Las parejas del Central Park.

Aunque era un secreto, Alba sentía una extraña predilección por las fotos que los fotógrafos profesionales cuelgan en los escaparates de sus estudios. Cuando veía a todos esos bebés sonrosados entre nubes falsas de algodón, modelos haciendo equilibrios sobre bordillos de fuentes y jóvenes parejas paseando por el parque, había una parte de ella que se estremecía de placer sin querer admitirlo. No se permitía a sí misma detenerse delante de las serie de caras sonrientes en papel de foto reluciente tamaño Din a5 por pura vergüenza, pero sí que observaba de reojo irremediablemente todas y cada una con un sentimiento que tenía un nosequé de sueño americano. 

Interiormente y con bochorno, Alba ansiaba acercarse de alguna manera a aquellas escenas que olían a suavizante de ropa y donde no había charcos de agua sucia ni mierdas de perro por las calles y encerrarse en un bucle sin fin, inmortalizada en el Central Park con el sol en el pelo, con un chico a su derecha que la mirase en un ángulo perfecto con un jersey de cuello vuelto. Un amor limpio y fresco como las sábanas recién puestas, blanco, insípido e indoloro. Alba sabía que nada podía cambiar esas fotos, los bebés siempre tendrían la piel rosada y los hoyuelos blanditos, los comulgantes de sonrisa tímida nunca se convertirían en adolescentes malhumorados que se revientan los granos de la frente delante del espejo, los recién casados siempre estarían besándose. La idea de que la perfección de esas escenas no se corrompería nunca por un lado le fascinaba y por otro lado le daba ganas de vomitar. También sabía que para ser tan perfectas debían ser forzadas, y por tanto no existía tal perfección porque no era compatible con la espontaneidad. Pero aun así, a veces se daba el gusto de dejarse creer que la pareja del Central Park (un James y una Natasha cualesquiera) se acababan de comprar el loft de sus sueños y ese domingo tenían la vida resuelta y era verdad que había personas así, y entonces sentía un cosquilleo y una envidia deliciosa que probablemente fue la misma que sintieron mucho antes que ella y al otro lado del charco toda una generación de americanos al ver la Estatua de la Libertad.

One Response so far.

  1. gato says:

    ¿Qué tendrán los jerseys de cuello vuelto, cuando rodean un gaznate elegantemente alargado y aristocrático, para resultar tan fascinantes?
    Ahora ya no, pero hubo tiempos, muy pretéritos ellos, en los que me quedaba, como un estúpido, colgado frente a las fotografías expuestas por los fotografos en las vitrinas de los portales en que tenían sus estudios. Supongo que debería tener la edad de Alba, o así...

Leave a Reply

¡Muchísimas gracias!