Cartas.


Érase una vez una mujer obsesionada con los pintalabios, el papel arrugado y las gotas de tinta. Como todo el mundo tenía multitud de tics, de gestos determinados y rutinarios que se deslizaban por su día a día de la misma manera que lo hace la respiración. Estas tres pequeñas obsesiones no la marcaban, no la diferenciaban de otras tantas mujeres que observan de refilón sus labios en un espejo, o que arrugan nerviosamente la entrada de un teatro entre las uñas mordidas y los dedos manchados de escribir en cursiva. No buscaba la privatización o la individualidad, no sabía lo que era aquello, simplemente se apoyaba en aquellas tres cosas para sobrevivir.

Un día, la mujer se enamoró. Y curiosamente, fue correspondida de inmediato, ya que, por suerte para ella, tenía una cara bonita y un cuerpo bonito. No era fea, no era desagradable y no era libre, característica que muchos hombres consideraban la más atractiva de las tres. Su jaula era lujosa, después de todo. Una jaula amplia, dorada, como la de un pajarito de lujo, con un bebedero de café con leche y un espejo de caoba.

Sin embargo, los besos se desvanecían entre los barrotes, y la despedida no supo llegar a su destino antes de que él estuviese irremediablemente perdido entre trincheras y barro. La mujer soñaba por las noches que se abría el pecho con las uñas. Soñaba que revolvía entre sus conexiones con los dedos manchados de tinta. Que tiraba de los cables y los rompían. Que mordía el cobre y se apagaba sin hacer ruido. Podía seguir sentada con las manos descansando en el regazo, rodeada de aquel resplandor dorado sin que nadie se percatase de que sus ojos ya no eran suyos. De que su pecho estaba hueco como un caparazón. De que a sus pies se desparramaban cientos de cables chispeantes, pelados, mordisqueados y escupidos.

Sin embargo, justo cuando se había decidido a llevar a cabo su masacre, un trozo de papel se lo impidió. Abrió el vientre del sobre con manos temblorosas y con la primera lágrima que derramó leyendo la carta se dio cuenta de que le dolía el pecho porque comenzaba a recuperar el corazón, trocito a trocito, un corazón nuevo de papel arrugado, surcado de líneas en cursiva.

Las cartas continuaron llegando, sin interrupción, puntuales y llenas de promesas que ella iba abriendo con fiebres por todo el cuerpo. Con cada letra, su amante le hacía el amor con más sentimiento del que nunca había sentido físicamente, cuando intentaba deslizarse a través de los barrotes completamente desquiciada. Al acabar besaba la esquina derecha de cada papel, aspirando el olor del mundo exterior e imaginándose que así olía él: a tierra, sal, aire y fuego. Dejaba el sello de sus labios en la carta como una amante satisfecha.

2 Responses so far.

  1. Lola says:
    Este comentario ha sido eliminado por el autor.
  2. Lola says:

    "No buscaba la privatización o la individualidad, no sabía lo que era aquello, simplemente se apoyaba en aquellas tres cosas para sobrevivir."

    PD.Tengo muchas ganas de saber que ha pasado con Alba.

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¡Muchísimas gracias!