Los dias rojos de Holly.


Ella decía que en los días grises (o rojos, según Holly Golightly), se ponía una película antigua (que desentonaba de sobremanera tanto con el portátil negro como con su pijama de pelusilla vieja) y se recreaba en la nostalgia de unos trajes a rayas que en realidad nunca había llegado a ver en vivo y en directo.

Los días grises no tenían por qué ser grises.
Podían ser soleados y de colores completamente nítidos, como si algún artista se esforzase en enseñarle una y otra vez una obra maestra que ella no podía evitar desdeñar. Tampoco tenían que ser necesariamente caídas. De hecho tendrían más que ver con continuos aterrizajes interminables sobre algodones impregnados de alguna sustancia soporífera.

Ella sabía que en aquellos momentos, como quien se traga una pastilla, era necesario recrearse en algún himno medio olvidado de 1957 y esperar a que hiciese su efecto el viaje en el tiempo.

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