Pero le faltan un par de lágrimas.


-Me parece que necesitas beber algo caliente, criatura.

-No, gracias, estoy bien, de verdad -consiguió articular Alba entre toses, mientras sentía cómo algo se le desgarraba por dentro. La perspectiva de un buen tazón de sopa o de chocolate la atraía como la luz a un mosquito, pero no podía fiarse. Aunque el hombre pareciese digno de confianza.

-¿Y si te doy mi palabra de caballero de que no te ocurrirá nada malo estando conmigo? Tengo familia e hijos, y te aseguro que no eres la primera jovencita a la que socorro por la calle. A no ser que tengas un sitio mejor a donde ir, claro.

Alba se rindió. Ya no quería pensar, y dado que no era dueña de su cuerpo y que este se le rebelaba a la mínima, decidió que no le importaba lo que le ocurriese. Había llegado a su destino y con eso debería estar satisfecha. Clavó sus ojos en los del hombre. De todas formas, todo acabaría tarde o temprano. Qué más daba bajo un coche, a manos de ese desconocido o en la libertad de las calles parisienses. Aún no había encontrado una razón por la que valiese la pena retrasarlo. Las nuevas ciudades que ansiaba conocer se le antojaban ahora diferentes escenarios macabros para su fin.

-Lléveme a donde quiera -dijo con voz cansada, y después, como respondiendo a una necesidad del cuerpo en el momento justo, se desmayó sobre la acera, contemplando a cámara lenta cómo las luces y el aguanieve giraban en la periferia de sus ojos.

***

-Espera, no te muevas. Está bien. Así. Quédate quieta.

La imagen era borrosa, como mirar al otro lado de un cristal en un día de lluvia. No conseguía distinguir quién le hablaba, pero era una voz de hombre mayor. ¿El ministro? No, porque estaría bebiendo alcohol y fumando puros en su sillón sobre la alfombra persa. El aire olía raro, como a comida quemada. El griterío de la calle resonaba en el piso de abajo y hacía eco en sus oídos. Le dolía la cabeza horrores, como cada vez que se despertaba sin recordar nada, como una muñeca rota que una niña había dejado abandonada en una calle. Respiró hondo para tranquilizarse y el olor la hizo toser.

-Vale, vale, está bien, tranquila -alguien le dio a beber de un vaso de agua tibia. No calmó su sed ni su garganta, pero el dolor del pecho remitió. Poco a poco la sangre volvía a fluir y la llenaba de vida. De repente recordó sin venir a cuento una frase que el ministro le había leído de uno de los libros de lomo dorado que guardaba encima de la chimenea. Alba estaba sentada en su regazo, era apenas una niña silenciosa y extraña con tirabuzones deshechos y vestidos de terciopelo que le daban alergia. El ministro le había dado una última calada a su puro y había expulsado el humo con la barbilla apuntando al techo, como una chimenea, como una ballena satisfecha. Alba siempre había pensado que las figuras que formaba el humo eran ninfas, o hadas, o algún tipo de dios chiquitito que estaba quemando a su padre por dentro. Le gustaba intentar pillarlo entre las manos como si estuviese cazando renacuajos. Pero bueno, aquel día, una tarde anaranjada como cualquier otra, el ministro terminó su puro, lo dejó encima de la mesilla de mármol y cogió el libro con las dos manos, como quien sujeta a una bestia salvaje para encararla. “Vives, mueres, son consecuencias”, leyó solemnemente. En aquel momento las palabras resbalaron y no llegaron a entrar en los oídos de la pequeña, se quedaron enredadas entre los tirabuzones de pelo rojo. Y ahora, de nuevo, salían a la luz en el momento menos pensado. Vives, mueres, son consecuencias. Sentía la sangre fluir por su garganta. Rogó porque no saliese al exterior. Qué estupidez, ¿consecuencias de qué?

-Vuelve a poner esa cara. No sabes dónde estás, te acabas de despertar, estás confusa y cansada. Alguna lágrima me vendría de perlas. Elise, ¿nos queda alguna cebolla madura? Tengo que hacerla llorar.

Una voz respondió desde otra habitación, con la voz cansada y experta de una ama de casa con los tobillos destrozados.

-¿Qué cebolla ni qué niño muerto? Lo último que necesito ahora es que la hagas llorar para alguna de tus estupideces.

Se escuchaban pasos acercándose, pero Alba aún no podía enfocar del todo la mirada. Una mole de color gris se acercó hacia ella y le tapó la luz, al tiempo que le colocaba un trapo frío y húmedo en la frente que ella agradeció horrores. La mujer (porque si de algo estaba segura era de que era una mujer), probablemente la tal Elise, olía a anís y a manzanilla, un toque sorprendentemente dulce en aquella atmósfera agobiante de paredes color tostado.

-¡Pero entonces mi cuadro quedará incompleto! Elise, realmente necesito esa lágrima -insistió la voz, que comenzaba a tomar la consistencia de la de un hombre mayor.

-Tú y tus cuadros. Esos cuadros nos matarán, y no las ratas o las migajas de pan enmohecido que consigo traer yo a duras penas. Porque tú nunca has hecho nada por esta casa. Las paredes ya no pueden soportar el peso de más pinturas, están comenzando a aparecer grietas por todo el techo.

-No seas estúpida, sabes que sin esos cuadros yo no sería nada.

-Si al menos vendieses alguno…

-Nadie quiere los cuadros de un ex-suicida.

-Si pensasen que va a ser el último, tal vez lo comprarían. Pero viéndote vivito y coleando, no creo que nadie se interese.

-Tal vez debería ir a tirarme ahora mismo del Pont Neuf.

-De eso nada, que acabo de fregar la entrada.

La mente de Alba anotaba febrilmente: La muerte es una consecuencia del arte.

-Odio cuando te pones realista, Elise –prosiguió la voz del hombre, desde una esquina de la habitación.

-Y yo odio cuando traes crías a casa. Por dios, mírala, no tiene más de dieciséis años, ¿en qué estabas pensando?

-En que no puedo ver morir a una niña inocente en medio de la calle.

-No, claro, siempre es más agradable verla morir en nuestra casa. Además, ¿cómo sabes que es inocente? Mira su pelo. Y sus pestañas. Eso es señal del diablo. Santíguate.

-Elise, por el amor de Van Gogh, no me vengas ahora con sandeces borreguiles. Prefiero mil veces vivir y descubrir que morir entre nubes de promesas monásticas.

-No dirás lo mismo cuando te asen a la brasa allí abajo. Recuerda, Pierre, que yo no estaré aquí siempre para salvarte la vida.

-Nadie te pidió que salvases nada, querida.

-Entonces deja de darme la tabarra con tus dibujos.

-¿Quieres verlo?

-Es un buen boceto.

-¡Pero le faltan un par de lágrimas!

En este punto, Alba volvió a sumirse en un sopor agobiante como el bochorno y no pudo escuchar el fin de la conversación.

3 Responses so far.

  1. Damned says:

    Qué ambiente tan bohemio :)
    Me gusta~

  2. La parte de arribita de tu blog , ese encabezado ...
    ¡ me gusta ! , en cuanto a lo escrito :
    me gusta la profundidad descriptiva que logràs.

  3. Muy bueno lo que escribes, amiga. Besos.

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¡Muchísimas gracias!