El principio del fin.

Bueno, esta es una historia que escribí hace algo así como un año y que no volví a tocar. La he encontrado olvidada entre miles de documentos sin terminar en la carpeta de relatos. Me parece que tengo que empezar a plantearme quitar ya las telarañas a algunas hojas ^^'
En todo caso, espero que os guste :)





Subió por las escaleras chirriantes que llevaban al desván con la única compañía de un candil en la mano, aunque no se sentía sola. Sabía que él la estaría esperando allí arriba, entre las cajas sin abrir, los juguetes abandonados, los vestidos polvorientos y las lámparas sin aceite. Podía escucharle llamándola, con ansia, escondido detrás de un espejo roto, tal vez. Se sujetó la falda con la mano libre y miró una vez más a su alrededor, cuidando de que nadie la escuchase. Caminaba descalza, acercándose cada vez más y más a la puerta cerrada que la esperaba al final de las escaleras. Sabía que no tendría que estar allí. Sabía también que no podía verle más. Pero él la seguía a todas partes, asfixiándola. No la dejaba sola. Y por eso tenía que volver a él una vez más.
Cuando abrió la puerta la sala entera se estremeció, y pudo ver su reflejo observándola con temor desde miles de trozos de cristal desperdigado. Una muchacha con camisón, de cara bonita y asustada. Una niña con formas de mujer.
─Cuánto has tardado ─susurró una voz desde algún punto de la habitación. La sala estaba en penumbras, pero podía advertir la forma de una sombra deslizarse ágilmente entre los trastos, a su alrededor. ¿O era el reflejo de la llama de su candil? Nunca lo sabía con exactitud. Avanzó un poco más, tragando saliva.
─Cuidado, no te vayas a cortar ─insistió la voz, al tiempo que una ráfaga de aire le sacudía la ligera falda del camisón y hacía que la llama titilase. Ella se apresuró a cubrirla con la mano, para que no se extinguiese. ─Sabía que volverías.
Avanzó, titubeante, hacia el fondo de la estancia, donde un caballito de madera antiguo la esperaba, como siempre que ella acudía a su presencia. Era su lugar, su trono, el asiento desde el que hablaba con él. No quería volver a hacerlo, pero se sentó a horcajadas sobre el animal, que bajo el influjo de las sombras parecía haber cobrado vida y la miraba con sus ojos de pintura.
─No quería volver-su voz le pareció más infantil de lo que esperaba ─madre dice que no existes.
Le escuchó reír, aunque no sabía desde dónde. Su voz le llegaba de cada rincón de la habitación, la rodeaba.
─¿A ti te parece que no existo? ─le susurró de repente en el oído, haciendo que se le pusiese la piel de gallina.
─Eso no es importante ─consiguió decir ella, recobrándose pese a que sentía las mejillas ardiendo por alguna extraña razón─. Madre dice que me va a enviar a un internado. Dice que ya soy mayor. Dice que ya no puedo hablar más contigo.
La voz calló, aunque ella aún sentía su presencia a su alrededor. No sabía si estaba enfadado o dolido, o simplemente pensaba. Tragó saliva, levantando la barbilla. Al fin y al cabo, eso era lo que había venido a decirle.
─Mayor ─susurró la voz─. Mayor ─repitió un poco más alto, con sorna─. Dice que eres mayor. Mírate, con tu camisoncito blanco, tus bucles dorados y tus mejillas sonrosadas. Pero tiene razón, has crecido.
Ella se levantó, alarmada, al sentir algo parecido a otra ráfaga de aire que le acariciaba los labios.
─Aunque sigues siendo una niña ─la voz se rió a su alrededor, con unas carcajadas como campanas que la asustaron.
─No soy una niña ─se quejó. Era verdad, ya no era una niña. Si no, ¿por qué madre no la dejaba jugar ya con los niños, la obligaba a ponerse tantas faldas y a sujetarse el pelo y no le dejaba subir más al desván a hablar con él?
─No quieres ser una niña, ¿eh?
─No ─dijo ella, con seguridad.
─Yo tengo secretos, secretos con los que podrás dejar de ser una niña, ¿los quieres?
Ella calló, pensativa. Claro que los quería, pero… se rozó los labios inconscientemente, y volvió a escuchar a la voz reírse.
─Tranquila, no te volveré a tocar. No es eso.
─Entonces, ¿qué es?
─Son secretos. Secretos que te harán feliz. Una felicidad que nunca antes habías experimentado. La mejor forma de felicidad. Secretos con los que podrás cumplir todos tus deseos.
─¿Los conoce madre? ─preguntó ella, dubitativa.
─No, niña, no. Por eso tu madre está triste ─él ya se lo había repetido muchas veces; que su madre era un ser triste. Tantas veces que ella acabó por convencerse de que lo era.
─¿Y se los podré enseñar para que sea feliz?
─No. Estos secretos serán entre tú y yo, ¿de acuerdo?
Ella asintió, comprendiendo. No sería la primera vez que tenían secretos. Aunque intuía que estos eran de mucha más importancia que los anteriores. Estaba impaciente por oírlos.
─Bueno, ¿los quieres? ─insistió la voz. Parecía haber una nota de urgencia en ella.
─Sí, los quiero. Dámelos ─respondió ella, segura y sonriente. Quería dejar de ser niña, y quería cumplir todos sus deseos. Y nada de lo que la sombra pudiese darle sería malo. Al fin y al cabo era su secreto.
De repente, delante de ella apareció un botecito de nácar con tapa de hierro, bien enroscada. En la tapa había inscritos dibujos de plantas extrañas que ella no conocía, pero le parecieron bonitas, y el frasco también. La sombra lo abrió por ella, dejando al descubierto el contenido.
─¿Es azúcar?─preguntó ella al observar que el botecito estaba lleno de polvo blanco. Menudo secreto más raro, pensó.
─Es algo parecido. Te hará muy feliz. Con él podrás ser una princesa, ¿no me decías que querías ser una princesa?
─Sí, sí que quiero.
─Pues entonces este “azúcar” te convertirá en princesa, ya lo verás.
El bote se cerró de nuevo y ella lo cogió con cuidado, dejando el candil en el suelo.
─Guárdalo con cuidado.
─Gracias.
─De nada, niña. Ya sabes; es nuestro secreto. Yo siempre estaré contigo por si quieres más, aunque no será gratis.
Pero ella ya tenía la mano en el picaporte, y no lo escuchó.
─Muchas gracias. Te quiero mucho ─dijo, al tiempo que cruzaba la puerta con una bonita sonrisa de agradecimiento en el rostro, dejando el candil olvidado sobre el suelo del desván.
─Y yo a ti, y yo a ti ─respondió la voz con un deje impersonal y aburrido.
Una sombra se reflejó por los cristales rotos de la habitación, una sonrisa centelleó durante un momento y una última ráfaga de viento apagó la llama del candil.

4 Responses so far.

  1. gato says:

    La autora propone y el lector dispone... Eso quiere decir que no estoy muy seguro de que mis conclusiones coincidan con tus planteamientos. Pero, qué más da... Lo importante es gozar de la lectura y que la imaginación se mueva.
    Un beso.

  2. gato says:

    Pero sí que me ha gustado.

  3. Anónimo says:

    !Está genial!

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¡Muchísimas gracias!