It's time we began to laugh and cry and cry and laugh about it all again.

Es curioso cómo cambia el sabor de la música cuando hay un antes y un después. Aunque me he olvidado de ella durante toda una semana, eclipsada por nuevas canciones descubiertas que me gustaría devorar de dos en dos como caramelos, de repente vuelvo a escuchar a Lourdes, mi Lourdes, que me envuelve en su voz de canela, siempre servicial, igual que lo hizo en el avión, obligándome a morderme los labios para no sollozar en el asiento porque a mi lado hay un señor de Huesca trajeado que intenta entablar conversación acerca de la lluvia en París. Y es que las nubes desaparecen al pasar la frontera, como cortadas con un cuchillo, y en cuanto me acerco a Zaragoza un rayo de sol entra justamente por nuestra ventana y me baña la cara, el cuello y el regazo, en el que sujeto mis cien años de soledad sin ser capaz de asomarme a ellos porque todas las letras se emborronan y danzan delante de mis ojos y no hay manera de entender nada de lo que leo porque alguien despega una enorme tirita que hay en mi pecho en la dirección contraria a la que avanza el avión, devolviéndome a la cruda realidad de que ya no me acostumbro a estar aquí. Tan sola.




2 Responses so far.

  1. Perdona, es mi Lourdes, no tuya.

  2. gato says:

    Que la congoja y el gozo, a partes iguales, hagan emotivamente tuya a esta Lourdes, que yo me quedo con aquel Leonard Cohen. Cuestión de años, supongo...

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¡Muchísimas gracias!