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Hace mucho que no oia hablar de ella

Lo que Alba no supo en ese momento era que, en realidad, el ministro se dio cuenta de forma instintiva de que se había maquillado. Horrorizado y en cierto modo atraído decidió ir a buscarla, pero en esos momentos se encontraba muy enfermo y no podía salir de la cama. Los días siguientes se sumió en el delirio, y presa de la fiebre con las sábanas hasta la nariz soñaba una y otra vez que iba a buscarla y que Alba velaba a su lado como él lo había hecho cuando era ella la que estaba en su lugar, desesperándose cada vez más cuando abría los ojos y se encontraba solo. Nadie pudo hacer nada por él y murió viejo y sudoroso, enterrado entre mantas y sus propias obsesiones.

La mansión veneciana quedó finalmente vacía y a la deriva por los canales como una cáscara rota, hasta que se precipitó en las aguas cenagosas como si nunca hubiese existido, con todos los muebles de caoba oscura, los balcones y las ventanas manchadas de lluvia, las escaleras carcomidas, las chimeneas, los libros, los sofás de piel y los doseles de seda, las mesas del comedor, los candelabros y los retratos de acuarela, el papel pintado de las paredes y la alfombra persa, y se convirtió en una mansión de lujo para el rey de los peces en el fondo de Venecia, junto con los remos de góndola y los pobres gondoleros que, de la humedad, desarrollan branquias y escamas y se convierten en amantes de sirenas cosmopolitas y en okupas de las mansiones sumergidas por culpa del amor.

Alba sintió perfectamente el último suspiro del ministro y el ahogamiento de la alfombra persa de una forma tan física como un retortijón de tripas, y conforme la mansión se hundía, ella se dio cuenta de que su infancia se le iba despegando poquito a poco como una costra, hasta que se quedó para siempre en el fondo del mar, donde, estaba segura, el anciano seguiría paseando por las habitaciones sumergidas, esperando pacientemente su regreso.



Asustas


Por ser la primera noche, Olivia buscó un espejo de mano y le enseñó a Alba de nuevo el contenido de su estuche de maquillaje con más detalle. Encendieron velas y se sentaron al lado de la ventana para aprovechar todo lo posible la luz. Paso a paso, la chica color cielo le fue enseñando cómo bordearse los ojos con lápiz de kohl, cómo extenderse el colorete por los pómulos y combinar los distintos tonos de gris para iluminar los párpados. Le rizó las pestañas por primera vez y le dio un toque de blanco en el rabillo de los ojos para intensificar la mirada. Finalmente le enseñó con paciencia a pintarse los labios y a aplicarse encima de la pintura una capa de miel, que además de unificar el color y hacer que brillase más, se decía que los hidrataba. Cuando terminó, después de mirar la obra con ojo crítico de artista y añadir unos retoques aquí y allá, le tendió el espejo para que se mirase.

-Asustas –declaró con una sonrisa que quería decir todo lo contrario.

Al ver su reflejo, sin embargo, Alba tuvo que darle toda la razón. ¿Esa era ella? Se observó desde todos los ángulos con los ojos muy abiertos, como un niño que se mira las manos y extiende los dedos y los dobla, consciente de repente de que son suyas. Se sentía como un cuadro finalmente acabado, y por primera vez se sintió orgullosa de su belleza. Se dio cuenta de que había desobedecido las órdenes del ministro, se había maquillado, y aunque en esos momentos él se encontraba demasiado lejos como para saberlo, sonrió traviesa y deseó que estuviera donde estuviese, el ministro supiera que ella, su niña, había roto en pedazos su máxima prohibición y había bailado sobre ellos al igual que bailaba en su despacho cuando él no estaba.

6. Khol

En cuanto la luna comenzó a trepar por la torre Eiffel, la casa se convirtió en un nido de avispas donde cada uno corría ajetreado por el pasillo, presa de sus problemas individuales.

-¿Y mi pañuelo, dónde está mi pañuelo? –gritaba Odette enloquecida, abriendo y cerrando todas las puertas con el pelo encrespado y la cara reluciente de sudor. Olivia le dedicó una sonrisa a Alba mientras se escabullía escaleras arriba, aferrando contra su pecho un jirón de tela azul.

Elise revoloteaba preparando la cena al tiempo que se arreglaba con la superficie metálica de una bandeja como espejo, y Pierre recogía a toda prisa sus pinturas y recitaba entre dientes una y otra vez las mismas frases sin sentido, como una letanía. El único que conservaba la calma era Anthon, que por fin había salido de su habitación y afinaba tranquilamente otro violín en una silla lejana, sin mirar a nadie y decidido a que nadie lo mirase. Sin embargo, Alba no pudo evitar fijarse en el encantador de pájaros, lo consideraba ya como un personaje de novela, un Heathcliff o un señor Darcy que la miraban por el rabillo del ojo con fingido desinterés. Tenía toda la apariencia salvaje del primero en su traje oscuro y gastado, pero con la elegancia arrogante del segundo. Eran tantas las ganas de Alba de encasillarle en uno de los héroes de sus libros que no sabía si abrir un abanico más grande de personajes, tal vez incluyendo a un personaje atormentado de un drama de Shakespeare, o a uno inquietante y sobrenatural de Lewis Carroll.

-Necesito otro violín –fueron las únicas palabras que le escuchó pronunciar, con voz clara y precisa, pese a que no miró a nadie a la cara mientras hablaba.

-No haber roto el anterior –respondió Elise con sequedad-. Sabes perfectamente que ahora no tenemos dinero para comprarte uno nuevo. Te aguantas con ese.

-Lo siento –musitó Alba otra vez.

-Oh, es igual, no es culpa tuya –respondió la mujer mientras revolvía en la olla, pese a que su cara daba a entender otra cosa-. Es él el que tiene que aprender a controlarse.

Alba miró de nuevo al chico, que no levantaba la vista del instrumento. Decidió que no podía aportar mucho más a esa conversación y salió de la cocina, tarareando entre dientes una canción de Henry Purcell al tiempo que se movía a su compás por el pasillo.

-¡Alba! –Olivia la llamaba desde la habitación de arriba. Subió las escaleras y al abrir la puerta se la encontró cambiándose de vestido. Era la primera vez que veía a otra mujer que no fuese ella misma en ropa interior, y la visión de la cabellera negra resbalando como una cortina parda por la espalda de la chica y de sus curvas a duras penas tapadas por las enaguas medio rotas hizo que una sensación desconocida la golpease, como si toda la sangre de sus venas se precipitase en una cascada invertida de los pies a la cabeza.

-Perdón, lo siento –exclamó, no sabía si por la intromisión o por ponerse tan roja. Olivia se volvió hacia ella, los ojos azules relampagueando como luciérnagas, y Alba se dio cuenta de que nunca se había fijado en lo guapa que era realmente.

-¿Qué haces? No te quedes ahí pasmada, entra y cierra la puerta.

Alba hizo lo que le dijo como una autómata y se acercó a la chica, que forcejeaba con el cierre del vestido.

-¿Me ayudas?

Alba le retiró el pelo y fue abrochando los botones uno por uno a lo largo de la espalda, mientras Olivia contenía la respiración. Le explicó que el vestido era tan ceñido que, una vez abrochado, tenía que encoger la tripa durante toda la noche para que no se saltasen los botones. Mientras Olivia se recogía el pelo a ciegas con el pañuelo robado, Alba se asomó la ventana y vio al farolero ir encendiendo las farolas de la calle una por una con llamas pequeñitas y anaranjadas, que temblaban y se retorcían entre los cristales como pajarillos enjaulados. Se quedó contemplando ese espectáculo embobada hasta que Olivia la sacó otra vez de sus ensoñaciones.

-Dime, ¿te han dicho ya lo que vas a hacer esta noche?

-No. Me parece que no sé hacer nada útil –contestó Alba con desgana, siguiendo el movimiento de la llama, que iluminaba a duras penas las paredes de los edificios cercanos a ella. De vez en cuando pasaban grupos de personas debajo de la ventana, riéndose a carcajadas, o parejas de jóvenes cuchicheando sobre promesas cálidas y secretas.

-Algo sabrás hacer. ¿Tocas algún instrumento?

Alba caviló un momento la respuesta. Sí, el ministro se había empeñado en que tomase clases de piano, pero ella se había intentado escabullir de todas sus lecciones, harta de que la maestra le diese golpecitos en los dedos con una vara de madera cuando se equivocaba. Dado que se había aprendido todo su repertorio de oído, sin memorizar una sola nota, decidió que lo más prudente era decir que no.

-¿Bailar, cantar? –insistió Olivia.

-Puedo intentarlo –aventuró.

-Bueno, algo es algo. Y dime –Alba sintió el aliento de la chica color cielo en el cuello y se estremeció- ¿sabes por casualidad algo de teatro?

De repente a Alba se le iluminó la cara y se volvió rápidamente hacia Olivia, que miraba sorprendida su reacción.

-¡Sí, de eso sí que sé!

Ahora es nada.

Alba tenía una carta bajo la manga. Algo que nunca había comentado a nadie era que antes de partir se había guardado una bolsita con sus joyas más valiosas dentro del botín. Vendiéndolas se podía costear una tranquilidad a largo plazo cuando se cansase de la aventura. Le quedaba el consuelo de que podía alejarse de aquel palomar y volver a Venecia cuando quisiese si era lo que deseaba. Se descalzó y sacudió sus zapatos para comprobar que la bolsita seguía ahí. No cayó nada. Palpó el interior y no la encontró. Dedujo que se la habrían quitado al desmayarse. Probablemente Pierre. Se le habían adelantado.

Suspiró y volvió a mirarse en el espejo, abrazada a sus rodillas. De modo que no le quedaba nada. Reclamar sería inútil, Pierre lo negaría todo. Finalmente no le quedaba más remedio que ponerse aquel vestido granate y actuar en el espectáculo.

Bailarina del diablo


Nada más rebañar el plato, un reloj de cuco que Alba no había visto antes, situado encima del marco de la puerta, dio la hora con estrépito y le hizo pegar un bote en la silla. En cuanto el pájaro falso volvió a su nido de manera con un ruido de muelles oxidados, todos se levantaron de la mesa y dieron por comenzadas sus tareas cotidianas, olvidándose por completo de Alba. Elise empezó con la interminable tarea de fregar los cacharros al tiempo que espantaba a las palomas que entraban empapadas a refugiarse del frío sobre la chimenea, Odette se encerró en su cuarto sin despedirse y Pierre despejó la mesa de la cocina cuidadosamente y se instaló para mezclar colores, cubriéndola hasta los bordes con botes de agua y frascos de minerales y hierbas que esperaban para ser molidos. Alba quería quedarse a verlo, pero la chica color cielo la cogió del brazo y con una sonrisa que endulzaba la orden, le pidió que la siguiese.

-Independientemente de lo que vayas a hacer sobre el escenario –dijo con voz experta mientras la guiaba por el pasillo- la presencia de cara al público es lo más importante a la hora de actuar. Tanto da si haces una acrobacia perfecta o cantas sin desafinar una sola nota; si ven que eres como ellos, te menospreciarán. El truco, tal y como me lo dijeron a mí por primera vez, es dejar de ser tú misma.

Empujó una de las puertas y entraron a una sala llena de armarios, cajas y polvo. Había dos o tres espejos de cuerpo entero de los que colgaban abrigos y pañuelos de todo tipo, y una alfombra raída y manchada de excrementos de ratón que en sus mejores tiempos parecía haber sido mullida y que le provocó a Alba una punzada de nostalgia. La chica comenzó a abrir y cerrar armarios y a revolver en cajas, hasta que encontró lo que andaba buscando. Le tendió un estuche de madera con el cierre algo oxidado y una “O” grabada en una esquina. Alba lo abrió y se encontró con frascos y frascos de polvos de todos los colores, algunos incluso brillantes a la luz, un par de pintalabios usados y lápices de khôl.

-Mi caja de maquillaje –anunció satisfecha-. Odette lleva tiempo intentando encontrarla, así que ten cuidado de que no te la robe.

-¿Tú no la utilizas? –preguntó Alba atónita, sin saber cómo responder a este inesperado regalo que, por otra parte, no sabía como utilizar.

-No puedo. Me salen granos –contestó la chica con una sonrisa triste, mirando su antiguo estuche con algo de melancolía.

-Yo creo que estás bien sin maquillar. Odette parece un jarrón de la china –se apresuró a decir, en un intento de animarla. El resultado fue el esperado, la chica color cielo volvió a reírse y la molestia desapareció de las comisuras de su boca.

- En fin, más cosas que tienes que saber. Aquí están todos los vestidos que te harán falta, pero sólo puedes llevarlos en las actuaciones, para el día a día apáñatelas con lo que tengas.

Entonces pareció darse cuenta de lo elegante que era el vestido de Alba, bajo la capa de suciedad y barro que se había formado en aquellos días y de la que se había desentendido por completo.

-¡Por Tiersen! ¿De dónde has salido? –exclamó sin poder contenerse con los ojos muy abiertos. Al ver que Alba no respondía, claramente avergonzada, recompuso su cara y le quitó importancia-. No importa, ya te diré dónde puedes lavarlo. Si le das la vuelta y le quitas las mangas puedes convertirlo en algo menos llamativo. Mientras tanto, te dejo uno de los míos, pero por poco tiempo. Descolgó un vestido y se lo tendió. Era granate, con puntillas blancas bordeando el escote y ceñido, de mala calidad, como de un cabaret venido a menos. Las enaguas estaba apolilladas y las mangas deshilachadas, pero a Alba le gustó enormemente porque le recordó a las protagonistas de sus novelas románticas.

-Gracias –exclamó en un arranque de gratitud, y comenzó a desvestirse. La chica le ayudó delicadamente a quitarse el pesado vestido, admirando su ropa interior de seda, y después le abotonó el suyo propio.

-Ya está. Pareces una princesa a la fuga –anunció sonriente mientras le colocaba el cabello sobre los hombros en una caricia muy femenina. Alba avanzó unos pasos para observarse en uno de los espejos sin reconocerse del todo.

¿Qué había sido de aquella chica que había huido de la mansión con un abrigo de pieles y una maleta? ¿Y de esa niña delgada que se aparecía y desaparecía por los pasillos llenos de bruma? La joven que la miraba ahora desde el cristal con expresión atónita y el pelo naranja revuelto y en ondas desperdigadas hasta la cintura, envuelta en un vestido que dejaba ver a la perfección sus pantorrillas parecía una bailarina del diablo. Ladeó la cabeza sonriendo a su reflejo, que le devolvió una mueca extraña. El reflejo de la chica color cielo también sonrió a sus espaldas, pero cuando Alba se volvió para agradecérselo de nuevo la chica había desaparecido. El ruido de los cacharros al fregarse se confundió de pronto con el sonido del violín, que volvía a inundar el pasillo. Alba se sentó en el suelo mientras observaba por la ventana a las palomas cruzar la nieve en bandadas hacia la del encantador de pájaros. Los vestidos la miraban recelosos desde sus perchas como fantasmas esperando a ser liberados, pero ya estaba acostumbrada a estar sola y le había perdido miedo al miedo.

Los pajaros


-¡Ah, mi pequeña Alba! ¿Qué tal has dormido? ¿Te encuentras mejor? –exclamó Pierre cuando entró a la cocina como una exhalación, presa de un júbilo casi inapropiado para alguien de su edad. Alba escondió la cara detrás del vaso y mintió bastante bien. La verdad era que cada vez sentía que el sueño la curaba menos, y se había dado cuenta de que no podía subir las escaleras sin desfallecer. Y se estaba cansando de que todo el mundo le hiciese la misma pregunta, y de darle a todo el mundo la misma respuesta.

Se hallaban todos reunidos en torno a la gran mesa de la pequeña cocina comiendo una especie de guiso de pollo con verduras que Elise había preparado refunfuñando. Fuera nevaba de nuevo, y aunque habían encendido la estufa el frío se colaba hasta en el alma. Alba devoraba su plato, consciente de que en unos meses, quizá semanas, ya no volvería a sentir hambre. Elise, que era la que menos cantidad tenía, intentaba comer lo más lento posible el contenido del suyo, y la chica color cielo, como la había bautizado Alba en secreto, le daba aburridas vueltas a sus trozos de carne con el tenedor por todo el plato. Odette, que se había sentado en un extremo con ojeras y el pelo revuelto y erizado, intentaba cubrirse lo máximo posible con una bata de franela mientras se comía a mordisquitos una manzana.

-Sólo come manzanas –le susurró la chica color cielo a Alba al oído cuando Odette miraba hacia otro lado.

-Bien, bien, estupendo –dijo Pierre sentándose a la mesa y colocándose la servilleta sobre las rodillas, al tiempo que Elise le servía otro plato. Comenzó a comer con verdadero apetito, y la sala quedó en silencio hasta que miró hacia todos lados y preguntó antes de tragar-. ¿Y Anthon?

-Dice que no come pollo.

-¿Cómo que no? –Pierre dejó los cubiertos y se levantó de golpe dejando la servilleta sobre la mesa.

-Papá, déjalo –intervino la chica color cielo. Alba fingió no sorprenderse, aunque en el fondo se lo esperaba. Los ojos los delataban a los dos-. Ya sabes lo raro que es con los pájaros.

-Sí, Pierre, si no quiere comer que no coma. Más para nosotros.

-Pero hoy es un día especial, tenemos una nueva incorporación. Si no sale para comer, no le vemos en todo el día –gritó el hombre con un brillo colérico en la barba-. ¡Anthon! ¡Anthon! ¡Ven ahora mismo!

-Ya empezamos –musitó Odette.

Pierre se perdió por el pasillo plagado de puertas y no pudieron oír la conversación que mantuvo con el encantador de pájaros. Finalmente el hombre volvió dando grandes pasos, se sentó a la mesa malhumorado y terminaron de comer en silencio. Anthon no apareció en toda la comida.

La chica color cielo


Capítulo 5: La chica color cielo

Despertó presa de un nuevo ataque de asma que la hizo doblarse sobre sí misma y la sacudió sin piedad, presionándole el pecho. Unas manos pequeñas y delicadas la sujetaron con firmeza durante todo el tiempo que duró la tos. Cuando por fin se calmó, pudo ver a través de un velo de lágrimas dos ojos que la observaban con infinita curiosidad, unos ojos azules y brillantes como los de Pierre… pero no eran los de Pierre.

-¿Te encuentras mejor? –dijo la propietaria de aquellos ojos, mientras los fijaba en el subir y bajar del pecho de Alba.

-Gracias –contestó simplemente, analizándola en silencio. Las frases de cortesía obligada dieron paso a unos segundos de observación mutua. Los ojos de Pierre se encontraban ahora engarzados en una cara mucho más agradable, que no guardaba ningún parecido con la del hombre salvo en la expresión perenne de curiosidad. Se trataba de otra chica un poco más mayor que ella, de cara ovalada y dulce, labios finos y pelo oscuro y desmadejado, que bordeaba su cara como una aureola y descendía por la espalda como una cascada. En sí no imponía tanto como Odette, pero era bonita. No iba maquillada, y eso, en vez de rebajarla frente a la otra chica, le provocaba un frescor natural y casi acogedor que el maquillaje habría eliminado por completo. Añadirle una capa de carmín a sus labios sería como ponerle un vestido a alguna de las ninfas de los cuadros, pensó Alba. Innecesario.

-¿Qué haces aquí? –preguntó la chica cuando ya hubo mirado todo lo que podía mirar.

-Dormir.

-En mi habitación –puntualizó ella.

-Creía que era la de los cuadros.

-Los cuadros no necesitan una cama. Yo sí. ¿No te dijo Elise que volvía por la mañana?

-Sí, pero no me dijo que volvías a tu habitación.

-Querrás decir a la de los cuadros –al decir esto no pudo reprimir una sonrisa, y esa fue la prueba definitiva que le demostró a Alba que aquella chica no se parecía en nada a Odette.

-De todas formas puedo dormir abajo –añadió, quitándole importancia-. Me parece que a ti te hace más falta descansar que a mí.

-Oh, es igual, me voy a morir de todos modos.

La joven soltó una carcajada.

-Qué graciosa. Vaya, creo que es la primera vez que mi padre trae a alguien interesante. ¿Cómo te llamas?

-Alba.

-Bonito nombre. Te hace juego –comentó sin dejar de sonreír-. Bueno, si tienes algún ataque más de tos ya subiré a ayudarte, no te preocupes. Pero intenta no tenerlos ahora que me voy a dormir, ¿vale?

Alba hizo ademán de incorporarse, pero la chica volvió a tumbarla empujándole suavemente de los hombros.

-No, no, no, de ninguna manera. Las chicas bonitas y enfermas tienen preferencia. Por la noche ya lo negociaremos, ¿vale?

Le guiñó un ojo y se fue, tan pequeñita como había venido, con el pelo negro ondeando a su espalda. Su sonrisa le dejó a Alba una extraña sensación, como una mezcla de relajación y dulzura que le llenaban el pecho de ganas de ser amable. Por desgracia, en vez de saciarlas, hicieron que se volviese a dormir hasta bien pasada la tarde.

Imaginarme

De nuevo en la cocina repleta de palomas Alba se sintió algo mareada, como si todo lo que hubiese visto fuese un espejismo o su mente le volviese a jugar una mala pasada dejándola cruzar los límites de la imaginación, esos que otorgan el apelativo de locos a quienes se atreven a cruzarlos, y que luego se cierran tras sus espaldas para no dejarles volver al mundo real. Se sentó en una de las sillas y alguien le tendió otra taza caliente.

-Siento que hayas tenido que ver esto –dijo Pierre, sentándose a su lado. Alba se concentró en la taza, en cómo el líquido negro se movía de un lado a otro. El olor la despejaba-. Esos dos nunca se han llevado muy bien. Normalmente conviven sin problema, pero tienen caracteres muy opuestos.

-No pasa nada –contestó Alba sin dejar de mirar en el interior de la taza.

-Estoy seguro de que conseguirás llevarte muy bien con ellos, de todas formas. Odette es casi de tu edad, y Anthon… bueno, es un buen muchacho.

-¿Entonces ya da por hecho que me voy a quedar aquí? –preguntó Alba, entre divertida y algo molesta. El hombre se encogió de hombros.

-¿A dónde quieres ir? Seamos sinceros, cuando te encontré estabas a punto de morir de frío y de soledad. Aquí siempre habrá alguien para tenderte su mano cuando lo necesites, o una taza de café caliente.

-En realidad lo que está queriendo decir es que necesitamos más gente para el espectáculo –intervino Elise, que acababa de aparecer en la puerta con los brazos en jarras.

-El espectáculo es lo de menos, Elise –exclamó Pierre mientras la mujer se ponía manos a la obra a revolver cajones y armarios de espaldas a ellos.

-Vamos, Pierre, llevas encaprichado de esa niña desde que llegó. Tú quieres que actúe, y nosotros queremos comer. Entonces, ¿qué? ¿Vas a quedarte con nosotros o no? –preguntó al tiempo que se detenía en su búsqueda y la taladraba con la mirada. Alba se encogió de hombros.

-¿A dónde puedo ir si no?

-¡Excelente! –exclamó el hombre con una gran sonrisa.- Sabía que te convenceríamos.

-Pero, ¿qué tengo que hacer?

Elise se incorporó sujetando un enorme fajo de sábanas y telas, y la observó de arriba abajo.

-Creo que eso será lo de menos.



Alba caminó a buen paso detrás de la mujer a lo largo del pasillo repleto de puertas, y volvió a subir las escaleras llenas de plumas de paloma hasta la habitación de los cuadros. Elise hablaba sin parar mientras abría la puerta de la habitación de una patada, ya que los brazos los tenía ocupados con las sábanas limpias.

-La primera puerta es la de Anthon, ya la has visto, y la del final es la de Odette. Falta Olivia, que llegará mañana por la mañana, supongo. Nunca sabemos dónde se mete, pero siempre llega por la mañana. Tú por ahora dormirás aquí arriba. Sabes hacer la cama, ¿no?

Alba asintió con la cabeza, aunque no había hecho una cama en su vida. Elise arrojó las sábanas sobre el diván sin muchos miramientos y fue a cerrar la ventana, dejando fuera a un par de gorriones que se asomaban con curiosidad. Luego se volvió a mirar a Alba, que esperaba en el centro de la habitación con los brazos muertos a ambos lados del cuerpo y la cara de uno de los Niños Perdidos.

-Regla número uno: nunca, y escúchame bien, nunca molestes a Anthon. No tenemos dinero para más violines ni paciencia suficiente para soportar sus arranques, al menos yo. Así que mantente alejadita de su puerta, ahora que ya sabes cuál es. Si él te habla, le contestas, pero no te acerques para abrirle conversación por mucho que te atraiga la idea, ¿estamos?

Alba asintió enérgicamente, aunque no sabía por qué tenía que atraerle la idea de hablar con alguien que era capaz de romper su violín contra el suelo a la primera de cambio.

-Regla número dos: confía en nosotros. Eso no quiere decir que nos cuentes tu vida, sino que hagas exactamente lo que te digamos, ni más ni menos. Si nos haces caso podrás comer. No sé qué habrás pensado que es eso del espectáculo, pero no te lo tomes a broma. Para nosotros es nuestra forma de vida, y de él dependerá que sobrevivas o no. ¿Sabes hacer algo en especial?

Alba tomó aire. Se había preparado ya para esa pregunta, y en aquel momento, bajo la mirada taladradora de los ojos claros de Elise, sentía cómo todos sus recuerdos se disipaban bajo las brumas de Venecia. Hizo un enorme esfuerzo por recordar qué hacía en la mansión del ministro, qué era lo que mejor se le daba, qué había hecho siempre…

-Bueno, puedo imaginarme cosas.

Elise soltó una carcajada, mitad sorpresa mitad burla.

-Entonces esperemos que puedas imaginar que sabes hacer algo útil.

Le dio la espalda y se acercó hacia la puerta mientras se atusaba el moño. Justo cuando estaba a punto de abrirla pareció acordarse de algo y se detuvo.

-Ah, se me olvidaba. Regla número tres: no dejes entrar a los pájaros.

Y nada más añadir esto cerró la puerta de la habitación tras de sí. Alba se sintió de repente acechada: cientos de ojos parecían vigilarla desde los cuadros. Dio una vuelta sobre sí misma, recorriendo cada pintura con la mirada. Después, les sacó la lengua. Abrió la ventana y los gorriones entraron y se posaron sobre las escarpias de los cuadros, cantando en voz muy bajita. Alba se tumbó en el diván sobre las sábanas plegadas y se dedicó a escucharlos hasta que le pareció que ella también podía piar como ellos. Después se quedó dormida de nuevo.

Hagamos como que es miércoles, ¿vale?

Capítulo. 4: Regla número uno

En ese momento escucharon cómo se abría la puerta de la calle y una voz comenzaba a hablar sin parar.

-¡Elise, qué alegría verte! No te imaginas la noche que he pasado. Oh, si lo hubieseis visto, el salón era de color dorado, no, naranja, pero las lámparas sí que eran doradas y parecía que irradiaban perfume además de luz. ¡Y la comida! Había cinco criados con una bandeja de pasteles cada uno, con crema, nata, chocolate fundido y helado de frambuesa y queso. Claro que yo no pude probarlos, pero olían absolutamente deliciosos, tanto que se me hizo la boca agua mirándolos mientras bailaba y creyeron que mi cara era una parte más del espectáculo, qué gracioso. Y había cortinas de seda colgando de los candelabros, y los manteles de las mesas estaban completamente impolutos, no había visto un blanco tan blanco en mi vida. Y fruteros de oro con frutas rarísimas, y champagne brillante en copas tan grandes como mi antebrazo. Al final me ofrecieron un trozo de tarta, pero les dije educadamente que no, como es lógico. Les hice gracia y me dieron más dinero de lo esperado. Oh, la gente rica es tan maravillosa. Tendríais que haberlo visto. ¿Y Pierre? ¿Dónde está Pierre? ¡Pierre!

La voz con tacones se acercó alegremente por el pasillo, llamando con urgencia al hombre. Al otro lado de la puerta ya no se oía nada. Pierre y Alba intercambiaron una mirada, pero antes de que ninguno pudiese decir nada, una joven apareció delante de ellos dando un salto artístico y grácil.

-¡Pierre, por fin te encuentro! Escucha, vas a estar orgulloso de mí, vaya que sí. Con lo que he ganado por fin voy a poder comprarme un pintalabios decente –de repente miró por encima del hombro del pintor y se encontró con Alba-. ¿Quién es esa?

-Odette, baja la voz – dijo simplemente Pierre, con tono autoritario.

-¿Por qué, qué pasa? –respondió la chica con un timbre chillón.

Alba se dedicaba a observarla con los ojos abiertos a rabiar y expectantes de un niño al que le acaban de regalar un juguete nuevo y está esperando a averiguar qué es lo que puede hacer para divertirle. La tal Odette no tendría muchos más años que ella, pero no se reconocía en su forma de ser en absoluto. La forma tan inusual que tenía de vestir y su exaltación egocéntrica adolescente la convertían en una criatura la mar de graciosa, extraña, con un olor dulce e inquietante del aura incompleta que caracteriza a los artistas. Tenía el pelo rubio, recogido sin muchos miramientos, probablemente decolorado con algún producto químico que lo había dejado áspero y salvaje. Su cara era blanca como el papel, algo amarillenta por cargas y pecados que no correspondían a su edad, pero intentaba dulcificarla añadiendo buenas dosis de rubor artificial a los pómulos estrechos. Los ojos, pequeños y resplandecientes, verdes a la luz y negros a la sombra, nada digno de mención. Los labios estaban pintados de carmín chillón, pero aun así eran carnosos y estilizados, y le daban el toque final de estética artificial que la caracterizaba. El cuello largo y delgado, la figura escuálida y ágil, el vestido estrafalario, como una especie de delirio oriental de gasas y tules y falsas joyas. Le devolvía la mirada a Alba con la desconfianza de las personas ignorantes que lo saben todo sobre la gente. Era la imagen de una niña que estaba a mitad de la larva y la mariposa; aguantaba las imperfecciones del gusano mientras intentaba salir del incómodo capullo de seda con las alas brotándole ya en la espalda.

-Anthon acaba de tener una crisis –explicó Pierre con voz calmada.

Odette se volvió hacia ellos con los ojos relampagueantes.

-¿Cómo ha sido esta vez? –inquirió.

Justo cuando Pierre estaba a punto de responder, Alba le interrumpió.

-Fui yo –admitió-. Abrí la puerta sin querer.

Odette hizo un mohín y puso los ojos en blanco.

-Pues que lo pague ella, porque yo no voy poner ni una sola moneda por ese imbécil.

Y después de decir esto se fue como una reina despechada hacia otra de las puertas del pasillo, y desapareció en su interior con ruido de tules rozándose.

Pierre suspiró. De repente parecía más viejo que antes.

-Volvamos a la cocina –dijo con voz cansada, agarrando a Alba del hombro-. No te has acabado todo el café.

Más allá del talento.





En ese momento una melodía de violín irrumpió en el ambiente y rompió la concentración de Alba en la conversación de Pierre y su mujer. Dejó la taza de café en la mesa y escuchó con interés, con la boca entreabierta de estupefacción. El sonido parecía provenir de la habitación de al lado. El resto de ruidos quedaron relegados a un segundo plano insignificante mientras su cabeza y su pecho comenzaban a llenarse de la música, la absorbía con fruición. El violín comenzaba lento, como probando comienzos de diferentes melodías, y cada vez acrecentaba más la velocidad y la intensidad de la pieza, hasta el punto en el que Alba sintió como su pecho estaba a punto de explotar, su estómago se encogía y le recorrían escalofríos por todo el cuerpo. El talento del músico era indiscutible, incluso para ella que no había escuchado demasiada música a lo largo de su vida, únicamente los valses que le enseñaban sus profesores y algunas piezas más que el ministro consideraba oportunas. Pero esta no era ninguna que ella conociese ni que pudiese comparar. Era ligera, daba giros imprevistos, tenía el esqueleto de un extraño ser mitológico, como una huída a través de un bosque a medianoche, era como un lamento escondido o como la promesa incumplida de un mundo extraño y maravilloso. Era rara y amarga como el café.

Se levantó de la mesa dejando el desayuno a medio terminar y se dirigió hacia la puerta como poseída, guiada por la música como un perro se deja arrastrar por el olor de un hueso. Los ojos fijos en la nada, podía mecerse al compás del violín como un junco se rinde al aire.

-Espera, espera, ¿a dónde vas? –escuchó a sus espaldas. Lo ignoró. Salió de la cocina al pasillo repleto de puertas y abrió la más cercana. El sonido la envolvió por un instante y sonrió satisfecha. Era como uno de los cuadros surrealistas de la habitación que había a lo alto de la escalera: la luz del amanecer iluminando la silueta del músico que tocaba el violín como poseído por su propia música, rodeado por un cerco de pájaros que cubrían el suelo y los muebles, pero que dejaban un espacio alrededor de sus pies, en señal de respeto. No podía ver con claridad la cara del intérprete, pero no parecía ser muy mayor, apenas tenía una sombra de vello en la barbilla. Sobre su hombro descansaba una paloma, y en la ceja del violín un gorrión movía su cabecita con cada movimiento del arco sobre las cuerdas. Era un espectáculo extraordinario

-El encantador de pájaros –dijo Alba en voz baja, asombrada y maravillada también.

-¡No! –una mano la agarró con brusquedad del hombro y la arrastró hacia atrás. El sonido se detuvo violentamente y lo último Alba pudo ver fue al músico levantando la cabeza para mirarla mientras todos los pájaros se escapaban en bandada por la ventana.

-No debes molestar a Anthon. Nunca –aclaró Pierre con voz más suave, como intentando disculparse por el arrebato que acababa de sufrir. Al otro lado de la puerta ya no se escuchaban más que aleteos alejándose. Alba sintió cómo toda la magia del momento se desvanecía por completo.

-¿Por qué? –preguntó preocupada.

Justo en ese momento se escuchó un ruido sordo que hizo que le diese un vuelco el corazón. El sonido desgarrador de un violín de madera al chocar contra el suelo y partirse.

-Por eso –respondió Pierre.

Hungry eyes.


-Sí, mucho mejor, gracias -contestó con una sonrisa mientras cogía un trozo de pan calcinado.

-Nos diste un buen susto. Me alegro de que ya te encuentres bien.

-Ahora ya te podrás ir a casa -aventuró la mujer mientras lavaba platos que tenían casi tantas grietas como las paredes.

-No seas desagradable, Elise, por favor.

-En realidad no puedo volver a casa -repuso Alba entre sorbo y sorbo de café.

-¿No te echarán de menos tus padres?

-No sé. Mi padre se intentó casar conmigo, pero creo que a quien quiere de verdad es a su botella de whisky.

-¿Entonces has huído de tu casa?

-Más o menos -concedió Alba sin mucha convicción. Al fin y al cabo, ¿qué les importaban a ellos sus verdaderos motivos? Cuando se acabase todo probablemente no se enterarían. No sabía cómo podían reaccionar si les dijese que en realidad todo daba igual porque en menos de medio año ya no podría volver a desayunar. Nunca más. Que un desmayo de vez en cuando era un precio muy bajo por poder vivir un día más. Ni siquiera sabía con seguridad cómo había reaccionado ella. De repente se sintió muy desdichada con aquella taza de café entre las manos, como si hiciese la perspectiva aún más amarga.

-¡Es estupendo! -exclamó el hombre en un arrebato, levantándose de golpe de la mesa y extendiendo los brazos. Sus ojos relucían extasiados como si acabase de descubrir el caldero de monedas de oro al final del arcoíris.

-¿El qué es estupendo? -preguntó Alba pegando un bote.

-Eres un diamante en bruto, la típica chica misteriosa de historia trágica que huye de su casa porque es tan bella que su padre se quiere casar con ella. ¡Parece de libro!

Unos metros más allá Elise resopló con desdén.

-Si nos dejas, podemos hacer de ti la estrella del espectáculo, ¿qué me dices? -apremió el hombre con una gran sonrisa inclinándose sobre Alba, que aún sostenía su taza de café contra el pecho. Sentir los ojos del hombre clavados en ella expectantes y su aliento en la cara era agobiante.

-¿Qué espectáculo?

-Vamos, Pierre, déjala en paz -intervino Elise pegándole con un trapo en la espalda-. Sólo es una cría tonta que se ha escapado de casa, no sé qué interés le ves. Ya tienes tu boceto, déjala marchar. Ni siquiera sabes de dónde ha salido. ¿Y si viene del Moulin Rouge?

-¿El Moulin Rouge?-preguntó Alba, cada vez más confusa.

-Sí, el Moulin Rouge, el Moulin Rouge -se encaró Elise con los brazos en jarras-. No me digas que nunca has oído hablar de él. Tienes un acento rarísimo y últimamente están entrando muchas chicas extranjeras, a mí no me engañas.

-Pero, ¿qué dices, Elise? No puede venir del Moulin Rouge, es la inocencia personificada. Mírale a los ojos -insistió el hombre.

-Ya lo hago. Y dan miedo –sentenció Elise, dándose la vuelta para espantar otro pájaro que revoloteaba atrapado en la chimenea.

Estoy de exámenes y no me apetece pensar en nada.



Así que os voy a spamear un poquito de Alba :)
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Elise guió a Alba por unas escaleras de madera carcomida que parecían las de un palomar hasta un pasillo estrecho y sucio, al que daban todas las puertas de la casa por un lado, y en el otro se alineaban ventanas de marcos de madera que en sus buenos tiempos parecían haber sido verdes. Todos los alféizares estaban repletos de palomas y gorriones que luchaban entre ellos por unas migas de pan. Elise fue de ventana en ventana ahuyentándolos mientras refunfuñaba en voz baja.

-Ya ha vuelto a llenar Anthon los alféizares de migas, el muy… claro, luego la que los tiene que limpiar soy yo, pero eso a todo el mundo le da igual, como algún día me cruce de brazos y tire la escoba a ver quién es el listo que sobrevive en este agujero de animalejos. ¡Fuera, fuera!
Alba esquivó una fila de miguitas que avanzaba pegada a la pared, en una esquina del suelo, bajo los alféizares. Los pájaros a los que Elise ahuyentaba volvían a colarse de nuevo por las ventanas que ya habían dejado atrás y comenzaban a picotear del suelo, como burlándose de ella. Finalmente Elise abrió una puerta de madera algo astillada y les envolvió el aroma a café recién hecho y pan tostado.
-Elise, este café es infecto-exclamó una voz masculina que provenía del fondo de la habitación. La luz del sol cubría como un manto dorado y brillante la habitación entera, que resultó ser una cocina antigua al mismo estilo de locura que reinaba en el resto de la casa. Los utensilios y los platos sucios se amontonaban en algo parecido a un fregadero, los muebles tenían pegotes de pintura y la chimenea estaba apagada en una esquina, olvidada. Pegada a una pared había una mesa tosca y enorme de madera oscura y varios taburetes, flanqueada por un par de ventanas repletas de pájaros.
-Oh, querida niña, ya te has despertado -exclamó de nuevo la misma voz, con un tono completamente distinto al anterior. Se trataba del mismo hombre que la había recogido en la calle, sus ojos azules eran inconfundibles y esta vez brillaban con la promesa de un desayuno-. Acércate, acércate, tendrás hambre. Elise, sírvele una taza de café y un par de tostadas. Lo siento, no puedo ofrecerte nada para untar, pero dicen que el pan solo es más sano.
-También dicen que es sano dormir en el suelo -añadió Elise sin mirarle, mientras servía otra taza de café negrísimo y humeante.
El hombre pareció ignorar ese comentario mientras observaba a Alba sentarse a su lado en la mesa. Elise se acercó enseguida con el desayuno, al tiempo que espantaba a una paloma que se había posado en lo alto de una torre de tazas sucias.
-¿Y bien? ¿Te encuentras mejor? -le preguntó el hombre, después de dejar un espacio de tiempo para que Alba comenzase a beberse su café. Estaba demasiado fuerte y sabía raro, pero no se atrevía a pedir más azúcar. Podía escuchar a la gente de la calle pasar al otro lado de la pared y se sintió aún más extraña tomando café con unos extraños.

on continue


Alba se alejó de la ventana y se dirigió hacia los cuadros que cubrían las paredes. Se dio cuenta de que no creaban una línea horizontal a lo largo de la pared, sino que los habían colgado de forma descuidada, dispersos, formando zigzags y apelotonados, como si hubiesen clavado las escarpias con los ojos vendados. Algunas pinturas representaban escenas cotidianas: una mujer comprando pan y verduras en un puesto al aire libre, un par de abuelos tomándose un vaso de vino en un bar, una joven recogiendo flores en un prado, pero también había retratos ridículos, pesadillas en blanco y negro que provocaban escalofríos, fantasías de personas mitad hombre mitad animal y de seres legendarios en bacanales, hadas, dioses, sátiros. Cuadros que tan pronto sacaban una sonrisa como la hacían enrojecerse de pies a cabeza. Estaba intentando descubrir qué era exactamente lo que estaban haciendo una ondina y un orco cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y apareció la mujer que olía a anís y manzanilla. Elise se quedó paralizada en la puerta con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo como dos enormes butifarras. Era una mujercilla pequeña y robusta, de pelo rubio y erizado que intentaba recoger en un moño. No era bonita ni daba señales de haberlo sido en su juventud. Sus pequeños ojillos oscuros se escondían entre dos prominentes mejillas y tenía unos enormes pechos a juego con su trasero. Sin embargo, en esa carcasa de mujer de clase baja se ocultaba un nosequé que la alejaba de la vulgaridad, un brillo propio de inteligencia que chocaba con su aspecto físico pero que Alba descubrió que estaba allí con una simple mirada rápida.

-Ah, ya te has despertado -dijo la mujer con voz grave y segura. No tartamudeaba ni sonreía tontamente, simplemente se limitaba a desviar la vista de Alba al cuadro y del cuadro a Alba-. ¿Te parece interesante?

-En realidad intentaba adivinar qué estaban haciendo -admitió Alba inocentemente.

La mujer le dirigió una mirada suspicaz, como si no la creyese en absoluto, y luego reviso rápidamente la habitación, comprobando que todo estuviese en su lugar.

-¿Tienes hambre? -preguntó finalmente. Alba asintió. -Sígueme. Y cierra la puerta cuando salgas.

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