Otro pedacito más.



1. Alba


Alba creció como cualquier niña de su edad a cargo de alguien que no tiene la menor idea sobre críos: sola. Se paseaba por los enormes pasillos de la mansión veneciana del ministro canturreando cancioncillas que se inventaba, desde los balcones daba de comer a patos imaginarios, saltaba a la pata coja las baldosas ajedrezadas del patio, olisqueaba el interior de las botellas de whisky e intentaba adivinar de qué sería aquella quemadura que había en la alfombra persa. Y preguntaba. Preguntaba mucho.
El ministro nunca olvidaría aquél día en el que la niña cumplió siete años y él, haciendo un extraordinario hueco en su apretada agenda, la llevó a la noria, pese a que era diciembre y él ya no estaba para esos trotes. La humedad de Venecia lo mataba, o al menos eso decía siempre a todo el que quería oírle. Pese a todo –añadía- la ciudad era como una amante caprichosa, no podía abandonarla aunque quisiera porque ya estaba enamorado hasta la médula. Después de decir esto siempre soltaba una risita y se retorcía el bigote. Aquella tarde Alba lo esperaba junto a la puerta de la casa, ya vestida y callada. Si estaba impaciente, no lo demostraba. El ministro se acercó con una enorme sonrisa que se le antojó falsa, sin saber cómo encararse a aquella criatura seria de enormes ojos que le esperaba silenciosa, analizando sus movimientos.
-¿Estás preparada?-exclamó con alegría, intentado distraer a Alba de aquel aniversario agridulce que coincidía con la muerte de su madre. La niña asintió sin decir una palabra, y él lo interpretó como tristeza. Como le había asegurado a la partera, siempre trató de decirle a la niña la verdad, así que desde que Alba había tenido uso de razón él le había repetido insaciablemente que no era familiar suyo, que su madre había muerto en el mismo momento en el que ella comenzó a vivir, y que su verdadero padre era un gran magnate que en algún momento la reclamaría a su lado –o eso esperaba él-. Sin embargo, Alba nunca pareció interesarse demasiado por su “otra vida”, como ella la llamaba, y prefirió aceptar al ministro como padre y madre a la vez en el cuerpo de un torpe señor mayor, y a la mansión de corrientes heladas como su casa, pese a que nunca pareció asentarse con demasiada comodidad. Era como un gato callejero. Algún día, se dijo el ministro mientras miraba a la niña comerse un enorme algodón de azúcar sin una sola exclamación de alegría, la calle la llamará, y yo no podré hacer nada para detenerla. Esta niña no es normal.
No adivinó hasta qué punto estaba en lo cierto.



Cuando Alba cumplió quince inviernos, se había convertido en una joven silenciosa como un felino, algo huraña y solitaria, y según los maestros que el ministro había intentado endilgarle sin éxito alguno, extremadamente inteligente, aunque con un serio déficit de atención y una indiferencia hacia todo lo terrenal que hacía prácticamente imposible que la chica aprendiese más que lo que ella se proponía. Sin embargo y contra toda predicción, era una belleza. Las brumas de Venecia y las corrientes de aire de su mansión le habían dado una piel extremadamente blanca y de apariencia fantasmagórica, que contrastaba con una exuberante melena naranja que no tenía permitido soltarse. Al igual que su madre, tenía una figura de bailarina y una forma de andar muy característica, como si flotase. Y luego estaban sus ojos… ribeteados de pestañas tan rojas y extravagantes como su pelo, parecían clavarse como cuchillas en el interior del pecho. El ministro comenzó a evitarla disimuladamente por los pasillos, avergonzado de sus propios pensamientos. Le obligó a cumplir un puñado de reglas sin sentido, como llevar siempre recogido el pelo, la falda por los tobillos y al menos dos camisas, una encima de otra, a no comer fruta con las manos y no danzar sobre la alfombra persa. Cuando Alba le miraba inocentemente con sus enormes ojos de gato, él tartamudeaba montones de excusas que tenían que ver con su decencia como señorita, pese a que secretamente rogaba por que la joven no le leyese la mente con los ojos, ya que comenzaba a no soportar verla llevándose una copa a los labios.

"Chemical criu dancin jijó"



Editado. Ahora se ve muchíiiiisimo mejor, ni punto de comparación ^^ por desgracia los fallos también. ¿Podéis reconocerme ahora? agachada, bajita, derecha, pelo largo... en fin, por encima de todo disfrutadlo, para bien o para mal, me da lo mismo :)

Alba

Bueno, esta es una historia que comencé a escribir sin ningún fin aparente hace un tiempo. Ahora que por fin soy LIBRE espero poder continuarla y adecentarla un poco, que buena falta le hace. De todas formas, si la avanzo colgaré de vez en cuando fragmentos por aquí, y por supuesto son completamente bienvenidas las críticas. Todo tipo de ellas :)

Bueno, comencemos por el principio, ¿no?




Prólogo: Nora



En una noche tan oscura, no se puede esperar que ocurran grandes cosas, pensó Nora mientras observaba el brillo de las farolas sobre el canal. Aquel pensamiento acudió a su mente como un intruso, sin haberlo llamado, y permaneció sin querer irse durante unos minutos más, en los cuales la mujer lo rumió y le dio vueltas en su mente, sin poder llegar a comprenderlo del todo. La góndola avanzaba silenciosa por el agua helada, tropezando con algunos resquicios de hielo propios de diciembre. Era tan necesario que el canal fuese circulable que la superficie helada se había roto cientos de veces a lo largo de los días, sin permitir que se congelase del todo. Pese a eso, Nora se cubrió el vientre hinchado con las manos en un ademán protector, temiendo inconscientemente que la criatura que reposaba ahí dentro tuviese algún contacto con el frío helador que reinaba fuera, con la noche que los rodeaba y que confundía los deseos de los hombres. Se acarició la tripa y cantó una nana a media voz, más para ella que para el bebé, acompañada por el sonido lúgubre de las aguas al moverse y de los lentos movimientos del gondolero.

La mujer se arrebujó un poco más en su abrigo de lana, observando hipnotizada la calle avanzar detrás del vaho que provocaba su respiración. Por un momento, se acordó de nuevo de las veladas en el teatro, servidas con bombones del más exquisito chocolate belga y regadas con champán y sorbete de rosas. Recordó sin emoción sus joyas, los pendientes de diamante, los collares de perlas, los broches de topacio. De nuevo rememoró con horror los abrigos de las mujeres, iluminados a la luz de las velas como en una pesadilla. Quiso gritarles más de una vez: “¡esas pieles no son vuestras!”, pero se contenía, pese a que no podía acercarse a una de esas monstruosidades y pugnaba por contener las arcadas cuando una señora engalonada con un animal muerto rodeándole el cuello se acercaba a saludarla.

Volvió la cabeza al ver doblar la esquina de la calle a dos hombres con los paraguas cerrados y largos abrigos negros, aunque sabía que era casi imposible que la reconociesen, a bordo de aquella especie de barca fantasma y con una ropa tan vulgar.

-No te preocupes, cariño. Pronto llegaremos, y podrás saludarme en persona-le susurró con una sonrisa a su vientre, tras lo cual recibió como respuesta una dulce patada que le hizo cerrar los ojos de dolor.

-Por favor, dese prisa-le pidió al gondolero, escondiendo la cara por si cabía alguna posibilidad de que la reconociese-. No sé si aguantaré mucho más.

Pero el hombre únicamente refunfuñó y murmuró algo relacionado con las mujeres embarazadas y los transportes públicos.


Cuando el ministro abrió la puerta de su casa a las tantas de la noche, se encontró con una mujer casi desfallecida, agarrada al marco de la puerta, con los ojos empañados en lágrimas y las enaguas empapadas, a la que a duras penas reconoció como Nora d’Angelli. Con prisa, mandó depositar a la mujer en la cama de invitados y llamó a una partera para que ayudase en lo que él no podía participar. Se limitó a dar vueltas de un lado a otro de la habitación como un padre histérico, mientras escuchaba los gritos de las mujeres al otro lado de la puerta. El pobre hombre ya no estaba para esos nervios, y tuvo que tomarse unas cuantas pastillas con un poco de licor para mitigarlos, mientras en su mente barajaba todas las posibilidades de la inesperada visita de Nora. Al poco rato, cuando el parto aún no había terminado, sentado en su sofá orejero con un vaso lleno en la mano, llegó a la conclusión de que por las prisas y la ropa de la mujer estaba claro que se encontraba huyendo. Pero, ¿por qué? ¿Qué hacía Nora d’Angelli, esposa del famoso magnate d’Angelli huyendo a las tantas de la noche para dar a luz en su casa? ¿Dónde estaba su marido? El ministro se estaba poniendo tan nervioso que se permitió encenderse un puro después del alcohol, para tranquilizarse. Finalmente, la puerta se abrió y la partera salió limpiándose la sangre de las manos en el delantal, con grandes ojeras y cara de sueño.

-Bueno, ya está. La niña está perfectamente, pero la mujer ha muerto durante el parto. ¿Quiere que avise al sepulturero?

Al ministro se le cayó el puro al suelo e hizo una pequeña quemadura en su alfombra persa. Sin embargo, recobró la compostura y despidió a todas las mujeres, tras lo cual se atrevió a entrar en la habitación para despedir a la última. Le colocaron a la criatura en los brazos nada más entrar. Era un bebé pequeño, inusitadamente pequeño y silencioso, que miraba a su alrededor con los ojos muy abiertos, sin emitir ni un solo sonido. Parecía muy poquita cosa. ¿Cómo puede haber muerto Nora d’Angelli a cambio de este ser?, pensó, sin alarde de crueldad, porque los pensamientos no se eligen, y al igual que a Nora le había desconcertado aquella frase formada en su mente, el ministro le pidió perdón silenciosamente al bebé por aquella grosería, pese a que seguía preguntándoselo. Sin embargo, Nora reposaba en la cama con una sonrisa y las manos a ambos lados del cuerpo, abiertas, como si aún esperase a que le diesen a su hija. En sus ojos, congelado, se hallaba el último brillo de emoción, que le daba un aire escalofriante. El ministro se apresuró a dejar la habitación, temiendo que la mujer se despertarse de repente y le exigiese a su hija.

La partera lo miró de arriba abajo antes de irse. El hombre acariciaba a la niña con cuidado y miedo, como observando una estatua o una obra de arte. Le decía palabras sin sentido y con nerviosismo, que la niña no podía entender, aunque sus grandes ojos grises dijesen lo contrario. Tiene los ojos de su madre, algo es algo, pensó la partera, y una inusitada oleada de cariño y ternura la sacudió durante unos instantes, en los que se permitió mirar a la criatura con algo parecido a la compasión.

-¿Piensa decirle la verdad?-le preguntó al hombre. El ministro levantó la vista y luego la volvió a posar en el bebé.

-Sí. No voy a mentirle-decidió, sin saber que a Alba ya le habían mentido por primera vez antes de nacer, ya que nunca llegó a saludar a su madre en persona.

37.4ºC 37.7ºC 38.3ºC...



Me brilla la cara. Soy un anfibio con espuma entre los dedos.

No he comido. Nadie come. Cada vez que me muevo, mi cuerpo se eleva varios centímetros del suelo.

Cuento las horas que he dormido señalándolas con el dedo en el reloj, mientras Saria las dice por detrás en voz alta.

Estoy derritiendo el aire a mi alrededor. ¿Por qué las hojas de las flores se agitan y mi pelo no?
Ah, creo que es porque alguien lo ha pegado a la almohada con pegamento.

Érase una vez una chica que resbaló por una cuesta de arena virgen
y resbaló...
y resbaló...

Esto no es mi cuerpo. Quiero que me devuelvan el que era capaz de andar.

Soy alguien con alas sin alas.

Soy un anfibio con espuma entre los dedos. Que alguien me meta en una piscina fría de noche salada, por favor.

Y la luz que se vaya.


Hoy, con un poco de suerte, he hecho el último examen de matemáticas de mi vida. Y lo que es más, a no ser que me surja alguno de la nada (que conociéndome, puede caer), he terminado, qué digo, he aniquilado los exámenes de 4º. Ahora mismo tendría que estar balanceándome en la hamaca de mi paraíso personal con una pierna fuera, pero lo cierto es que acabo de volver de clase de baile y el cuerpo me está gritando cosas que no pienso reproducir aquí porque Paula y yo hemos llegado a la conclusión esta tarde de que las palabrotas no les sientan bien a las chicas bajitas. En pocas palabras, el cerebro me rebota contra el cráneo al andar, tengo las lentillas secas y agujetas por todas partes, me entra limonada por la nariz cuando respiro y siento como si me hubiese tragado un gorrión y me estuviese picoteando la garganta desde dentro. Lógicamente con eso no se puede hacer mucho, así que me he contentado con abrir la boca y asentir cuando me han dicho que tengo un ganglio inflamado. Bueh, pues vale.
Son las fiestas del barrio. Como soy forastera la verdad es que no las conozco demasiado, y de todas formas nunca he sido muy fiefhtera, así que me la sudan soberanamente. Digooo, que no me importan, (¡que no puedo decir palabrotas!). Lo sé porque la pobre Saria está todo el día detrás de mis piernas o debajo de alguna mesa por los petardos. Qué animal, tan chulita para algunas cosas y tan cobardica para el resto.

El verano ya está aquí. Se acerca el sol perenne, el olor a mascarilla y a aloe vera y el pasar todos los días por delante del mismo escaparate pensando "eso es para mí". Cada vez está más cerca eso de quitarse la camiseta por encima de la cabeza, sacudirse el pelo, comprobar que el bikini está bien puesto, comprobar que nadie ha visto cómo compruebas que el bikini está bien puesto, hacer un amago de ir corriendo hacia el borde de la piscina, detenerte otra vez para subirte la tela de la cintura o bajarte la de las ingles para luego tirarte de cabeza y notar como, finalmente, inevitablemente, se te descoloca por completo la parte de arriba del bikini y casualmente tenía que haber un crío con unas gafas de bucear en ese mismo instante al que despojas de su inocencia, si es que no se te habían adelantado ya. Encantos veraniegos del día a día.

Bah, pero tengo ganas de que llegue.
Además, si no hay ningún contratiempo, huiré lejos
muy lejos.


La foto no es mía, obviamente. Es de una tal monislawa, aquí os dejo el link a su cuenta en deviantart: http://monislawa.deviantart.com/gallery/#_featured
Recomiendo ojear sus fotos, son genialosas, como comerse un bol de fresas con nata casera.

De Cristal


La canción no va exactamente del mismo tema pero bueno, me gustó y me apetecía ponerla.
Poperos abstenerse.


-Quiero decir… ¿no te cansas de seguir siendo simplemente tú? ¿De saber que no puedes cambiar, que te levantarás por la mañana y aún quedará un día, y luego otro, y después toda una vida envuelto en la misma piel, con el corazón haciendo exactamente el mismo ruido que cuando naciste? ¡Pum púm, pum púm!

Comenzó a gritar mientras daba vueltas sobre sí misma en medio de la calle, romántica, exhausta y con una extraña alegría alocada que en el fondo ocultaba un cinismo agrio como la leche pasada. Llovía a cántaros y el vestido se le pegaba a la piel como papel de calcar. El pelo rubio teñido chorreaba por la espalda y hasta tenía gotas lluvia colgando de las pestañas, como atrapadas en una tela de araña. Los labios mojados esbozaban una sonrisa amarga.

Él, sin embargo, la había perseguido al verla salir corriendo del local, paraguas en mano. Y ahora la miraba danzar bajo la tormenta, esperando no sabía qué milagro.

-Edmeé, deja de hacer el tonto- pidió la silueta refugiada bajo el paraguas. Ella se volvió en mitad de un giro con los brazos abiertos, sin dejar de sonreír.

-¿De verdad crees que soy tonta, Paul?- la dulzura con la que lo dijo era capaz de resquebrajar un cristal.

-No, yo… ven aquí, anda. Estás empapada- acompañó sus palabras con un gesto de la mano que no sirvió de nada. Los separaban unos pocos metros, apenas dos zancadas a lo largo de la acera, pero dos zancadas insalvables. Edmeé observó a Paul esperarla bajo la lluvia, con los caros zapatos de dandy mojados y la bufanda de marca enrollada bajo la chaqueta negra, que intentaba defender de la lluvia en vano. El azul salpicado de gotas del paraguas se le antojó una medianoche estrellada.

-Te diré lo que vamos a hacer. Vamos a jugar a un juego, Paul. El juego de las cosas tontas.

-Edmeé…

-Yo empiezo: es tonto encender la luz cuando sales de una habitación, es tonto equivocarte de número al mandar un mensaje, es tonto perderte en un centro comercial, es tonto mirar debajo de la cama por la noche cuando tienes miedo, es tonto reírse de un chiste que no tiene gracia y es tonto gritar y dar vueltas en mitad de la lluvia. Pero, ¿sabes algo realmente tonto? Estar enamorado de una chica, perseguirla bajo la lluvia cuando la ves llorar y no decírselo nunca. Buenas noches, Paul.

Le dio la espalda con una sonrisa y se alejó por la calle mientras un relámpago le iluminaba el vestido plateado y partía la escena en dos. No vio cómo él cerraba el paraguas, se daba la vuelta y caminaba en dirección contraria, rindiéndose a la tormenta, que destrozó sin piedad su peinado engominado.

Al llegar a casa se dirigió directamente al baño a desmaquillarse mientras tarareaba en voz baja “Porcelain” de los Red Hot Chili Peppers por el pasillo, ignorando la hora y a sus padres dormidos en la habitación de al lado. Por el camino se quitó el vestido por encima de la cabeza y lo arrojó a una esquina junto a todos los collares, las medias, las botas y los pendientes. Se hizo un moño y se observó en el espejo, crítica. La cara pálida, algo demacrada y con unas marcadas ojeras que el maquillaje, entre la lluvia y las lágrimas, no había conseguido disimular, pero tersa y brillante, algo más fina en los pómulos, donde comenzaba a notarse un surco, aún fino, sinónimo de delgadez. Tenía un grano, apenas un punto rojo, en el lado izquierdo de la nariz. Una victoria hormonal, una señal de adolescencia, de nervios, de dulces, puede que de alcohol. Pero a ella le gustaba, le hacía recordar que su piel y alguna parte en el interior de su cuerpo seguían vivas. Se miró de arriba a abajo en ropa interior, ladeando la cabeza y dándose media vuelta para observarse de perfil. No tendría que haberse tomado ese par de galletas de chocolate, hacían un total de ciento cincuenta y pico calorías, aproximadamente el siete por ciento de la cantidad diaria recomendada para un adulto, el doble de lo que ella debía tomar a lo largo del día. Sin embargo todo iba bien, pensó mientras se acariciaba las costillas con el mismo orgullo con el que un general repasa sus medallas. Pronto entraría en una talla treinta y dos, su gran victoria personal, y las punzadas ya no la hacían sujetarse la tripa de dolor, ni se le doblaban las rodillas al despertarse por la mañana, ni se le nublaba la vista al entrar a la cocina cuando su madre hacía la comida. Ya casi no se ponía de mal humor cuando tenía hambre, ni se devoraba las uñas mientras miraba almorzar a sus amigos. Casi.

Esa misma noche soñó que pedía una pizza, algo que no había hecho desde hacía tiempo. Pero la pizza se volvía ceniza entre sus dientes, y Paul se reía frente a ella a mandíbula batiente de sus intentos desesperados por tragar. Luego ella misma comenzaba a fundirse, comenzando por las rodillas, que se volvían de mantequilla y no podían soportar su propio peso, haciendo que el cuerpo se bambolease hacia atrás y hacia delante de una manera ridícula. Paul continuaba riéndose, mientras decía con una especie de eco “Vamos a jugar al juego de las cosas tontas, Edmée, intenta ponerte de pie…” Pero ella era incapaz y acababa convertida en un charco de mozzarella fundida en el suelo.

Al despertarse tuvo que ir corriendo al baño a devolver.

Después, mientras se miraba en el espejo al lavarse las manos descubrió que tenía ceniza de cigarrillo entre el pelo. Cogió un poco y la deshizo entre el índice y el pulgar, con la mirada perdida. Entonces le vino a la mente la imagen del cantante del último concierto, una sombra oscura recortada contra la luz roja, un montón de manos alzadas y gritos acompañando al ambiente infernal del local. Eran jóvenes y estaban vivos, y querían vivir por encima de todo. Para ellos no existía el mañana, únicamente aquel grito eterno de ansia de libertad y de entusiasmo, de desafío por ver quién tenía más sangre en las venas, quién podía cantar más alto, quién podía aguantar más de pie sin caer rendido. Eso es la juventud, un ansia continua de demostrar que estás vivo.

Comenzaba a amanecer. El sol hizo su entrada tímidamente por la ventana de su habitación, acentuando el color tostado de las paredes. En un undécimo el sol sale más tarde y se va antes, pero sus apariciones son más triunfales. Edmée vivía en su “palacio de cristal” en el centro de París, un edificio moderno con tan poco encanto como sus padres, los arquitectos que lo idearon para que fuese un inmenso espejo de la ciudad del amor. Para los amigos, Edmée era entonces “la chica de cristal”, un mote que en principio podía parecer bonito e incluso poético, pero que aludía con algo de burla al problema que todos sabían que tenía y que nadie se atrevía a nombrar en voz alta, como si por decirlo se fuese a volver real del todo. La chica de cristal no comía, la chica de cristal tenía los huesos delgados y frágiles como un pájaro, la chica de cristal encerrada en su palacio de cristal ahogaba sus penas en un vaso de cristal.

Edmée conocía su mote y lo dejaba correr, al fin y al cabo, peores insultos había. Como el que le habían lanzado como un dardo envenenado en aquel local la noche anterior. No comprendía cómo podía haberle afectado tanto, pero por un momento el ambiente la había agobiado, y no había sentido odio hacia el agresor, sino hacia ella misma. Sus brazos, su cara, su estúpido y caro vestido, su pelo, todo le parecía de repente incorrecto y ajeno a ella, y lo único que se le había ocurrido hacer había sido salir corriendo, como si fuese la solución más madura a todo. Salir corriendo a las tantas de la noche por las calles de París, y el único que había salido tras ella había sido Paul. Paul. Volvió a recordarle, mirándola bajo la lluvia como un gato abandonado, como si él tuviese el problema y necesitase ser ayudado. Como si fuese él el que dependiese de ella. Realmente gracioso.

Pero ya era de día, y la ciudad la llamaba. No había dormido casi, pero no era la primera vez, y sabía que podía con ello. Asomó la cabeza por la ventana y aspiró el aroma del amanecer palpitante. Se lavó, vistió y perfumó, y al encaminarse hacia el baño para maquillarse las ojeras se topó con su madre, también recién levantada, que llevaba un plato en la mano.

-Buenos días, cariño. Uy, qué cara de cansancio tienes. ¿Quieres una tostada?

Y le plantó el plato humeante delante de la cara. Edmée sufrió un ataque repentino de repulsión, esa repulsión que aparece cuando el cuerpo se rinde ante el hambre. Pensó en todas las veces que había escondido la carne en la servilleta, que había mezclado la comida con maestría para que pareciese que faltaba algún trozo, en todas las veces que sus padres se habían acabado satisfechos el plato y ella lo había tirado satisfecha a la basura. Pensó en todas las veces que había engañado a su madre. Y, sin embargo, se dobló ante las tostadas cubiertas de fragante mantequilla derretida como si le hubiesen dado un puñetazo en la tripa. Su cerebro trató de luchar contra aquella reacción, pero el cuerpo manda. Lo último que escuchó fueron los gritos incrédulos de su madre mientras un velo de puntitos amarillos relampagueantes le cubría las pupilas y sus rodillas cedían finalmente, arrojándola a una caída indolora semejante a un precipicio sin fin.

Cuando entreabrió los ojos se encontró con Paul sentado a su lado, mordiéndose el labio inferior. Fingió seguir dormida mientras intentaba recobrar el control de su respiración y adivinar dónde se encontraba. A juzgar por el olor y por los colores relajantes y sosos, en la cama de un hospital. Sintió una especie de cascada heladora que le caía desde la cabeza a los pies. ¿Y sus padres? ¿Qué pensarían? ¿Habrían adivinado el porqué de su desmayo? ¿La castigarían? ¿Le obligarían a comer? No pudo contener un suspiro de agobio y sus labios hablaron sin querer.

-Paul…

-Edmée, por fin te despiertas- la cara de cansancio del chico dio paso a un éxtasis absoluto. Edmée se desperezó, y al hacerlo sintió cómo su cabeza daba vueltas como una batidora descontrolada.

-¿Y mis padres?

-Ahora mismo están hablando con el psicólogo del hospital. Al parecer han quedado un poco en shock.

Edmée desvió la vista hacia la ventana.

-Me pregunto cómo lo has hecho para ocultárselo tanto tiempo, viviendo en la misma casa. Es algo…- no encontró las palabras.

-No vivíamos en el mismo lugar. O al menos a veces daba esa sensación- contestó ella simplemente. Paul desvió los ojos sin saber qué contestar y algo crujió entre sus manos.

-¿Qué llevas ahí?

-Galletas de chocolate- dijo él, acercándole el envoltorio.- Y tu madre dice que le debes dos tostadas. El médico ha dicho que tienes que comer. Ahora más que antes-añadió bajando los ojos. Edmée las rehusó con la cabeza mecánicamente.

-No, gracias.

-Edmée, ésta es la cosa más tonta que has hecho en tu vida. Supera a mirar debajo de la cama, a perderte en un centro comercial e incluso a bailar en mitad de la calle. ¿Qué intentas conseguir? No estás sola. Te estás dejando morir. Y, sinceramente, eso no mejorará tus problemas. ¿Crees que le gustarás más a la gente desnutrida? ¿Crees que te gustarás más a ti misma rechazando cada comida? Es como si te prohibieses a ti misma respirar porque de repente se hubiese puesto de moda tener la cara morada.

Se detuvo un momento para tragar saliva, y Edmée lo observó con los ojos como platos. Paul hiperventilaba, su nuez se estremecía bajo el pañuelo que llevaba anudado al cuello. El pelo y la chaqueta, impecables como siempre, parecían relucir de una manera extraña. Había comenzado a desahogarse y ya no podía parar.

-Y te diré algo más. Si realmente para ti estoy haciendo una cosa tan tonta, te confesaré que te quiero, te quería cuando pesabas quince kilos más y no me gustas más ahora- manoseó las galletas entre las manos, repentinamente nervioso-. Por mi parte el juego ha terminado, y espero que concluya el tuyo. Pero no puedo seguir viendo cómo te autodestruyes. No lo soporto.

Se levantó de la silla de plástico y salió de la habitación, dándole la espalda en silencio y dejando las últimas palabras aún flotando en el aire. Algo se hizo añicos en el interior de Edmée provocando un estruendo de vidrios rotos y sentimientos ocultos emergieron al fin, tímida y dolorosamente como vampiros a la luz del día. Aún esperó demasiados segundos, congelada sobre aquella cama impersonal con las galletas de chocolate a su lado, escuchando los pasos de Paul alejarse por el pasillo.

-¡Espera!- gritó mientras se levantaba de la cama, abalanzándose hacia la puerta. Sus rodillas cedieron, el cuerpo aún seguía demasiado cansado y receloso, se negaba a caminar. Se agarró al marco de la puerta como si fuese una tabla de madera en un naufragio, mientras le daba otro vahído. Cerró los ojos y sintió cómo otros brazos más fuertes la rodeaban y la sujetaban. El olor inconfundible de colonia cara de Paul la envolvió.

-¿Edmée? ¿Estás bien? ¿Te has hecho daño? ¡Contesta!

Edmée sonrió sin abrir los ojos, presa de un pensamiento repentino. “Se cree que me he roto en pedazos.” Los abrió poco a poco y fijó sus pupilas en las del chico, con la sonrisa estudiada y modesta del ganador que conoce su victoria.

-Tranquilo, ya no soy de cristal.

Enarboló una galleta de chocolate que llevaba escondida en la mano y se la comió sin tapujos sentada en el suelo del hospital, delante de él, de las enfermeras, de los médicos, de los pacientes que observaban extrañados cómo se manchaba las comisuras de chocolate, el pelo se le llenaba de migas y poco a poco parte del hambre, hasta entonces apartada y expectante, comenzaba a saciarse. Los labios de Paul hicieron el resto.

La caída



Es cuando las lágrimas se deslizan por debajo de las baldosas, cuando se rompen los espejos, se resquebrajan las pestañas y los labios explotan, cuando se exprime un chillido color violeta y el aire apesta a frustración, cuando la garganta quiere expulsar el estómago en una convulsión y la saliva sabe a hiel, cuando las pupilas no quieren dejar pasar el sol y el cuerpo es una nube que se puede rajar a cuchilladas.
Entonces es cuando el cielo a través de la ventana se asemeja a una bocanada de aire puro en el cráter de un volcán, y los ocho pisos boca abajo con el suelo como sombrero, dos segundos de gloria antes de emprender el vuelo.

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