Dulce.

Una vez que estuvo sola
aprovechó para escapar de la luz
y salió a la terraza nocturna
con una ciruela en la mano.

A su alrededor todo sombra,
como bañada por una bombilla de luz negra
y a lo lejos, más allá de los cristales sucios,
de las plantas trepadoras, de la lavanda,
la menta de chocolate y los rosales escuálidos
una multitud de mosquitos titilantes,
borrosos y naranjas
se acercaban en enjambre hacia ella
en alas de un viento frío y húmedo.

Sin dejar de mirar la ciudad borrosa
como si estuviese planeando conquistarla
se acercó la ciruela a los labios
y la acarició en un beso mecánico.
Era suave como la piel de una mejilla.

Con delicadeza arrancó un trozo de piel
y dejó que sangrase en su boca.
La miel que supuraba la fruta
pronto se mezcló con su propia saliva
y entonces se dio cuenta de que quería más.

Mordió con ansia la pulpa
surcada de venas de azúcar,
dejó que la mermelada se fundiese en el paladar,
mientras con la punta de la lengua
exploraba y acariciaba el corazón.
Pronto lo tuvo íntegro entre los dientes
un botón rugoso,
la esencia de la carne tierna que acababa de devorar.

Sin dejar de mirar la ciudad
jugó con él en su boca,
lo despojó de cada lágrima dulce,
lo desnudó
disfrutando de las últimas gotas
que empañaban sus labios
y se deslizaban por la barbilla
dejando a su paso un olor estival.

Luego escupió el hueso en la palma de la mano
y relamiéndose como un animal saciado
desapareció de la terraza en tinieblas
cerrando la puerta tras de sí.

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