París de noche.


París no resultaba tan agradable en pleno invierno sin abrigo ni esperanza de cobijo. Era bello, sí, pero bello como una mantis religiosa que devora al macho después de haber obtenido lo que quiere de él, bello como una pantera agazapada a punto de saltar sobre su presa, bello y cortante como la luz de sus lámparas de gas. El humo, el humo y el vapor y los pensamientos se mezclaban con el aguanieve y ascendían para volver a caer de nuevo sobre las cabezas de los viandantes y los cristales de los edificios. Alba relucía. Aquel lugar era la vida plena, toda esa gente ajetreada que no hacía preguntas, ni tosía, ni se preocupaba por los demás. Allí no había carnavales ni continuas odas diarias a la vida, simplemente porque la gente no se detenía a pensar sobre la vida, sino a vivirla. Como ella, sólo eran enfermos intentando apurar lo máximo posible sus respiraciones hasta el fin definitivo. Los hombres lucían sus sombreros de copa y sus trajes como farolas almidonadas, y las mujeres… tenían esa manera de hablar tan característica de mover sólo el labio superior, como si estuviesen saboreando un helado a la vez que conversaban, y más de una tenía un pequeño bultito en el labio superior que parecía acortar su distancia con el labio inferior y lo realzaba así, haciendo que Alba se sintiese de una raza distinta a aquellas mujeres que se pavoneaban por las calles como pajarillos en una fuente.

Tropezó varias veces por las esquinas; si no se comió cinco no se comió ninguna. Caminaba con los ojos fuera de sus órbitas, aterrada y exultante a la vez, con ganas de abrir los brazos y elevarse por encima de la multitud. ¿Cómo podía dejar a semejante ciudad continuar moviéndose sola?
-¡Eh! Mira por dónde vas -exclamó un sombrero al chocar contra su hombro. Alba pidió disculpas como pudo, mientras pensaba que el francés no debería permitirse gritarlo. Es como un niño pequeño tratando de insultar.
Con el golpe, algunas personas se volvieron divertidas para ver si la escena merecía la pena, y más de una se quedó con la boca abierta al ver a aquella pelirrojiza que caminaba como sumida en un trance. Se escuchó algún que otro silbido de admiración.
-¿Te has perdido, preciosa? Yo te ayudaré a encontrarte.
-¿Tienes frío? ¡No me importaría ser tu abrigo!
-Ven con nosotros, te invitaremos a una buena copa de algo dulce y calentito.
-No, de verdad, estoy bien-respondía Alba con sinceridad y una sonrisa, bajando la mirada. Conocía las hormonas y su poder dominante y destructor de voluntades, pero se negaba a rendirse a ellas. Y en una calle grande, iluminada y llena de gente se sentía más segura que en los brumosos callejones de su infancia, que ahora parecían sacados de una adaptación mala del inframundo en la ópera de Orfeo y Eurídice.

One Response so far.

  1. Lola says:

    Me encanta la frase esa de "La gente no se paraba a pensar sobre la vida,sino a vivirla".
    Y me fascina Alba,su melena pelirroja y su vida(estoy completamente enganchada a la historia,que por cierto sí que es INCREIBLE).
    Un beso y disfruta del verano:D

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¡Muchísimas gracias!