"Héroe" no es la palabra adecuada, pero es la primera palabra que viene a la mente.

"Aquella era la clase de orgullo y seguridad en sí mismo que el niño quería tener. Algún día.
Si fuera él el que saliese en aquellas fotos con el mono, las miraría todos los días y pensaría: Si puedo hacer esto, puedo hacer cualquier cosa. No importa a qué más te enfrentes, si puedes sonreír y reírte mientras un mono te mete cacahuetes en un sótano húmedo de cemento con alguien sacando fotos, bueno, cualquier otra situación será pan comido.
Hasta el infierno.
Cada vez más, para el niño estúpido, esa era la idea....
Que si había bastante gente mirándote, nunca más ibas a necesitar la atención de nadie.
Que si un día te desenmascaraban y quedabas lo bastante expuesto, nunca más ibas a poder esconderte. No habría diferencia entre tu vida pública y tu vida privada.
Que si uno adquiría bastantes cosas, si lograba bastantes cosas, ya nunca querría poseer o conseguir nada más.
Que si uno podía comer o dormir lo bastante ya nunca necesitaría más.
Que si te quería bastante gente, nunca más necesitarías amor.
Que alguna vez se podía ser lo bastante listo.
Que algún día se podía conseguir suficiente sexo.
Que la tortura es tortura y la humillación es humillación solamente si uno elige sufrir."

-Asfixia, Chuck Palahniuk.

Dedicado a Lobo.


Yo, por mi parte, ya he vuelto de la Platja y estoy feliz porque esta mañana he descubierto una nueva tienda vintage escondida en Hernán Cortés y he conseguido una falda, una camiseta, un cinturón y unas Green Coast a cuadros en menos de tres horas. Para que luego digan que lo material no da la felicidad. Háh.
Por cierto, feliz vuelta al infierno :)

sun, sea, salt.


En verano los días parecen más cortos (aunque no lo sean) y los meses parecen semanas. Quizá por eso me da la sensación de que no auguanto mucho en Zaragoza, aunque desde que llegué de London Calling hayan pasado ya más de 30 días. Y dentro de poco, volver a empezaaar~
Qué asco.
Por ahora se me llevan 2 semanitas más a la playa, así que me despido hasta septiembre :)
Au revoir!

Y Alba se despide también en italiano con otro fragmentito. Por cierto, en el borrador llevo ya unas 40 páginas. No es que sea mucho, pero por ahora estoy contenta con ellas y eso es algo que no me había pasado nunca, ¡espero que esta vez la termine! Aunque sea sólo una historia experimental y no tenga grandes esperanzas puestas en ella. Por ahora, me conformo con que os aburra a vosotros, aunque esté aún en una fase patatónica ;)

Disfrutad de los días que quedan como si fuesen los últimos. Espera, si son los últimos.


***


-Pero pequeña, si estás temblando -Alba dio un respingo al sentir una mano cálida en su hombro. Era un hombre ya mayor, con toda la apariencia de un viudo, a quien las canas ya comenzaban a jugarle malas pasadas en la barba, dejándosela con un increíble parecido al pelaje de una cebra, salvaje y erizada. Los ojillos azules, brillantes bajo el sombrero, inspiraban confianza.

-Gracias, pero no tengo frío-volvió a contestar ella, acostumbrada al ritual de observación habitual: boca-ojos-pestañas-pelo-boca. Sin embargo aquel hombre no la estaba mirando como su ministro la miraba, ni como los hombres de la calle la habían mirado al invitarla, ni como las mujeres que apartaban la vista con un mohín. La observaba con una mirada parecida a la de un hombre que acaba de abrir un libro y se entretiene en la primera página. Alba no solía sentirse incómoda por el simple hecho de que era capaz de reconocer perfectamente el ciclo de miradas que la rodeaban. No tenía ningún misterio para ella, era un simple cálculo matemático de probabilidades que difería según la situación y el aspecto que ella llevase en cada momento. Pero aquí había una excepción de la regla. Alba no podía clasificar en ninguna de las miradas ya conocidas ése desmigajamiento que, por otra parte, no parecía ocultar ningún sentimiento ni ninguna emoción como las que le solían “dedicar” inintencionadamente. Allí no había deseo, ni fantasías, ni fascinación, ni envidia, ni compasión, simplemente una mirada como un relámpago, unos ojos que simplemente… la miraban.

-Supongo que no tendría que preguntarle esto y probablemente me arrepienta en un futuro próximo, pero ¿no es de aquí, verdad? -el hombre bajó la mano una vez asimilada toda la información que sus retinas eran capaces de retener y elaboró la pregunta en el aire con la misma cara de un paracaidista que pregunta antes de saltar que a cuántos metros está el suelo exactamente.

-No, no soy de aquí.

-Eso me imaginaba. ¿Se ofendería si le preguntase de dónde es?

-Marte.

-Ya decía yo.

-Era broma, soy de Groenlandia.

-Oh, entonces seguro que este es un clima primaveral para usted. Me debo de haber equivocado al suponer que temblaba de frío, discúlpeme.

-En realidad soy veneciana. Y he perdido el abrigo, pero no tiemblo por eso.

-¿Entonces?

-Tiemblo porque soy libre.

-¿Antes no le estaba permitido temblar?

Alba elaboró una sonrisa. El hombre la correspondió, y en un golpe de aire se le levantó del suelo el bajo del abrigo. Alba pudo observar que estaba desgarrado y manchado de barro y otras porquerías, no como el resto de trajes que se podían ver por la avenida. Pensó que al ministro le daría un infarto si lo viese.

-De nuevo le pido perdón por la pregunta, ¿debo suponer que no está buscando a nadie entre la multitud?

-No. ¿A qué viene tanto arrepentimiento tan seguido?

El hombre volvió a sonreír y dejó entrever unos dientes manchados y castigados por el licor, sin embargo sus ojos relampagueaban, completamente límpidos.

-A que ahora mismo debería estar ya en casa cuidando de mi familia, y no haciendo preguntas estúpidas a una señorita por la calle. Aunque debo reconocer que me ha cautivado, es usted un espécimen marciano muy interesante, aunque lo oculte con esa historia fantasiosa de que es italiana.

-Tiene usted razón, mejor me vuelvo a mi planeta y le dejo continuar su vida en paz.

Alba dio un par de pasos alejándose de él con la mente puesta ya en otro sitio, cuando un automóvil pasó ruidosamente a menos de medio metro de ella, salpicándola entera de barro y agua, y haciendo que pegase un brinco hacia atrás que la desequilibró y la hizo caer al suelo como una cría torpe. El hombre corrió a ayudarla, y entre ambos consiguieron levantarla, pese al violento ataque de tos que Alba sufrió en ese mismo momento y que la sacudió sin piedad.

-Pero niña, ¿qué te pasa?-preguntó el señor mientras la sujetaba de los hombros, claramente abrumado. Alba no podía responder, se ahogaba en el círculo de siempre en el que su cuerpo le pedía algo que ella no podía darle, ya no, y se lo reprochaba dejándole sin respirar a fuerza de convulsiones y de picores secos y ásperos en la garganta. Sentía su vestido completamente empapado y su pelo chorreando barro, el corazón le latía fuerte, disparando adrenalina tras la impresión de haber estado a centímetros de ser atropellada, y de repente ya no se sintió tan libre ni tan omnipotente en aquella inmensa ciudad. Se sintió sola. Terriblemente sola y abandonada. El mundo Real se impuso brutalmente sobre el Imaginado, como un nubarrón gris que tapa el sol, y se sintió caer a velocidad supersónica en la desilusión, que encharcaba por completo el éxtasis que la había invadido momentos antes. Agradeció las manos del hombre rodeando sus hombros y su voz preocupada en mitad de aquel desierto lleno de gente de carcasa vacía. Supo de repente que nadie habría gritado, nadie se habría llevado la mano a la boca por la muerte de una chiquilla bajo las ruedas de un coche. En realidad a nadie le habría importado en absoluto.





No se lo digas a nadie, pero en el fondo me gustan los días nublados.


La luz se filtra casi oscura a través de la cortina y se refleja en las sábanas, blancas y almidonadas (qué bien suena), recién puestas. En los días nublados mi cuarto se convierte a estas horas en un refugio para mí sola con olor a cama, pelo recién lavado y a ordenador, a veces a té y frutas, rodeada de mis pósters, que me defienden de las paredes blancas. Ayer limpié la mesa (¡milagro!) y ahora mismo delante de mí sólo hay un libro, la gameboy (rescatada para los tediosos momentos en los que el ordenador no responde) y mi cuaderno y la pluma, que se me insinúan descaradamente. La ausencia de sol convierte las horas en irreales. Y me encanta. La sensación de saber que debería estar justo aquí en este mismo instante, y saborear la espera para poner a hervir el agua y que comience a llover.

París de noche.


París no resultaba tan agradable en pleno invierno sin abrigo ni esperanza de cobijo. Era bello, sí, pero bello como una mantis religiosa que devora al macho después de haber obtenido lo que quiere de él, bello como una pantera agazapada a punto de saltar sobre su presa, bello y cortante como la luz de sus lámparas de gas. El humo, el humo y el vapor y los pensamientos se mezclaban con el aguanieve y ascendían para volver a caer de nuevo sobre las cabezas de los viandantes y los cristales de los edificios. Alba relucía. Aquel lugar era la vida plena, toda esa gente ajetreada que no hacía preguntas, ni tosía, ni se preocupaba por los demás. Allí no había carnavales ni continuas odas diarias a la vida, simplemente porque la gente no se detenía a pensar sobre la vida, sino a vivirla. Como ella, sólo eran enfermos intentando apurar lo máximo posible sus respiraciones hasta el fin definitivo. Los hombres lucían sus sombreros de copa y sus trajes como farolas almidonadas, y las mujeres… tenían esa manera de hablar tan característica de mover sólo el labio superior, como si estuviesen saboreando un helado a la vez que conversaban, y más de una tenía un pequeño bultito en el labio superior que parecía acortar su distancia con el labio inferior y lo realzaba así, haciendo que Alba se sintiese de una raza distinta a aquellas mujeres que se pavoneaban por las calles como pajarillos en una fuente.

Tropezó varias veces por las esquinas; si no se comió cinco no se comió ninguna. Caminaba con los ojos fuera de sus órbitas, aterrada y exultante a la vez, con ganas de abrir los brazos y elevarse por encima de la multitud. ¿Cómo podía dejar a semejante ciudad continuar moviéndose sola?
-¡Eh! Mira por dónde vas -exclamó un sombrero al chocar contra su hombro. Alba pidió disculpas como pudo, mientras pensaba que el francés no debería permitirse gritarlo. Es como un niño pequeño tratando de insultar.
Con el golpe, algunas personas se volvieron divertidas para ver si la escena merecía la pena, y más de una se quedó con la boca abierta al ver a aquella pelirrojiza que caminaba como sumida en un trance. Se escuchó algún que otro silbido de admiración.
-¿Te has perdido, preciosa? Yo te ayudaré a encontrarte.
-¿Tienes frío? ¡No me importaría ser tu abrigo!
-Ven con nosotros, te invitaremos a una buena copa de algo dulce y calentito.
-No, de verdad, estoy bien-respondía Alba con sinceridad y una sonrisa, bajando la mirada. Conocía las hormonas y su poder dominante y destructor de voluntades, pero se negaba a rendirse a ellas. Y en una calle grande, iluminada y llena de gente se sentía más segura que en los brumosos callejones de su infancia, que ahora parecían sacados de una adaptación mala del inframundo en la ópera de Orfeo y Eurídice.

Las inmortales.

Y mientras se calzaba y admiraba una vez más la enorme herida que tenía su zapatilla a la altura del talón,

decidió repentinamente que pensaba recorrer mil veces más el parque en sus Converse, y pisotearse mil veces más el corazón.

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