Vas al baño y te sacas el vestido por encima de la cabeza. No hay mejor sensación de limpieza que la de llevar la ropa interior conjuntada, blanca como de película antigua. Te miras en el espejo y la luz amarilla hace que te resbalen algunos mechones de pelo amarillo por la frente y los labios. Examinas los hombros huesudos, las hendiduras redondas de los codos de piel de gallina permanente, la sombra tabaco de las clavículas, la línea redonda del pecho de perfil. Todo está como emborronado pero el espejo está limpio. Je t'aime, mon amour, my love, si supiese alemán te lo diría en alemán y en chino mandarín y en todos los dialectos que han desaparecido ya y que nadie sabe pronunciar. Hay que trabajar. Tienes huellas de otros dedos por todo el cuerpo, que florecen y se extienden como las ondas en el agua al tirar piedrecitas. Te retiras el pelo de la cara con una horquilla. Hay que memorizar. No me acuerdo. No me acuerdo de nada. Hay que tragar. Je t'aime. Te desembarazas del sujetador, te vuelves a mirar, toda amarilla y pálida y verde y gris. Hay que trabajar. Te quiero pero volveré. Volveré y tú estarás ahí, blanca y miel y azul y verde y llorosa y risueña y cansada y con olor a flores y a jabón de manos. Ahora trabaja. Memoriza y déjate las uñas. Je t'aime, I love you, volveré. Volveré y tú estarás ahí, con el cuerpo lleno de huellas dactilares de otras personas. Sí. Y yo estaré aquí.
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Puede que hoy duermas acompañado. Puede que hoy duermas acompañado y que mientras yo me aprieto contra el nórdico tú tengas una voz dulce como la miel susurrándote palabras en un acento extraño al oído. Puede que hoy duermas acompañado y que mientras yo me pliego sobre mis rodillas unas piernas suaves se entrelacen con las tuyas por debajo de las sábanas y una mano caiga lacia sobre tu cintura. Puede que hoy duermas acompañado y que por un instante más largo de lo que te gustaría admitir, y que aun así sigue siendo solo un breve pinchacito en el pecho, te preguntes si estaré hecha un ovillo escuchando el cierzo aullar a través de la ventana. Puede que hoy duermas acompañado y que por un momento muy breve, y aun así más largo de lo que te gustaría admitir, te digas "¿y si...?" y puede que durante una milésima de segundo barajes la loca idea de llamarme para decir hola, para nada, para escucharme reír, para quedarnos callados. Puede que hoy duermas acompañado y que al notar cómo se mueve el cuerpo que respira pesadamente a tu lado te deshagas de todas estas ideas como quien espanta moscas molestas y entierres la nariz en su pelo y cierres los ojos y busques plácidamente las formas de su cuerpo para darte calor. Está bien. Todos los cuerpos son carne dulce y todos son igualmente cálidos. Todos se merecen ser besados y adorados. Adóralo y pégate a él, busca su calor al igual que yo busco el de mi propio cuerpo cada vez que me hundo sola en mi camita. Puede que hoy duermas acompañado y ya se te haya olvidado lo que es dormir solo. O puede que hoy duermas solo y tengas frío, y no seas capaz de imaginarme abrazada a mí misma bajo el nórdico con una sonrisa tranquila.
Hay tardes calientes y pegajosas como el tabaco dulce de cachimba y como la ceniza que se te pegan en las manos y en el pelo y en la piel dorada del escote y que descienden como un río hacia abajo hacia la planta de los pies magullados de andar descalza sobre las plantas marchitas y los surtidores de agua que no funcionan y los frutos rojos venenosos que recoges uno a uno para que el perro no se los coma y los gorriones se posan en la mesa de piedra pidiendo más y más migas de pan para todos ellos para bandadas enteras para poder subir encima de las nubes y atravesarlas con el pico para fundirse arriba del todo y bajar en picado incandescentes como estrellas te piden pan incesantemente mientras tú te miras los pies que duelen y lloras y sabes que no tienes tanto ni puedes dárselo todo ni puedes impedirles que vuelen hasta arriba del todo pero en vez de eso les dices que vas a buscarlo y entras en la cocina dejando un rastro de lágrimas y de flores.
Le digo a papá durante la comida que no soy como me imaginaba que sería a los veinte años, mientras devoramos pechugas de pollo al jerez y nos terminamos entre los dos medio litro de cerveza artesana que sabe dulce como un zumo de piña. Me escucha en silencio mientras yo intento hacerme entender, masticando muy rápido y bebiendo cerveza de un vaso pequeño, agitando la patata frita que sujeto entre los dedos. Le digo que me imaginaba que tendría las cosas más claras, que sabría más de todo, como cuando decides que ya terminarás un trabajo que tienes que hacer al día siguiente y te vas a dormir tranquilo. Yo me fui a dormir como una niña y me desperté como una niña, con el pelo más corto y los ojos más grandes. No le digo que me imaginaba más alta y más guapa, con las tetas más grandes, con más vestidos cortos, con el pelo más brillante, pisando más fuerte al andar por la calle. No le digo que me imaginaba con un vaso de licor en la mano en cualquier bar, mirando de reojo, sabiendo exactamente lo que tengo que hacer. Pero conforme hablo y bebo más cerveza dulce y mastico me doy cuenta de que hay cosas que sí que sé y que sé mirar de reojo y que tengo vestidos cortos y que me he ganado manos en la cintura al caminar delante de alguien. Y recuerdo las fotos de hace unos años, cuando vestía con ropa de chico y me tapaba la cara con el pelo porque no quería verme a mí misma y andaba por la vida como sobre una cuerda floja. Y me digo que al fin y al cabo, a base de gatear a ciegas por los golpes, he descubierto con las palmas de las manos exactamente dónde se encontraba la tierra firme y aunque aún no he aprendido a enfadarme sí que sé bucear mejor de lo que sabía. Recuerdo cuando tenía el corazón blandito como una almohada y recibía todo lo que viniese con los brazos abiertos y una sonrisa estúpida en la boca. Recuerdo cuando aún no sabía guiar la mano de nadie, ni gemir, cuando temblaba como una hoja, cuando no sabía coger trenes ni esconderme en habitaciones cerradas a cal y canto con solo una luz encendida y películas a medio acabar. Recuerdo cuando no tenía escudos para contrarrestar los golpes y todo importaba tanto. Recuerdo cuando no sabía beber café ni subrayar apuntes ni desearle la felicidad a quien me había hecho daño. Me recuerdo a mí misma, pobrecita, y me da ternura. Supongo que eso es un poco crecer también, aunque no sea más alta ni tenga las tetas más grandes.
Ella. A esas horas ya solo quedaba ella. Se lamió los dedos y se quedó dormida sobre la cama vacía. Angelito frío.
Hace ya varios meses que llueve, o al menos eso me parece a mí. Al volver hoy a casa apretando el abrigo contra el cuerpo y escondiendo el cuello a la llovizna helada he pasado al lado de una maceta de azaleas en la esquina de una floristería que se me ha antojado un cachorrillo abandonado bajo la lluvia. Así que después de mirarla un rato, he entrado y la he comprado. He llevado la maleta en brazos a casa con mucho cuidado y la he colocado en la mesa, y al mirarla desde la puerta me he sentido un poco mejor. Pero me ha dado pena apagar la luz y dejarla a oscuras. No sé, no estoy segura de si va a sobrevivir a mi habitación. Pero la necesitaba para tener una excusa para iluminar mi cuarto todos los días. Y ella me necesitaba a mí para librarse de la esquina de la calle y de la lluvia fría.
Como siempre que tengo trabajo urgente que hacer, hago de todo menos trabajar. Y cuando intento que mi cabeza se concentre en el capítulo uno de la parodia al amor cortés en La Celestina o en los rasgos generales de la pintura flamenca, el resto de mi cuerpo se empecina en recordar olores, manos, ojos, distintas risas, alguna palabra que se perdió con el cierzo mientras caminábamos y que ha vuelto hoy, día de lluvia aunque no llueva, a mi ventana. Y cuando sigo leyendo de repente me he ido a la historia de una chica que se llama Momo y que es tan organizada que abandona a su novio al darse cuenta de que sus cuerpos no encajan milimétricamente al hacer la cucharita en la cama. Y me revuelvo, y me voy a hacer un té, y unto una tostada con cabello de ángel del que ha hecho mamá, y recuerdo mientras le doy un mordisquito que quería enviar un tarro de cabello de ángel por correo a alguien que probablemente ya no lo quiera. Cuando vuelvo a mi cuarto con la taza y la tostada me miro de reojo en el espejo y recuerdo que ya tengo veinte años, y le doy otro mordisco a la tostada mientras me miro el pelo que se enrosca por detrás de la oreja. La Celia del otro lado del espejo me observa desafiante y me enseña los dientes. Es más fácil verme desde fuera de casa, donde no está todo tan lleno de mí misma. Quiero decir que creo que soy más yo cuando me alejo de todas las cosas que he ido amontonando en un claro comienzo de síndrome de Diógenes por toda mi habitación. Esta es la Celia que estudiaba en el instituto, esta es la que se compró una postal en Barcelona que nunca llegó a enviar, esta es la que pasa tardes enteras jugando a la Game Boy, esta es la que sostuvo una ranita de papel en la mano hace exactamente un año, esta es la que se pone el antifaz y se marcha en tacones a combatir el frío, esta es la que esconde esto en una caja y luego esconde la caja, esta es la que estudia las reglas de la lengua, esta es a la que sientan en la mesa para recorrerla con manos de ciego, esta es la que escucha, lee, enciende, abraza, golpea, dibuja, llora. Doy otro mordisco mientras miro el montón de páginas que no me he leído de Filosofía y me pregunto qué pensaría Orteguita de todo esto. Aparto el libro. Con un dedo, cojo las migas del plato. Luego me meto el dedo en la boca. Y me vienen a la cabeza más cosas. Hoy he releído tres páginas que me aterraban aún más que La Celestina, y por primera vez en mucho tiempo he cerrado el cuaderno en el punto final y he sonreído. Contenta de verdad. Luego me he liado una bufanda al cuello, he cogido las llaves y he salido con el pelo mojado a fumarme un pitillo en un banco del parque y a hablar mientras se encienden las farolas. Es más fácil ser, o estar, sin nada en los bolsillos. Vuelvo a casa andando y comienzo otra vez. Capítulo uno. Introducción. Hora de cenar.


