McAlester, Oklahoma.



"Nunca he visto a uno de esos tipos resistirse. Avanzan despacio por los pasillos y te hablan de cosas raras, del tiempo, del partido de fútbol, o te dicen: "
Layne, la vida va a ser mejor allí arriba." O bien se alteran y te dicen "¡Eh, Layne! Sabes que va a haber una llamada del gobernador y que no voy a morir esta noche." Ante la puerta de la sala, a veces sufren temblores, a otros les cuesta respirar e incluso algunos se desploman y hay que cogerles suavemente por debajo de los brazos para llevarles hasta la mesa. Para mí, lo más duro era volver a casa: te despides de tus compañeros, andas por el aparcamiento, es de noche, todo está tranquilo. Te subes a tu coche, arrancas y conduces en silencio. Piensas en lo que acaba de pasar y te parece irreal. Te dices: "he hablado con un hombre hace media hora y ahora está muerto." Llega un punto en el que tienes que dejarlo. Yo esperé 52 ejecuciones. Nunca le he hablado de ello a nadie."

Layne Davison, McAlester, Oklahoma.

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