Suave.

Me acuerdo de una sensación del curso pasado que era como cuando sales a la calle una tarde cualquiera de invierno y hueles las calefacciones de la ciudad recién puestas dorando las calles. En realidad no tiene nada que ver porque ese olor y esas tardes me vienen de mucho antes y son una magdalena de Proust diferente, pero se pueden comparar porque las dos sensaciones eran suaves. Me acuerdo también de cuando este verano Meganlaprofesoradecanadá nos hizo describirnos a nosotras mismas con una sola palabra y yo elegí smooth. No sé si pensaba en esto. Es posible. El caso es que es una sensación que identifico ahora con imágenes sueltas como estar sentados en las repisas de las ventanas de clase, o perseguirnos por las escaleras porque sí, o decidir que estábamos muy cansados para ir a clase y quedarnos sentados en un banco al sol, al lado de las taquillas, con las piernas cruzadas como indios. De pensar que lo que estábamos haciendo entonces era lo difícil (igual que lo pensamos ahora). De pensar que estábamos en un momento decisivo cuando no éramos más que críos, cuando en realidad los recuerdos que tengo, incluso los peores, están envueltos en la misma áurea dorada que la de los atardeceres con calefacción. Como una especie de paz absoluta a pesar de todo, una paz que sé que solo tengo con ciertas personas. Y es una sensación que se ha ido de golpe y que intento recomponer, cachito a cachito, desde lejos o desde cerca, o por pocos días, para que al menos me deje un sabor de boca suave cuando se vuelva a ir.



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