on continue


Alba se alejó de la ventana y se dirigió hacia los cuadros que cubrían las paredes. Se dio cuenta de que no creaban una línea horizontal a lo largo de la pared, sino que los habían colgado de forma descuidada, dispersos, formando zigzags y apelotonados, como si hubiesen clavado las escarpias con los ojos vendados. Algunas pinturas representaban escenas cotidianas: una mujer comprando pan y verduras en un puesto al aire libre, un par de abuelos tomándose un vaso de vino en un bar, una joven recogiendo flores en un prado, pero también había retratos ridículos, pesadillas en blanco y negro que provocaban escalofríos, fantasías de personas mitad hombre mitad animal y de seres legendarios en bacanales, hadas, dioses, sátiros. Cuadros que tan pronto sacaban una sonrisa como la hacían enrojecerse de pies a cabeza. Estaba intentando descubrir qué era exactamente lo que estaban haciendo una ondina y un orco cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y apareció la mujer que olía a anís y manzanilla. Elise se quedó paralizada en la puerta con los brazos colgando a ambos lados del cuerpo como dos enormes butifarras. Era una mujercilla pequeña y robusta, de pelo rubio y erizado que intentaba recoger en un moño. No era bonita ni daba señales de haberlo sido en su juventud. Sus pequeños ojillos oscuros se escondían entre dos prominentes mejillas y tenía unos enormes pechos a juego con su trasero. Sin embargo, en esa carcasa de mujer de clase baja se ocultaba un nosequé que la alejaba de la vulgaridad, un brillo propio de inteligencia que chocaba con su aspecto físico pero que Alba descubrió que estaba allí con una simple mirada rápida.

-Ah, ya te has despertado -dijo la mujer con voz grave y segura. No tartamudeaba ni sonreía tontamente, simplemente se limitaba a desviar la vista de Alba al cuadro y del cuadro a Alba-. ¿Te parece interesante?

-En realidad intentaba adivinar qué estaban haciendo -admitió Alba inocentemente.

La mujer le dirigió una mirada suspicaz, como si no la creyese en absoluto, y luego reviso rápidamente la habitación, comprobando que todo estuviese en su lugar.

-¿Tienes hambre? -preguntó finalmente. Alba asintió. -Sígueme. Y cierra la puerta cuando salgas.

3 Responses so far.

  1. Ann says:

    geniales tus textos y fotos, muy congeniadas estas con los textos :)

  2. gato says:

    Hay algo surrealista en este fragmento, y no precisamente por la inclusión de la ondina y el orco.
    También alguna promesa entre líneas.

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¡Muchísimas gracias!