El blues de los ojos de octubre.

Esa misma sensación de limpieza, la elegancia del cuello vuelto y el perfume caro y el afeitado descuidado que dejaba en su cara una estela entre gris y plateada fueron los que llenaron a Alba de un cosquilleo y una flojera aún más fuerte que la producida por una fotografía perfecta. Como una mosca que se le hubiese posado en la nariz. Desde que se había encontrado al escritor le temblaban las rodillas y la lengua se le había quedado pegada al paladar. Recordó que sus amigas siempre se burlaban de ella por gustarle Hugh Laurie, diciéndole que podía ser su padre -y puede incluso que la connotación perversa de esas palabras hiciesen que le gustase un poquito más, inconscientemente-, y ella misma se sorprendía a sí misma al descubrirse viendo House -serie que era completamente incapaz de seguir- con cara de concentración pero sin atender a uno solo de los diálogos, perdida en las arrugas de las comisuras del actor de ojos perdonavidas, arrugas que se le aparecían casi como cicatrices de guerra, arrugas que había que ensalzar porque todos y cada uno de los pliegues de su piel eran dignos de ser adorados, como ríos de carisma que vertebrasen un desierto árido y común. Por eso no se extrañó al verse a sí misma buscándoles rasgos comunes a Arcadio y al Dr. House en secreto y concluyendo que su principal paralelismo era sin duda la mirada: las dos azules, de viejo enfrentado al mar, las dos nubladas, con una llama de antorcha olímpica ardiendo en algún punto detrás del hielo. Unos ojos cortantes de octubre, que también exhalaban perfume, que también eran puros como los productos de limpieza antisépticos que su madre le obligaba a empuñar día tras día sin admitir excusas ni quejas y que le dejaban las manos apestando a limón durante horas. 

La camarera de pelo negro les tomó nota sin levantar los ojos del papel en un silencio eterno y se fue sin dirigirles ni una sola palabra más. Un camarero diferente les trajo los tés un poco más tarde, y Alba pudo darse cuenta de que la chica trataba de evitar a toda costa su zona, los ojos fijos en el suelo como si quisiese atravesarlo. Y se preguntó qué historia se llevarían ella y el escritor. Entretanto, Arcadio continuaba hablando, ignorante, dándole una clase de arte contemporáneo como si Alba le hubiese acompañado expresamente para aprender sobre la técnica impresionista. Y realmente le hubiese gustado enterarse de lo que estaba explicando el escritor, pero cada vez que intentaba prestar atención al libro esta se acababa dirigiendo irremediablemente hacia sus manos. Y cuando él la miraba directamente ella se esforzaba en parecer que había escuchado y entendido algo, y abría mucho los ojos como extasiada y desplegaba las pestañas como abanicos. 

No supo en qué momento comenzó a escuchar su voz como a través del agua y los cuadros comenzaron a dar vueltas delante de sus ojos y las mujeres de Matisse comenzaron a sonreirle con dientes de azafrán y sintió que alguien le vaciaba el cuerpo y que flotaba como un globo por encima del asiento. Y era feliz porque el escritor le sonreía y podía sentir de repente sus ojos acariciándola y cada vez se ahogaba más en el techo y el el mar de octubre, y en las manos que no eran ya desiertos sino oasis en los que ella llevaba tanto tiempo queriendo refugiarse aunque no se atrevía a admitirlo porque el escritor era tan viejo y ella nunca había hecho nada con un chico, y de repente le dieron unas ganas terribles de besarlo porque se parecía a Hugh Laurie y ya no le importaba nada, y quería zambullirse para siempre en ese día nublado y en el almidón de la camisa blanca. Así que dejándose llevar por un alegre impulso que era mucho más fuerte que ella, le interrumpió a mitad de la frase apretando su boca contra la de él y aspirando su olor tan cerca como sabía que siempre había querido hacerlo, y notó cómo los labios de él, tensos al principio por la sorpresa, se relejaban y comenzaban a acariciarla con ansia experta, y cómo su lengua comenzaba a abrirse paso, y al notarla, rugosa y cubierta de una saliva extraña, Alba no pudo evitar pensar en la imagen de un perro, y en ese momento sintió la inconfundible sensación de tener un lagarto subiéndole por la espalda, y se separó del escritor pegando un bote. Se giró sobre ella misma palpándose la espalda, pero el lagarto, cuyas patas frías y viscosas había sentido con toda claridad subiendo por sus vértebras, había desaparecido sin dejar rastro. 

-¿Te pasa algo? -preguntó Arcadio, entre excitado y molesto.

-Sí. No. Nada -respondió Alba, y su voz le sonó a la de otra persona-. Voy... voy un momento al baño.

Al levantarse sintió cómo todo el peso que le habían arrebatado volvía de golpe, descargándose sobre ella y sus rodillas, que se doblaron como hechas de mantequilla bajo sus caderas. Tambaleándose, tanteó con las manos a lo largo de la pared buscando la puerta del baño. Y podía haber jurado que en ese mismo momento, la camarera de pelo negro y tacones negros la estaba mirando. Y sonreía.




PD: Toda esta entrada ha sido redactada e ideada con música de Hugh Laurie, por cierto.





2 Responses so far.

  1. gato says:

    Sugerente, denso y comprometido. Me parece excelente.
    Mira tú que a mí me resulta de lo más encantador eso que llaman complejo de Electra...
    Encuentro a esta Alba cada vez más irresistible. Sí.

  2. Hugh Laurie no es un hombre especialmente guapo, para qué mentirnos, pero tiene muchísimo carisma, y su personalidad es un acicate. ¡Besos, pequeñaja!

Leave a Reply

¡Muchísimas gracias!