Aquel día fue la primera vez que Alba decidió leer algo del escritor. Esa misma noche, abrumada por una sensación nueva y extraña, le robó a la Condesa el libro de la mesilla. Se recostó boca abajo en la cama con el camisón amarillo limón de verano, ya desteñido y suave, que olía al mismo suavizante desde hacía tantos años, y acarició la cubierta con los dedos siguiendo el ritual materno. Luego lo abrió y comenzó a leer la primera página.


Y el escritor la miraba desde cada palabra, le susurraba al oído cada frase, a ella, personalmente, como en el bar, cuando le había dicho con la mirada tantas veces que le estaba hablando a ella, a ella y sólo a ella, a pesar de su madre escondiéndola con la espalda y con el moño pelirrojo, a pesar del jazz que cubría la atmósfera, a pesar de que se obligase a esquivar sus ojos y sus palabras, siempre había sido a ella, a ella y sólo a ella. Cuanto más leía, dejándose envolver por el aura electrizante del monstruito del escritor, que hacía muy bien su trabajo, más segura estaba de que le hablaba directamente. De que la deseaba a ella. Sus ojos la buscaban y sus palabras le estaban llegando a través de esa marabunta de papeles impresos. Por eso, cuando los protagonistas se tocaban no podía evitar que se le pusiese la piel de gallina, y cuando se besaban no podía evitar llevarse la mano a la boca. Se dejaba llevar por el hechizo del escritor, se dejaba hundir más y más en el encanto de la historia, en la nube de algodón de azúcar que envenenaba cada milímetro de su piel y la hacía arder. Se dejaba acariciar por el hijo de papel como si fuese un mensajero de su creador. El escritor la deseaba a ella, sólo a ella, a ella…




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