De heroes.


   
Qué harta estoy de los personajes demasiado completos. Cada día que pasa me gustan menos. Me refiero a los personajes curtidos, los personajes que siempre saben qué hay que hacer y que en las películas nadie entiende por qué hacen lo que hacen pero todos los admiramos y los entronizamos y queremos ser como ellos. Me refiero a estos personajes encarnados por prostitutas guerreras con un pasado oscuro y dos hijos a su cargo, de ojos oscuros y caninos de mamá leona, o de guerreros sin pistola a los que todo el mundo respeta, o de adolescentes experimentados que saben más que los adultos y que deciden lanzarse al mar saltando desde un muelle porque soportan más de lo que nadie soportará en toda su vida. Me refiero a los supervivientes de guerras nucleares del futuro, de androides, de inmortales, de monstruos arrepentidos, de cazadores de zombies o extraterrestres. De héroes. Qué harta estoy de los héroes.  Ya no me gustan un pelo. Porque no son más héroes que nosotros y nosotros nos creemos que sí. Porque ser un héroe no es aguantar una infección de zombies, sino levantarte todos los días de madrugada con una taza humeante entre las manos sabiendo todo lo que te falta y sobreponerte en cada sorbo de café a las grietas que te recorren el pecho, y vestirte y calzarte y salir con toda tu vida dentro de un bolso a enfrentarte con el día que te espera, día tras día.  Porque ser un héroe no es celebrar la victoria coreado por el resto de héroes, sino quedar un día cualquiera con otras personas incompletas, y reíros de todo. Porque, vamos a dejarlo claro, un héroe no vence. Un héroe sobrevive. Y hay mucha más oscuridad en la vida real, y hay muchos más monstruos disfrazados de personas en la vida real que en cualquier libro. 

La cabeza a pajaros.

En realidad me gusta verme así, delante del espejo con un vestido geométrico y tacones diciéndome a mí misma que al librarme del pelo que me bajaba por la espalda me he deshecho con él de todos los errores que me perseguían, los errores que todos tenemos pegados a la piel y que intentamos cortar para que no se nos enreden delante de los ojos. Me gusta verme así, con la nuca despejada, con la cabeza libre, como una de esas chicas que se miran y se ven tan bien y como se ven bien tú las ves bien. Como esa chica que se quedó dormida en el metro de Nueva York y acabó sentada en la arena de la playa comiéndose un trozo de tarta, con el vestido de noche manchado de arena y sin bolso. Sin tormentos, sin lágrimas, con las pupilas firmes, como esa gente que habla de llorar mientras se ríe, con la cabeza libre, ligera, a pájaros.

El vestido blanco de Ginebra.

Ginebra tenía muchos vestidos, porque desde hacia algunos años había decidido que el vestido era lo más cómodo y bonito para llevar, y siendo así, por qué rebajarse a cualquier otra prenda más incómoda que revelase, al pegarse a ellos, la redondez de sus muslos. Conforme pasaban los años la colección de vestidos  había ido aumentando y evolucionando, ya que en cuanto Ginebra descubrió el negro ya no se volvió a separar de él, y nunca más pudo respirar fuera de los colores oscuros y apagados. Como esos peces que viven en las profundidades abisales del océano, donde ya sobra la luz. 
Sin embargo, aún guardaba un vestido blanco en una esquina de su armario, colgado como una paloma blanca. Era un vestido que ya le quedaba pequeño, ajustado y de manga corta, con un escote circular y flores bordadas. Con ese vestido había llevado el pelo largo, con ese vestido había ido al teatro con Maurice y había estudiado el bachillerato. Con ese vestido se había acostado por primera vez con Arcadio. Con ese vestido había paseado por el centro con Sabina y, una tarde de verano que se preparaba para salir, después de hacerse un moño deshecho y pintarse los labios de un rojo reluciente, se había encontrado más guapa que nunca frente al espejo que tenía a los pies de la cama, iluminada por los rayos suaves del sol. Había permanecido mirando su reflejo resplandeciente y tocándose el hombro durante al menos un minuto, sin creerse lo que estaba viendo. El vestido brillaba, el rojo brillaba y ella brillaba, ella, que siempre se miraba de reojo antes de salir con una mueca de resignación. Luego se había cortado el pelo y se había comprado vestidos negros, y el sol nunca había vuelto a sonreirle de esa manera ni el vestido a quedarle tan bien. Por eso no quería tirarlo, porque en ese vestido demasiado pequeño de tela barata se encontraba la mitad de su pasado deshilachado, las huellas de los dedos de Arcadio, el aroma del té con Sabina y el momento en el que otra Ginebra se le había aparecido bajo los rayos del sol, una Ginebra blanca y resplandeciente, inocente como una margarita.

Instrucciones para dejar de llorar.

       
Suénese los mocos para poder volver a respirar. Dele la vuelta a la almohada. Encogiéndose sobre usted mismo, abrácese con fuerza a su propia cintura y esconda los hombros debajo de las sábanas. Evite mirar al techo. Evite pensar en lo fría que está su espalda. Respire hondo varias veces con la intención de elidir un ataque repentino de hipo hasta que deje de dolerle la parte interior de la nariz y las mejillas. Apriete algún peluche contra su pecho; uno no muy grande. Encogiéndose sobre usted mismo para evitar que el calor se escape, cierre con parsimonia los ojos mientras sonríe (esto puede que requiera más de un intento) y mantenga la sonrisa hasta que deje de escuchar a su corazón latir y los ruidos que hace el vecino de al lado destrozando el salón.

La sexta estacion.

     
 
Cuando he dejado atrás Zaragoza llovía, y un viento huracanado me sacudía el flequillo y golpeaba las copas de los árboles contra los cristales de la estación. Pero en el tren ha salido el sol, y a través de la ventanilla que bailotea se extienden ante mí campos y campos de hierba dorada y antenas que parecen gigantes de hierro y estaciones vacías rodeadas de casas que en su calma fatigada de señoras venidas a menos parecen, bajo esta luz de mediodía que no calienta, sacadas de uno de esos libros sobre la guerra civil. En cuanto me he sentado en el asiento y he creado un acompañante con mi abrigo y mi bolsa, se me han desanudado las ideas y he dejado de tiritar de frío. Ahí te quedas, Zaragoza, con tu mierda de lluvia y tu viento de aguanieve que se cuela por las rendijas de mi ventana y me hace apretar los pies contra el radiador. Conforme me iba alejando se me iba templando todo el cuerpo como un dibujo animado azul de frío al que le va subiendo el color rojo por las piernas, y por primera vez desde hace meses me he atrevido a sacar el papel y el boli de la bolsa y ahora bebo de las palabras como un saxofonista que acabase de recuperar el aire en sus pulmones. Será verdad que solo sabemos escribir en trenes. Será verdad que solo sabemos pensar en trenes. Lo que sí es cierto es que necesitaba este bamboleo, este asiento, esta ventana de tierra arada y sol para dejar por fin atrás en la carrera a la nube negra que lleva persiguiéndome todo el mes como una piedra en el zapato y sentirme de una vez indiscutible, invariable, serena, exaltada y dulcemente 
sola.

Suave.

Me acuerdo de una sensación del curso pasado que era como cuando sales a la calle una tarde cualquiera de invierno y hueles las calefacciones de la ciudad recién puestas dorando las calles. En realidad no tiene nada que ver porque ese olor y esas tardes me vienen de mucho antes y son una magdalena de Proust diferente, pero se pueden comparar porque las dos sensaciones eran suaves. Me acuerdo también de cuando este verano Meganlaprofesoradecanadá nos hizo describirnos a nosotras mismas con una sola palabra y yo elegí smooth. No sé si pensaba en esto. Es posible. El caso es que es una sensación que identifico ahora con imágenes sueltas como estar sentados en las repisas de las ventanas de clase, o perseguirnos por las escaleras porque sí, o decidir que estábamos muy cansados para ir a clase y quedarnos sentados en un banco al sol, al lado de las taquillas, con las piernas cruzadas como indios. De pensar que lo que estábamos haciendo entonces era lo difícil (igual que lo pensamos ahora). De pensar que estábamos en un momento decisivo cuando no éramos más que críos, cuando en realidad los recuerdos que tengo, incluso los peores, están envueltos en la misma áurea dorada que la de los atardeceres con calefacción. Como una especie de paz absoluta a pesar de todo, una paz que sé que solo tengo con ciertas personas. Y es una sensación que se ha ido de golpe y que intento recomponer, cachito a cachito, desde lejos o desde cerca, o por pocos días, para que al menos me deje un sabor de boca suave cuando se vuelva a ir.



El rayo de luna.

Érase que se era una fiesta en una casa con las ventanas cerradas y los postigos echados y una nube de humo de mandrágora muy grande que salía de los cigarrillos y se metía entre los rizos del pelo de las chicas que hacían bailar las pestañas y las faldas y las uñas sobre las boquillas de medio metro de sus cigarros y los vestidos de seda que caían por los hombros blancos y acariciaban las pajaritas de los señores. A medianoche se coló un rayo de luna muy pequeñito por la rendija de una puerta y se proyectó contra las baldosas porque la música le había despertado y quería ver a todas las mujeres con los vestidos y los cigarros de metal de medio metro y a los hombres con la barriga enfundada en el esmoquin y los puros que hacían humo negro. Una de las mujeres que era su madre se separó del grupo y fue a decirle que se volviese a dormir. El rayo de luna le dijo que tenía miedo de volver a su habitación porque el pasillo estaba oscuro y creía que había monstruos escondidos en su armario. "No seas tonto" le dijo su madre "allí no es donde están los monstruos." Y lo mandó de vuelta a la cama.

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