Bailarina del diablo


Nada más rebañar el plato, un reloj de cuco que Alba no había visto antes, situado encima del marco de la puerta, dio la hora con estrépito y le hizo pegar un bote en la silla. En cuanto el pájaro falso volvió a su nido de manera con un ruido de muelles oxidados, todos se levantaron de la mesa y dieron por comenzadas sus tareas cotidianas, olvidándose por completo de Alba. Elise empezó con la interminable tarea de fregar los cacharros al tiempo que espantaba a las palomas que entraban empapadas a refugiarse del frío sobre la chimenea, Odette se encerró en su cuarto sin despedirse y Pierre despejó la mesa de la cocina cuidadosamente y se instaló para mezclar colores, cubriéndola hasta los bordes con botes de agua y frascos de minerales y hierbas que esperaban para ser molidos. Alba quería quedarse a verlo, pero la chica color cielo la cogió del brazo y con una sonrisa que endulzaba la orden, le pidió que la siguiese.

-Independientemente de lo que vayas a hacer sobre el escenario –dijo con voz experta mientras la guiaba por el pasillo- la presencia de cara al público es lo más importante a la hora de actuar. Tanto da si haces una acrobacia perfecta o cantas sin desafinar una sola nota; si ven que eres como ellos, te menospreciarán. El truco, tal y como me lo dijeron a mí por primera vez, es dejar de ser tú misma.

Empujó una de las puertas y entraron a una sala llena de armarios, cajas y polvo. Había dos o tres espejos de cuerpo entero de los que colgaban abrigos y pañuelos de todo tipo, y una alfombra raída y manchada de excrementos de ratón que en sus mejores tiempos parecía haber sido mullida y que le provocó a Alba una punzada de nostalgia. La chica comenzó a abrir y cerrar armarios y a revolver en cajas, hasta que encontró lo que andaba buscando. Le tendió un estuche de madera con el cierre algo oxidado y una “O” grabada en una esquina. Alba lo abrió y se encontró con frascos y frascos de polvos de todos los colores, algunos incluso brillantes a la luz, un par de pintalabios usados y lápices de khôl.

-Mi caja de maquillaje –anunció satisfecha-. Odette lleva tiempo intentando encontrarla, así que ten cuidado de que no te la robe.

-¿Tú no la utilizas? –preguntó Alba atónita, sin saber cómo responder a este inesperado regalo que, por otra parte, no sabía como utilizar.

-No puedo. Me salen granos –contestó la chica con una sonrisa triste, mirando su antiguo estuche con algo de melancolía.

-Yo creo que estás bien sin maquillar. Odette parece un jarrón de la china –se apresuró a decir, en un intento de animarla. El resultado fue el esperado, la chica color cielo volvió a reírse y la molestia desapareció de las comisuras de su boca.

- En fin, más cosas que tienes que saber. Aquí están todos los vestidos que te harán falta, pero sólo puedes llevarlos en las actuaciones, para el día a día apáñatelas con lo que tengas.

Entonces pareció darse cuenta de lo elegante que era el vestido de Alba, bajo la capa de suciedad y barro que se había formado en aquellos días y de la que se había desentendido por completo.

-¡Por Tiersen! ¿De dónde has salido? –exclamó sin poder contenerse con los ojos muy abiertos. Al ver que Alba no respondía, claramente avergonzada, recompuso su cara y le quitó importancia-. No importa, ya te diré dónde puedes lavarlo. Si le das la vuelta y le quitas las mangas puedes convertirlo en algo menos llamativo. Mientras tanto, te dejo uno de los míos, pero por poco tiempo. Descolgó un vestido y se lo tendió. Era granate, con puntillas blancas bordeando el escote y ceñido, de mala calidad, como de un cabaret venido a menos. Las enaguas estaba apolilladas y las mangas deshilachadas, pero a Alba le gustó enormemente porque le recordó a las protagonistas de sus novelas románticas.

-Gracias –exclamó en un arranque de gratitud, y comenzó a desvestirse. La chica le ayudó delicadamente a quitarse el pesado vestido, admirando su ropa interior de seda, y después le abotonó el suyo propio.

-Ya está. Pareces una princesa a la fuga –anunció sonriente mientras le colocaba el cabello sobre los hombros en una caricia muy femenina. Alba avanzó unos pasos para observarse en uno de los espejos sin reconocerse del todo.

¿Qué había sido de aquella chica que había huido de la mansión con un abrigo de pieles y una maleta? ¿Y de esa niña delgada que se aparecía y desaparecía por los pasillos llenos de bruma? La joven que la miraba ahora desde el cristal con expresión atónita y el pelo naranja revuelto y en ondas desperdigadas hasta la cintura, envuelta en un vestido que dejaba ver a la perfección sus pantorrillas parecía una bailarina del diablo. Ladeó la cabeza sonriendo a su reflejo, que le devolvió una mueca extraña. El reflejo de la chica color cielo también sonrió a sus espaldas, pero cuando Alba se volvió para agradecérselo de nuevo la chica había desaparecido. El ruido de los cacharros al fregarse se confundió de pronto con el sonido del violín, que volvía a inundar el pasillo. Alba se sentó en el suelo mientras observaba por la ventana a las palomas cruzar la nieve en bandadas hacia la del encantador de pájaros. Los vestidos la miraban recelosos desde sus perchas como fantasmas esperando a ser liberados, pero ya estaba acostumbrada a estar sola y le había perdido miedo al miedo.

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