Cuento sin nombre.



Se la llevaba un sueño ligero, como una ola tibia de resaca. Podía ver a sus padres en la orilla, mojándose hasta los tobillos de agua salada, llamándola a gritos para que no se fuese muy lejos mientras ella se alejaba, boca arriba sobre un mar de naftalina y algodón. Cuando al entreabrir los párpados le llegó la luz de la lámpara de pantalla color hueso y advirtió a Blanca al lado de su cama, que tenía la cara seria excepto cuando sentía que la miraba, entonces sonreía como si fuese a acabarse el mundo, se dio cuenta de que seguía en su habitación, se preguntó dónde estaría Chismoso, su perro, que siempre dormía con ella a los pies de la cama y que parecía haberse convertido en esa señora que sonreía tan raro. Pensó que se habría ido a dar una vuelta con Galo, porque debía ser ya la hora de sacarlo a la calle y ella seguía en la cama. No habría querido despertarla. ¿Y quién era esa mujer que tejía sin descanso, qué hacía allí, y por qué tenía ojeras oscuras de la tierra mojada? Ahora que lo pensaba, Galo no podía estar paseando a Chismoso porque el perro había muerto mucho antes de que ella conociese a Galo. Atropellado por una enorme ola de espuma de vidrio, enterrado en arena blanca, bajo campos de amapolas. En un campo como ese que habían visto un día caminando recién casados y a ella se le había antojado hacer el amor sobre las flores y se había llenado toda la falda de piedrecitas, briznas de hierba y bichos, porque llevaba un vestido con estampado de flores rojas, muy acorde con el paisaje, que había atraído como un reclamo a todas las avispas de los paneles cercanos, las cuales los habían rodeado en un círculo de música silbante mientras Galo le desabrochaba el sostén con la respiración entrecortada. Ese día, el cielo era tan azul que parecía recién lavado. Como el día en el que, ya lo recordaba, Galo había decidido abandonarla y por eso no estaba allí con ella y en su lugar la velaba esa extraña y triste señora cuya presencia no había pedido en ningún momento. Curiosamente, pensar en Galo no le dolía. Sentía el interior de su cuerpo esponjoso y calentito, como almohadillado. Los párpados se le cerraban de nuevo. Hacía ya mucho de ese segundo día tan azul, tan frío, en el que el viento le había azotado la cara queriéndose llevar las cenizas que protegía dentro de una lata, bien pegadita a su pecho debajo del abrigo. ¿Cuánto había pasado de eso? No, se lo tenía que haber inventado, ella nunca había tenido novio, si acababa de empezar el colegio y la profesora la ponía de cara a la pared con los brazos en cruz, aunque no era culpa suya porque la nota se la habían pasado y del susto sólo se le había ocurrido metérsela en la boca y tragársela para que la profesora no la viera. Y ese pelo tan largo y tan liso, que a duras penas alcanzaba a peinarse por las mañanas. Quiso levantar la mano y acariciárselo un momento ahí mismo, en el rincón de la clase, pero fue incapaz. Notó cómo alguien se movía a su lado y le arropaba un poco y poco a poco los pensamientos se fueron ordenando en su cabeza y recordó que estaba tumbada en una cama, que era vieja y que no era capaz de moverse ni para ir al baño y que las cenizas de su marido descansaban en la lata sobre la mesita de noche y que hacía ya muchos años que el pelo no le crecía más abajo del lóbulo de las orejas. Abrumada, quiso llamar a Blanca, pero cuando volvió a abrir los ojos se encontró con que la luz estaba apagada y a los pies de su cama no había nadie, y ninguna marca delataba lo contrario. Ninguna arruga en su colcha, ningún trabajo de ganchillo, ninguna silla colocada al lado de la cama, ningún ruido en la casa excepto el de su propia respiración profunda y lenta. Entonces recordó como una iluminación que Blanca también se había ido hacía ya muchos años. Y arrullada por la oscuridad y el murmullo del mar, cerró los ojos de párpados amarillos y se durmió.

2 Responses so far.

  1. gato says:

    Despliegue tal de bellas y sustanciosas metáforas y figuras alegóricas me ehan hecho creer estar leyendo un poema en prosa.
    Por qué será que siempre se nos entrecorta la respiración cuando desabrochamos un sostén...
    Entre este cuento y el dibujo de ayer, un fin de semana redondo.
    Besos.

  2. Qué preciosa forma de escribir..tu blog está lleno de sensibilidad
    Te sigo!
    Car

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¡Muchísimas gracias!