Cosas que debi haber escrito en el avion y no pude.

Sus padres se reían de ellos porque ya eran adultos pero vivían como niños. Con las emociones a flor de piel, circulando plantas trepadoras de colores por las venas. Niños salvajes encaramados a una litera, nórdico arriba si tenían frío, nórdico abajo cuando se acordaban de poner la calefacción. Remoloneando, echándose perfume, leyendo cuentos infantiles tumbados boca arriba, buscando entre el desorden migas del pan de ayer para devorar con chocolate cuando tenían hambre. Si se cansaban de estar en casa salían a subir y bajar las escaleras de los túneles del metro cogidos de la mano o a adormilarse uno encima del otro en un banco de piedra con vistas a la ciudad entera y unas corrientes de aire que les hacían temblar de frío como gorriones. Cuando tenían sed, compraban zumo y coca-cola. Se vestían y desvestían uno enfrente del otro, hablando o en silencio, como si lo hiciesen delante de un espejo. Reían con locura y lloraban también con locura. Y cuando llegaba la madrugada y la ciudad dejaba de ser acogedora y se volvía naranja y borrosa bajo la lluvia, ambos se entregaban sin pensarlo a un sueño profundo y pesado, vacío de imágenes y de colores, cálido, un sueño que solo se tiene durante la infancia, cuando duermas donde duermas estás convencido de no dormir solo.


      

Menos mal que al bajar del avión tengo un gato de tormentas para secarme las lágrimas y darme un trozo de pastel de zanahoria y devolverme todo el calor que me he dejado aparcado en el Paguí de la Fgans.

2 Responses so far.

  1. Valentina says:

    deja de puto hacerme pleuraaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaar. artita.

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¡Muchísimas gracias!