Duermevela.



Si alguien me viese ahora diría que llevo sin dormir varios días. Tengo la casa muy sola y muy silenciosa y aunque son las dos menos viente no creo que coma porque he desayunado hace una hora. Me he sentado en la mesa del salón al lado de la ventana aunque las vistas no sean una maravilla, pero son mis vistas y es lo que hay. He visto dar a luz al día, rayito de sol tras rayito de sol, y aunque ahora se desperece limpio y azul y fresco como un niño recién bañado, la cara de cansancio de Saria demuestra a todas luces que ha sido un parto duro e interminable. Esta noche la casa parecía una cáscara de huevo rota y todas las pisadas hacían ruido y le pedía a Saria que me acompañase a todas partes porque las puertas entreabiertas se habían vuelto amenazadoras de repente y me imaginaba que todos los monstruos de todos los armarios de la casa se frotaban las manos con la ocasión de tenerme por fin sola para ellos. Así que me he dormido de lado con su perfume puesto para sentirme un poco menos sola. A las tres horas ha sonado el despertador del dormitorio de papá y mamá, que sonaba para despertar a nadie, y me he levantado helada para apagarlo. Le he llamado para decirle buenos días, y al colgar he decidido que no soportaba más estar en esa casa tan oscura y he despertado a Saria, que se había atrincherado ofendida en el sofá entre las mantas y la guitarra abandonada porque nadie la había ido a buscar para irse a dormir. Venga, vamos, que ya que estamos te saco a dar una vuelta. Con las botas, la bufanda y una chaqueta de lana encima del camisón hemos salido a respirar un poco de aire fresco. Los barrenderos acababan de salir a limpiar, todos en fila con sus carros y sus chalecos reflectantes miraban con curiosidad a Saria, que estaba helada y le ladraba a todo para quitarse el frío y también, creo yo, para romper el silencio agobiante de la calle. Quién lo diría, parece que acabemos de volver de salir de fiesta, ¿eh, Saria? A la vuelta le he calentado un poco de leche con azúcar y se la he servido en el cuenco. No le ha gustado nada hasta que he mojado en ella dos galletas y se las he servido troceadas, entonces ha empezado a comer silenciosamente mientras yo limpiaba el tomate con atún de la encimera y metía los platos sucios al lavavajillas y calentaba agua para un té. Nos hemos tumbado juntas en el sofá, las dos cubiertas por la manta, las dos sintiéndonos un poco solas por razones diferentes. El té se ha ido enfriando en la taza mientras veíamos capítulos de Anatomía de Grey en versión original y el sol se asomaba lentamente, primero de color azul, luego un poco naranja, cada vez más fuerte y más amarillo.
 Cuando por fin se ha hecho de día y la luz teñía toda la habitación de dorado, nos hemos dormido.

One Response so far.

  1. gato says:

    Monstruos aprovechones, barrenderos curiosos, dos chicas madrugadoras, un interlocutor impreciso... y un par de galletas troceadas: qué más hace falta para confeccionar el relato de unos momentos que se quedaron prendidos entre haces de luz dorada y acabaron dormidos sobre sí mismos.
    Un beso y felices fiestas del Pilar.

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