Siempre le dije a tu madre que había que llevarte a un buen especialista. Pero a ella, bendita sea, le encantabas.


El día del libro, hacía unos nueve meses, a las siete y media de la tarde de un lunes, el escritor esperaba entre sus obras con los brazos cruzados y una flor de papel en el ojal.

-De todas formas, ahora que estás a mi cargo que no te quepa la menor duda de que vas a ir directa a una consulta de esas, sobre todo después de ver el desastre que has montado aquí. ¿Tienes problemas de insomnio?

El nuevo viento del Norte era un pequeño ejemplar, fino como la masa de una pizza italiana, con cubiertas de cartulina azul y jirones de pintura grisácea alrededor de las letras del título. Tan breve que se leía en media hora, tan pequeño que tanto él como su autor pasaban completamente desapercibidos entre la marabunta que llenaba el Paseo de la Independencia, y esperaban pacientemente a ser descubiertos.

Ginebra lo hizo, pero no por el libro (que más tarde la haría llorar) ni por el escritor (que más tarde la haría estremecerse), sino por la flor de papel de periódico que Arcadio se había colocado. Bajó lentamente el libro que estaba oliendo y se acercó hacia la caseta desierta, que parecía desaparecer entre la gente como si sólo ella pudiese verla. Era un pequeño molinillo de viento, engarzado en la chaqueta como el clavel de un enamorado. “Se lo habrá hecho una niña, probablemente su hija”, pensó, y le vino a la mente, tal vez a la memoria, la silueta de una cría de cinco o seis años, con los rizos castaños peinados tras una diadema a cuadros, y el vestido a juego cuidadosamente elegido por una madre a la que no conseguía ubicar. Detrás de la niña, que se dejaba arreglar el pelo por unas manos invisibles, una escalera de caoba con los barrotes blancos y los escalones llenos de barquitos de papel y flores, como una travesía por el Nilo. El escritor escribía a solas, en otra habitación también de color blanco, vestido con un jersey desgastado que olía muy fuerte a colonia de hombre.

-Cuando recuerdo a la niña encantadora que solías ser, cuando iba a visitaros en Navidad y te disfrazabas de pirata… ¿te acuerdas? ¿Me estás escuchando?

Ni siquiera conseguía recordar qué le había dicho, qué palabra había abierto la conversación, únicamente aquella flor de papel y el olor a libro y el gris del viento luchando contra el sol como un hielo en un vaso de zumo de naranja. Y la imagen de Arcadio despidiéndose con una leve sacudida de la mano mientras se alejaba por la Gran Vía (destripada, abierta en canal mostrando sus vísceras de hormigón) montado en una bicicleta antigua, con una chaqueta color hueso de lana gorda y un cigarrillo en la comisura izquierda, esa imagen que le desató un cosquilleo por todo el cuerpo y le hizo jurar en silencio que ese escritor, esa historia, ese hombre tenía que ser suyo.

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