lado de un gran charco de salsa de tomate, de un rojo reluciente y triste sobre el suelo sucio. Latas rojas rodaban por las baldosas con un sonido metálico cascado, mientras otras se tambaleaban deseando caer también.  La madre, embutida en una falda lápiz y una americana oscura, huía de la mancha que se expandía peligrosamente hacia sus zapatos de ante, al tiempo que gritaba y gesticulaba, haciendo que la niña llorase cada vez más fuerte. Tienes que tener más cuidado, que siempre haces lo mismo, cagüen la leche, ya estoy harta de ti. La niña hipaba sin poder dejar de gimotear mientras cogía entre sus manitas una de las alas de mariposa que le crecían en la espalda y que habían sido las causantes de que hubiera derribado sin querer la torre de latas de salsa de tomate.




Cuento corto de la chica que tenia unos cascos verdes.

Había una vez una chica que tenía unos cascos verdes. Eran unos cascos muy grandes porque a la chica le gustaba escuchar la música muy alta. Todos los días, la chica salía a la misma hora de su casa y se dirigía hacia la universidad haciendo siempre el mismo camino, con sus cascos verdes en las orejas y la música muy alta. 

Había también un chico que la veía todos los días desde su local, ya que cuando la chica pasaba por delante, siempre a la misma hora, coincidía con la hora en la que él se tomaba cinco minutos para fumarse un cigarrillo en la puerta. 

Probablemente había elegido precisamente esos cinco minutos porque sabía que era el momento en el que la chica pasaba. 

El chico pensó que la chica era muy bonita, y tras muchas investigaciones consiguió averiguar su nombre, y así cada vez que la veía pasar con sus cascos verdes podía ponerle nombre a su cara. Y pensó que el nombre era muy bonito también. 

Así que al cabo de un tiempo, cada vez que la chica pasaba por su lado con sus cascos verdes él decía su nombre para llamarla, pero la chica llevaba la música muy alta y no lo oía. Cada día él la llamaba un poco más fuerte, pero la chica seguía pasando por su lado con sus cascos verdes sin mirarle siquiera. El chico se quedaba en el portal siempre a la misma hora como un perro encadenado y la llamaba por su nombre cuando ella pasaba, pero la chica nunca respondía ni se volvía hacia él. Hasta que un día el chico perdió los papeles y acabó llamándola a gritos. 

Y toda la calle se dio la vuelta para mirarlo. 

Las palomas salieron volando en desbandada. 

A un vecino se le cayó una maceta por la ventana, que se estrelló contra el suelo a pocos metros. 

Un par de coches pitaron y una abuela le gritó agitando el bastón. 

Pero la chica siguió andando sin enterarse de nada, porque llevaba sus 
cascos verdes y la música muy alta.






Catalina.

A Catalina nunca la habían llamado Cata y quizá por eso nunca se había planteado lo de ser vieja, porque todas las viejas se llamaban Cata, como si el hecho de ponerse zapatos ortopédicos de color beis y sujetadores con aros reforzados fuese un motivo suficiente para arrebatarles la segunda parte de su nombre, la más aristocrática, ese "lina" que quedaba tan bién después de Cata, la flor blanca sobre el tallo verde. O al menos eso le decía siempre su madre, que nunca se había comido el final de su nombre. Y luego, a lo largo de su vida había conseguido que todas las personas a su alrededor la llamasen Catalina, todo junto y todo seguido, porque era tan alta y tan fina y llevaba unas gafas de sol tan grandes y bonitas bajo el sombrero que nadie podía haber pensado en acortarle el nombre, aunque fuese simplemente por no acortarle la estatura. 

Pero un día, alguien la llamó Cata. Lo recordaba exactamente: fue en casa de unos conocidos, en el centro, donde la habían invitado a comer. Tras el postre y el vino y el cigarro y el segundo cigarro, se habían despedido por fin en la entrada, una enorme habitación blanca y moderna, llena de cuadros abstractos muy caros, que los habían observado (o al menos eso creían, porque nunca se sabía dónde les quedaban los ojos) mientras se daban dos besos sin dárselos, rozando las mejillas suavemente unas con otras. Y entonces fue cuando ocurrió. No recordaba cuál había sido la frase, tal vez "hasta pronto, Cata" o "cuídate, Cata", poco importaba. Su nombre le había golpeado de repente como un mazazo, un mazazo duro y vulgar, y se había ido sin despedirse, haciendo mucho ruido con los tacones por las escaleras. Una vez en la calle, se había apoyó en la pared mientras se encendía otro cigarro, y se lo fumó en silencio mientras veía la gente pasar. Ni siquiera su propio marido, que en paz descansase, la había llamado así. Ni siquiera cuando hacían el amor y ninguno de los dos sabía lo que decía. Cata significaba algo más. Se miró las caderas, pero no habían aumentado. Los tacones seguían siendo unos Manolo Blahnik negros de aguja. El sombrero seguía en su sitio. El pelo descendía como un río de plata por la parte derecha de su cuello. No se veía muy diferente. 

Como estaba un poco cansada después de haber bajado tan deprisa las escaleras, buscó un banco para sentarse. El primero que encontró ya estaba ocupado por otra señora, que miraba hacia la nada con la cabeza de pelo corto al descubierto y apoyaba un bolso de bastante mala calidad sobre las rodillas hinchadas. No llevaba un ápice de maquillaje, y las manchas de color oscuro se amontonaban sobre sus mejillas. Catalina miró disimuladamente sus pies mientras lanzaba el cigarrillo al suelo: llevaba zapatos ortopédicos. Buenos días, dijo la mujer en un gruñido, advirtiéndole de que se daba perfecta cuenta de que la miraba. Buenos días, respondió Catalina, muy educada. ¿Espera a alguien? La mujer la miró por el rabillo del ojo con una mezcla de incredulidad y desprecio. No, estoy cansada de caminar. Cada vez me quedo sentada un poco más cerca de casa. Catalina miró el perfil arrugado de la abuela y se preguntó si se parecería al suyo. ¿Le importa que le haga compañía un poco? No, claro que no. Me llamo Cata, dijo, mientras extendía la mano. Yo Catalina, respondió Catalina mientras se la estrechaba.

Cuento sin nombre.



Se la llevaba un sueño ligero, como una ola tibia de resaca. Podía ver a sus padres en la orilla, mojándose hasta los tobillos de agua salada, llamándola a gritos para que no se fuese muy lejos mientras ella se alejaba, boca arriba sobre un mar de naftalina y algodón. Cuando al entreabrir los párpados le llegó la luz de la lámpara de pantalla color hueso y advirtió a Blanca al lado de su cama, que tenía la cara seria excepto cuando sentía que la miraba, entonces sonreía como si fuese a acabarse el mundo, se dio cuenta de que seguía en su habitación, se preguntó dónde estaría Chismoso, su perro, que siempre dormía con ella a los pies de la cama y que parecía haberse convertido en esa señora que sonreía tan raro. Pensó que se habría ido a dar una vuelta con Galo, porque debía ser ya la hora de sacarlo a la calle y ella seguía en la cama. No habría querido despertarla. ¿Y quién era esa mujer que tejía sin descanso, qué hacía allí, y por qué tenía ojeras oscuras de la tierra mojada? Ahora que lo pensaba, Galo no podía estar paseando a Chismoso porque el perro había muerto mucho antes de que ella conociese a Galo. Atropellado por una enorme ola de espuma de vidrio, enterrado en arena blanca, bajo campos de amapolas. En un campo como ese que habían visto un día caminando recién casados y a ella se le había antojado hacer el amor sobre las flores y se había llenado toda la falda de piedrecitas, briznas de hierba y bichos, porque llevaba un vestido con estampado de flores rojas, muy acorde con el paisaje, que había atraído como un reclamo a todas las avispas de los paneles cercanos, las cuales los habían rodeado en un círculo de música silbante mientras Galo le desabrochaba el sostén con la respiración entrecortada. Ese día, el cielo era tan azul que parecía recién lavado. Como el día en el que, ya lo recordaba, Galo había decidido abandonarla y por eso no estaba allí con ella y en su lugar la velaba esa extraña y triste señora cuya presencia no había pedido en ningún momento. Curiosamente, pensar en Galo no le dolía. Sentía el interior de su cuerpo esponjoso y calentito, como almohadillado. Los párpados se le cerraban de nuevo. Hacía ya mucho de ese segundo día tan azul, tan frío, en el que el viento le había azotado la cara queriéndose llevar las cenizas que protegía dentro de una lata, bien pegadita a su pecho debajo del abrigo. ¿Cuánto había pasado de eso? No, se lo tenía que haber inventado, ella nunca había tenido novio, si acababa de empezar el colegio y la profesora la ponía de cara a la pared con los brazos en cruz, aunque no era culpa suya porque la nota se la habían pasado y del susto sólo se le había ocurrido metérsela en la boca y tragársela para que la profesora no la viera. Y ese pelo tan largo y tan liso, que a duras penas alcanzaba a peinarse por las mañanas. Quiso levantar la mano y acariciárselo un momento ahí mismo, en el rincón de la clase, pero fue incapaz. Notó cómo alguien se movía a su lado y le arropaba un poco y poco a poco los pensamientos se fueron ordenando en su cabeza y recordó que estaba tumbada en una cama, que era vieja y que no era capaz de moverse ni para ir al baño y que las cenizas de su marido descansaban en la lata sobre la mesita de noche y que hacía ya muchos años que el pelo no le crecía más abajo del lóbulo de las orejas. Abrumada, quiso llamar a Blanca, pero cuando volvió a abrir los ojos se encontró con que la luz estaba apagada y a los pies de su cama no había nadie, y ninguna marca delataba lo contrario. Ninguna arruga en su colcha, ningún trabajo de ganchillo, ninguna silla colocada al lado de la cama, ningún ruido en la casa excepto el de su propia respiración profunda y lenta. Entonces recordó como una iluminación que Blanca también se había ido hacía ya muchos años. Y arrullada por la oscuridad y el murmullo del mar, cerró los ojos de párpados amarillos y se durmió.

Cuento de Navidad anticipado.



Desde que oscurecía a las cinco de la tarde los edificios, vestidos con sus mejores galas navideñas, convertían la calle en una paleta enloquecida de luz cromática. Árboles brotados de la nada se estiraban buscando con sus ramas algo de la luz solar que les había abandonado y miraban a su alrededor sin saber dónde se encontraban, impregnando los alientos de olor a bosque.

Blanca llamó a su hermano, al que había olvidado junto a una columna del paseo, embobado mirando una estrella fugaz de bombillas amarillas. Benito corrió hacia ella con el gorro resbalándole por el pelo demasiado corto y suave, de bebé, y la bufanda a rayas dándole tumbos a uno y otro lado del cuerpo. Por un momento, pareció que se iba a agarrar de la mano de Blanca, pero se mantuvo a su lado con las manos pegadas a ambos lados del cuerpo. Ella no se dio cuenta de que había estirado su propio brazo hacia él hasta el momento en el que sus dedos chocaron con el bolsillo del abrigo de su hermano, y la retiró rápidamente. Ambos caminaban ahora uno al lado del otro por el paseo, Benito con la enorme bufanda dándole cinco vueltas al cuello de forma que sólo sobresalían los ojos y media nariz sonrojada, Blanca con el pelo larguísimo, planchado y brillante, caminando segura sobre las botas de tacón que tanto le había costado ponerse hacía un año. Con tacones, su hermano le llegaba apenas por la cintura. Siempre que veía desde arriba el pompón de su gorro balancearse le daba miedo perderlo entre la multitud.

Había algo de calor en ese frío, algo que hacía salir a todo el mundo a la calle. Blanca, perdida en sus ideas, se volvía de vez en cuando a su hermano para controlarlo con cara de fastidio, y siempre lo encontraba con los ojos refulgiendo como un espejo de las farolas, los árboles, las guirnaldas, las fachadas epilépticas. “Como si no hubiera visto las mismas luces un millón de veces, qué crío es cuando quiere.” Y recordó las palabras de su madre al encomendárselo hacía ya un tiempo. Eres su hermana mayor, es el momento de que te encargues de él, tienes que ser madura. Así que Blanca había sido madura y había cerrado la puerta, había puesto música, había embutido a su hermano medio dormido en el abrigo, le había encasquetado el gorro y la bufanda y lo había arrastrado fuera de casa sin mirar atrás, diciéndole que iban a ver el belén a tamaño real de la Plaza.

-¿Cuándo volvemos? –preguntó  al rato su hermano, mirándola muy serio.

-¿Ya quieres volver? –dijo ella con una sonrisa que era una mueca.

-Sí. Quiero ver cómo están papá y mamá.

-Papá y mamá están perfectamente. Papá y mamá están mejor solos ahora mismo.

-¿Por qué?

-¿Por qué? –repitió Blanca- Porque hay veces que en una relación es mejor estar solos para solucionar cosas.

-¿Por eso nos hemos ido?

-Sí.

Benito se calló y siguió mirando las luces, poniendo cara de estar reflexionando mientras el gorro le resbalaba hacia atrás. Blanca se lo colocó y siguieron andando.

-¿Es por cuando rompí la mesita del cuarto de estar? –dijo de repente el niño.

-No, idiota, no tiene nada que ver contigo.

-¿Y contigo?

-Tampoco. No es cosa nuestra.

-¿Y no tendremos que elegir con quién irnos?

-¿Con quién te irías tú?

Benito pareció reflexionar otra vez, hundiendo los hombros para refugiar la nariz aún más en la bufanda.

-Con papá. Me da más pena. Además, mamá sabe cocinar y él no.

-¿Y tú ayudarías a papá a hacer la comida?

-Claro –dijo él como si fuese obvio.

Ya se veían las palmeras del belén desde lejos. De las farolas colgaban bolas hechas con hilos plateados que relucían como enormes burbujas. La gente, cerrándose el cuello del abrigo en torno a la garganta, se amontonaba alrededor de los puestos de castañas asadas, que olían a gloria y a infancia. “Claro, para él esto debe de ser el presente” se dijo Blanca al ver a su hermano observar con curiosidad el humo que salía de la sartén. ¿Cuándo había empezado ella a tener nostalgia? Dos ancianos venerables paseaban engalanados y cogidos del brazo, ayudándose el uno al otro a abrirse paso; ella con sombra de ojos azul resaltando tras las gafas de montura dorada, él con un borsalino a juego con el traje y un bastón de madera barnizada. “En Navidad todo es tan dorado y tan plateado… es como si todos los colores brillasen sobre un fondo negro.”

-¿Y nos tendremos que ir de casa? –preguntó de nuevo su hermano.

-Pero si no va a pasar nada, tonto, no te montes películas –exclamó Blanca, intentando reír.

-¿Tú crees que lo solucionarán algún día?

-Claro que sí –dijo ella mientras miraba cómo dos novios compartían un plato de churros, mojando cada uno su parte en una taza de chocolate caliente -. ¿Te apetece que nos tomemos un chocolate después de ver el belén?

-Ya no soy un niño, no se me convence con chocolate –respondió Benito, mirándola con sus ojitos serios medio ocultos bajo el flequillo rubio.

Blanca calló, golpeada por las palabras de su hermano. Claro que eres un niño, le apeteció decirle. Mírate, con tu cara de muñeco y la bufanda que es más alta que tú. Pero no dijo nada porque entendió a lo que Benito se estaba refiriendo, y le dolió no poder contestarle. Ya habían llegado al belén, y se detuvieron antes de entrar para mirarlo desde fuera, en silencio, uno al lado del otro.

-Blanca –dijo Benito a los pocos segundos en voz muy bajita.

-¿Sí?

-Yo me iría contigo.

Y sin decir nada más, su hermano pequeño le cogió de la mano.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?









Un rey tenía tres hijas
las metió en tres botijas
y las tapó con pez.

¿Quieres que te lo cuente otra vez?

Mon reve d'aujourd'hui.

J'avais fuit de la fusée mais finalement une pierre m'a tué. J'étais tombée par terre, evanoue, morte. J'ai tout vu, alors je demande à ma mère, qui est en train de ranger mes vêtements: "maman, vite, dis-moi si je suis morte!" Elle, nerveuse, s'approche à le corps qui est sur le sol, le corps d'une jeune fille qui a encore les cheveux longs et qui est habillée avec une robe blanche. Ma mère touche le corps et puis elle se tourne lentement pour me dire "oui, désolée, tu es morte ma petite." Je m'approche aussi à mon corps. "Oh merde", je pense pendant que je vois pleurer très fort à ma mère, mise à genoux, "je dois prévenir N."

Je sais qu'il est maintenant avec une autre fille, une fille grosse et blonde, du nord, qui parle encore plus fort que moi et qui a toujours faim du sexe. On m'a dit qu'il ne veut pas être avec elle. Peu importe maintenant. Mais je dois lui trouver, j'ai besoin de lui voir et lui annoncer que mon corps est inerte par terre. Alors, je lui recherche. Saria vient avec moi parce qu'elle est aussi morte (peut-être grâce à une autre pierre, moi je ne sais pas), et on passe à travers des murs comme s'ils étaient faits de l'eau. Je marche, je crie son nom avec les mains à côté de la bouche, je demande à les gens qui, d'une façon surprenante, peuvent me voir.

Il est dans sa chambre, endormi. On y va. Dès qu'on est arrivées, M. sors. C'est notre ami, pas sa neuve petite amie. Je suspire. Il me dit "au revoir" avec une sourire et il quitte. N. est dans son lit, en train de me regarder fixement. Je veux lui dire beaucoup de choses."Je suis morte" et "je n'aime pas ta petite amie" sont les principaux, mais je ne peux pas parler dans ce moment et je reste, nulle, en lui regardant aussi.

Saria va lui saluer, contente, et il la prend dans ces bras encore. D'un coup j'ai envie de pleurer. Peut-être qu'il peut me toucher après tout. Si c'est comme ça je veux qu'il me touche: une main, le cou, le visage, les cheveux, peu importe, maintenant je me rends compte de que vraiment je suis morte et de que c'est pas amusant.

Avec un espoir qui me fait pleurer comme feu dans ma gorge, je dis: "bonjour." Je veux dire trop de choses. Oublie ton imbécile petite amie. Fais-moi réelle encore. Mais il me regarde, il me regarde seulement, avec une expression qui montre comme il me déteste, et dit: "Qui es-tu?"






(Pardon pour les erreurs.)

El dia en el que el hada madrina no llego a tiempo.









El día en el que el hada madrina no llegó a tiempo
Cenicienta fue el foco de todas las miradas en el baile
aunque por razones distintas.

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