Sol

Debe de ser porque estos días hace un tiempo inusualmente caluroso en Zaragoza para febrero, pero a veces mientras me lavo el pelo o aclaro los platos mirando por la ventana del invernadero me vienen a la cabeza recuerdos de verano y me pongo contenta, y me veo rebuscando en el armario entre los zapatos de tacón y la bolsa que me llevé a Pirineo Sur mi cachimba pequeñita, esa que me regalaron hace exactamente un año y que he pasado tardes enteras fumando con Clara en la terraza, con cruasanes a la plancha y té pakistaní y buena música. Y de los exámenes finales del año pasado, que me estudiaba tumbada a la sombra de las macetas con una taza de café helado a la derecha, rodeada de abejorros y moscas y alguna marisopla que sabe dios cómo subiría hasta nuestro pequeño jardincito de piedra, ese que tenemos montado en lo alto de un edificio-mastodonte desde el que me gusta espiar a los que arreglan los tejados. Soy consciente de que mis plantas y el sofá blanco del invernadero han vivido mis mejores estados de ánimo, incluso cuando tenía fiebre y deliraba porque me daba el sol en los ojos. Mientras que mi cama, bueno... mi cama siempre ha sido una crisálida.
Pero ahora llega el buen tiempo y la luz se va más tarde y tengo ganas de tumbarme larga al sol y ver las sombras azules de los pájaros pasar volando por encima, como cuando tenía casi dieciocho años y me echaba a dormir sobre las piedras ardiendo con el mismo vestido azul de algodón y acababa de echar a volar y aún no conocía lo que son las tormentas. Y luego arrancaron las hierbas de lluvia que se colaban por debajo de las baldosas y llegó un invierno muy largo en el que tuve que volver a la crisálida para refugiarme de los huracanes. Y ahora, como mis plantas y mis marisoplas, que regresan tímidamente a ver si ya han florecido algunas de las macetas, vuelvo a tumbarme al sol y a abrirme entera como una flor que brilla y a sonreír cuando hace buen tiempo.

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¡Muchísimas gracias!