Repaso del dia.















Hoy me he dado cuenta por primera vez en mi vida de que hay relojes por las calles.
Volvía a casa en el bus con la nariz pegada a la ventanilla y los cascos grandes para no enfriarme las orejas (que es por donde me entra todo el frío directo a la cabeza y me hace pensar cosas tontas) y durante un cruce en el que escudriñaba la pared de enfrente he encontrado un reloj digital, alargado, con los números de color rojo, que parecía flotar encima del porche de una charcutería. Y de repente me ha parecido muy raro, ¿qué hace un reloj ahí en la esquina de la calle? ¿Por qué están los cruces plagados de relojes como guardias de tráfico? Creo que hoy me he dado cuenta por primera vez de la existencia de estos relojes anónimos, que nadie reclama para sí, porque es la primera vez que ver uno me ha molestado de verdad. Me he imaginado a todos los conductores mirando hacia arriba como borregos, asimilando la hora que se refleja en números rojos sobre su parabrisas. Me he imaginado miles y miles de relojes digitales enormes, negros y rojos, como una bomba en cuenta atrás, apremiando a personitas grises para que vayan de un lado a otro, vamos, vamos, que llegáis todos tarde, apretaros la bufanda contra el cuello y caminad por la cuesta arriba. 
Lunes, a.m, lunes, p.m., lunes, lunes, lunes, lunes, sábado, domingo, y vuelta a empezar. 
No sé, pero mientras bajaba del bus con la barbilla escondida en el cuello del abrigo y las manos en los bolsillos me ha dado mucha rabia que a alguien le importase tanto a qué hora llego a casa.

Más tarde, mientras me hacía el té de las ocho, se me ha caído el papelito de la bolsa dentro de la tetera. Ais, merde. Mientras lo rescataba me he acordado de algo que leí ayer: el ser humano olvida el 89% de lo que hace a lo largo del día. Cada día. Eso significa muy poca vida y muchos reinicios. Es un poco cruel que el cerebro decida borrar programas sin avisarnos. Me he preguntado si mañana me acordaría de que esta tarde a las siete y media al ir a verter el agua hirviendo en la tetera se me ha naufragado el papelito de la bolsa de té dentro. O de la pelusa rubia que tiene al final de las mejillas el niño al que doy clase, o de la mirada asquerosa que me ha echado el señor del bus, o del daño que me he hecho al arrancar con los dientes la piel de la punta del labio superior, o de lo fríos que tengo los pies ahora mismo.

Para terminar, durante el descanso de cinco minutos entre clase y clase, la amiga que tengo al lado me ha preguntado de repente con cara inocente que si era feliz. Yo estaba mirando twitter en el móvil y me he reído un poco y me he encogido de hombros. ¿Y a qué viene esa pregunta? No sé, sin más. 
Luego lo he estado pensando. No sé si soy feliz. Me curo. Me despierto y me voy a dormir. Leo cosas. Me pinto los labios. Eso es todo.

One Response so far.

  1. gato says:

    Y estás enamorada y eres correspondida. Y tienes amigos y amigas a los que quieres y te quieren. Y te subes a unos bonitos tacones para ir a la Universidad, Y escribes, con brillantez, en un blog elegante, en el que hablas, de vez en cuando y con cariño, de tus padres y de tu perra. Y te gustas, y me gustas, y les gustas, porque hay que reconocer que te quedan muy bien los labios pintados. Y muchas más cosas, algunas de las cuales probablemente sólo tú conozcas...
    Decididamente, no necesito preguntarte si eres feliz.

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¡Muchísimas gracias!