Retazos de sabado

Como siempre que tengo trabajo urgente que hacer, hago de todo menos trabajar. Y cuando intento que mi cabeza se concentre en el capítulo uno de la parodia al amor cortés en La Celestina o en los rasgos generales de la pintura flamenca, el resto de mi cuerpo se empecina en recordar olores, manos, ojos, distintas risas, alguna palabra que se perdió con el cierzo mientras caminábamos y que ha vuelto hoy, día de lluvia aunque no llueva, a mi ventana. Y cuando sigo leyendo de repente me he ido a la historia de una chica que se llama Momo y que es tan organizada que abandona a su novio al darse cuenta de que sus cuerpos no encajan milimétricamente al hacer la cucharita en la cama. Y me revuelvo, y me voy a hacer un té, y unto una tostada con cabello de ángel del que ha hecho mamá, y recuerdo mientras le doy un mordisquito que quería enviar un tarro de cabello de ángel por correo a alguien que probablemente ya no lo quiera. Cuando vuelvo a mi cuarto con la taza y la tostada me miro de reojo en el espejo y recuerdo que ya tengo veinte años, y le doy otro mordisco a la tostada mientras me miro el pelo que se enrosca por detrás de la oreja. La Celia del otro lado del espejo me observa desafiante y me enseña los dientes. Es más fácil verme desde fuera de casa, donde no está todo tan lleno de mí misma. Quiero decir que creo que soy más yo cuando me alejo de todas las cosas que he ido amontonando en un claro comienzo de síndrome de Diógenes por toda mi habitación. Esta es la Celia que estudiaba en el instituto, esta es la que se compró una postal en Barcelona que nunca llegó a enviar, esta es la que pasa tardes enteras jugando a la Game Boy, esta es la que sostuvo una ranita de papel en la mano hace exactamente un año, esta es la que se pone el antifaz y se marcha en tacones a combatir el frío, esta es la que esconde esto en una caja y luego esconde la caja, esta es la que estudia las reglas de la lengua, esta es a la que sientan en la mesa para recorrerla con manos de ciego, esta es la que escucha, lee, enciende, abraza, golpea, dibuja, llora. Doy otro mordisco mientras miro el montón de páginas que no me he leído de Filosofía y me pregunto qué pensaría Orteguita de todo esto. Aparto el libro. Con un dedo, cojo las migas del plato. Luego me meto el dedo en la boca. Y me vienen a la cabeza más cosas. Hoy he releído tres páginas que me aterraban aún más que La Celestina, y por primera vez en mucho tiempo he cerrado el cuaderno en el punto final y he sonreído. Contenta de verdad. Luego me he liado una bufanda al cuello, he cogido las llaves y he salido con el pelo mojado a fumarme un pitillo en un banco del parque y a hablar mientras se encienden las farolas. Es más fácil ser, o estar, sin nada en los bolsillos. Vuelvo a casa andando y comienzo otra vez. Capítulo uno. Introducción. Hora de cenar.


One Response so far.

  1. La Celestina... Menudo coñazo; aunque todos somos un poco Pármeno y Sempronio. Un beso, pequeñaja.

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¡Muchísimas gracias!