Claudinita (2)

Claudinita se levantaba todos los días a las cinco y media de la mañana. Desayunaba, se daba una ducha, se secaba el pelo boca abajo y bajaba a comprar el pan y los periódicos a la esquina. Como vivían en la calle Sanclemente no le separaban más de dos minutos del trabajo, pero prefería tener tiempo para maquillarse y peinarse cuidadosamente. Era el ritual más importante de la mañana, la serie de pasos mecánicos por los que se recomponía a sí misma antes del amanecer. Primero se colocaba una diadema y se aplicaba la base con una esponja, como si pintase el fondo de un cuadro. Luego algo de sombra marrón, rímel y pintalabios rojo ciruela. Después de soltarse el pelo lo recorría con los dedos, siempre de color marrón otoñal, siempre alguno de sus rizos se soltaba y iba a saltar travieso delante de su ojo, una hoja muerta cayendo sobre un estanque de venas relucientes y claras. 

Claudinito dormía a pierna suelta como un niño pequeño, y su espalda desnuda reflejaba cada mañana los primeros rayos de sol. Claudinita pasaba por su lado de puntillas y se vestía en la oscuridad, luego se sentaba en el sofá y leía un rato hasta que él se despertaba. Esa era su señal para irse a trabajar. Dejaba a Claudinito vistiéndose con desgana para ir a la Universidad, siempre despeinado y sin desayunar. Le quedaba sólo un año para acabar el grado de Arquitectura. Claudinita le daba un beso de despedida y se encaminaba hacia su trabajo para una agotadora jornada de doblar y colgar topa y tocar dinero. 

Con resignación, se puso el uniforme y comenzó a pensar en lo que le faltaba para llegar al dinero que tenía pensado ahorrar. Hizo rápidos cálculos mentales, bloqueando su mente a la música repetitiva y martilleante de la lista de reproducción de la tienda. Dos mil euros. Dos mil euros más y podría comprarle la moto a Claudinito. A los seis años le regaló una pequeña moto de juguete, tan grande como la palma de su mano, que Claudinito había conservado durante toda su vida cerca de él, con tanto amor por el vehículo como por la chica que se lo había regalado. Un pequeño juguete de hojalata donde se escondía el secreto de toda una relación. Claudinita llevaba muchísimo tiempo ahorrando para comprarle el de tamaño real, y la cara de sorpresa de su novio bien valía todo el tiempo invertido en trabajos de media jornada.

Esa noche Claudinito le mandó un mensaje para decirle que se quedaba por la uni para tomarse unas cañas con algunos de sus compañeros, así que Claudinita le mandó besos y muchos corazones y se quedó cenando en casa una ensalada de tomate y pasas mientras veía Notting Hill en la televisión. Se quedó dormida en el sofá con el plato a un lado sobre la manta. Claudinito la despertó mucho más tarde con un beso en la frente y ambos se fueron a dormir en un silencio agotado.






One Response so far.

  1. Cada vez me enamoran más estos dos :)

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¡Muchísimas gracias!