El vestido blanco de Ginebra.

Ginebra tenía muchos vestidos, porque desde hacia algunos años había decidido que el vestido era lo más cómodo y bonito para llevar, y siendo así, por qué rebajarse a cualquier otra prenda más incómoda que revelase, al pegarse a ellos, la redondez de sus muslos. Conforme pasaban los años la colección de vestidos  había ido aumentando y evolucionando, ya que en cuanto Ginebra descubrió el negro ya no se volvió a separar de él, y nunca más pudo respirar fuera de los colores oscuros y apagados. Como esos peces que viven en las profundidades abisales del océano, donde ya sobra la luz. 
Sin embargo, aún guardaba un vestido blanco en una esquina de su armario, colgado como una paloma blanca. Era un vestido que ya le quedaba pequeño, ajustado y de manga corta, con un escote circular y flores bordadas. Con ese vestido había llevado el pelo largo, con ese vestido había ido al teatro con Maurice y había estudiado el bachillerato. Con ese vestido se había acostado por primera vez con Arcadio. Con ese vestido había paseado por el centro con Sabina y, una tarde de verano que se preparaba para salir, después de hacerse un moño deshecho y pintarse los labios de un rojo reluciente, se había encontrado más guapa que nunca frente al espejo que tenía a los pies de la cama, iluminada por los rayos suaves del sol. Había permanecido mirando su reflejo resplandeciente y tocándose el hombro durante al menos un minuto, sin creerse lo que estaba viendo. El vestido brillaba, el rojo brillaba y ella brillaba, ella, que siempre se miraba de reojo antes de salir con una mueca de resignación. Luego se había cortado el pelo y se había comprado vestidos negros, y el sol nunca había vuelto a sonreirle de esa manera ni el vestido a quedarle tan bien. Por eso no quería tirarlo, porque en ese vestido demasiado pequeño de tela barata se encontraba la mitad de su pasado deshilachado, las huellas de los dedos de Arcadio, el aroma del té con Sabina y el momento en el que otra Ginebra se le había aparecido bajo los rayos del sol, una Ginebra blanca y resplandeciente, inocente como una margarita.

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