La Flor de Almibar.

Cuando Alba terminó de bailar ese día hacía un calor tan espantoso que le pareció que se le había fundido el maillot con el cuerpo. Salió de la academia al tiempo que se colocaba los auriculares en las orejas, intentando olvidar el dolor sangrante que sentía en las uñas de los dedos de los pies, y lo poco que le apetecía llegar a casa y tener que ponerse a estudiar. Se sentía febril; llevaba todo el bochorno sobre la piel y la veía brillar desde los escaparates como un pez de colores.

De repente, cuando se había detenido un momento a relamerse mirando los marron glacé y los merengues de punta quemada que siempre había en la Flor de Almíbar, una mano le tocó el hombro. Al darse la vuelta se encontró frente a frente con el escritor, que la miraba con una sonrisa elegante y relamida, impregnada en perfume de hombre y rebosante hasta los bordes de dientes de un blanco impoluto. Como Alba era una niña muy bien educada, se quito los cascos, dejándolos colgando sobre el borde del escote del vestido, y repondió a su sonrisa.

-¿Te acuerdas de mí? - preguntó amablemente el hombre.

-Sí - no. Esperaba no tener que llamarlo por su nombre.

-Ah, qué bien. ¿Vas hacia algún lugar ahora?

-Bueno... vuelvo a casa ahora, acabo de terminar mi clase de baile - Alba sonrió, sonrojada ante la las continuas exclamaciones del escritor, que era todo miel y nata,.

-Yo venía ahora mismo de comprarme un libro muy bueno en la FNAC sobre Arte Contemporáneo. Tiene unas ilustraciones preciosas... ¿te gusta el arte?

-¿El arte? Sí...

-Ah, además si eres bailarina seguro que te gusta, ¿no? Porque bailar es un arte, como todo. Me alegro mucho de haberte visto. ¿Tienes mucha prisa?

La niña pelirrojiza suspiró, apabullada. Se perdía en los ojos de aquél escritor, negros como diamantes magnéticos. Reconoció esos ojos. Recordó su nombre. Y al momento, la imagen de su madre se impuso sobre todas las demás en su mente. Su madre, que la esperaba en casa mirando sin descanso álbum tras álbum de fotografías antiguas, llenándose la ropa y el pelo revuelto de polvo. Fotos de Polaroid en las que sonreía a la cámara con guantes de crepé de china hasta el antebrazo y vestidos de satén plisado y cintas de tafetán adorando el pelo. Todos esos guantes y vestidos y cintas que escondía para que su hija no los encontrase y los deformase con sus caderas y unos brazos que nunca eran tan finos como deberían.

-No, en realidad no tengo mucha prisa -resolvió Alba. Un brillo fortuito iluminó durante un segundo las pupilas del escritor, que se relamió los colmillos, se acercó un paso más y cambió por completo el tono de voz a uno más aterciopelado y menos exultante. 

-Entonces déjame que te enseñe este libro, creo que te puede resultar muy interesante. ¿Te apetece?

-Sí, por qué no -la verdad era que el libro tenía buena pinta. Y eso, parecía muy interesante. Y además ese hombre olía tan bien. Y le gustaba tanto a su madre. Por algo sería. A mamá no le importaría, pensó. Es amigo suyo, no puede hacerme nada malo. 

-Ven, te enseñaré una tetería que conozco que está cerca de aquí donde tienen un té de canela que seguro que te gusta mucho. Claro que si no te gusta el té también hay zumos y café.

-Me gusta el té -se escuchó responder Alba mientras sentía cómo el escritor le colocaba un brazo sobre los hombros y la conducía por la calle en la dirección opuesta a casa.

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