Hagamos como que es miércoles, ¿vale?

Capítulo. 4: Regla número uno

En ese momento escucharon cómo se abría la puerta de la calle y una voz comenzaba a hablar sin parar.

-¡Elise, qué alegría verte! No te imaginas la noche que he pasado. Oh, si lo hubieseis visto, el salón era de color dorado, no, naranja, pero las lámparas sí que eran doradas y parecía que irradiaban perfume además de luz. ¡Y la comida! Había cinco criados con una bandeja de pasteles cada uno, con crema, nata, chocolate fundido y helado de frambuesa y queso. Claro que yo no pude probarlos, pero olían absolutamente deliciosos, tanto que se me hizo la boca agua mirándolos mientras bailaba y creyeron que mi cara era una parte más del espectáculo, qué gracioso. Y había cortinas de seda colgando de los candelabros, y los manteles de las mesas estaban completamente impolutos, no había visto un blanco tan blanco en mi vida. Y fruteros de oro con frutas rarísimas, y champagne brillante en copas tan grandes como mi antebrazo. Al final me ofrecieron un trozo de tarta, pero les dije educadamente que no, como es lógico. Les hice gracia y me dieron más dinero de lo esperado. Oh, la gente rica es tan maravillosa. Tendríais que haberlo visto. ¿Y Pierre? ¿Dónde está Pierre? ¡Pierre!

La voz con tacones se acercó alegremente por el pasillo, llamando con urgencia al hombre. Al otro lado de la puerta ya no se oía nada. Pierre y Alba intercambiaron una mirada, pero antes de que ninguno pudiese decir nada, una joven apareció delante de ellos dando un salto artístico y grácil.

-¡Pierre, por fin te encuentro! Escucha, vas a estar orgulloso de mí, vaya que sí. Con lo que he ganado por fin voy a poder comprarme un pintalabios decente –de repente miró por encima del hombro del pintor y se encontró con Alba-. ¿Quién es esa?

-Odette, baja la voz – dijo simplemente Pierre, con tono autoritario.

-¿Por qué, qué pasa? –respondió la chica con un timbre chillón.

Alba se dedicaba a observarla con los ojos abiertos a rabiar y expectantes de un niño al que le acaban de regalar un juguete nuevo y está esperando a averiguar qué es lo que puede hacer para divertirle. La tal Odette no tendría muchos más años que ella, pero no se reconocía en su forma de ser en absoluto. La forma tan inusual que tenía de vestir y su exaltación egocéntrica adolescente la convertían en una criatura la mar de graciosa, extraña, con un olor dulce e inquietante del aura incompleta que caracteriza a los artistas. Tenía el pelo rubio, recogido sin muchos miramientos, probablemente decolorado con algún producto químico que lo había dejado áspero y salvaje. Su cara era blanca como el papel, algo amarillenta por cargas y pecados que no correspondían a su edad, pero intentaba dulcificarla añadiendo buenas dosis de rubor artificial a los pómulos estrechos. Los ojos, pequeños y resplandecientes, verdes a la luz y negros a la sombra, nada digno de mención. Los labios estaban pintados de carmín chillón, pero aun así eran carnosos y estilizados, y le daban el toque final de estética artificial que la caracterizaba. El cuello largo y delgado, la figura escuálida y ágil, el vestido estrafalario, como una especie de delirio oriental de gasas y tules y falsas joyas. Le devolvía la mirada a Alba con la desconfianza de las personas ignorantes que lo saben todo sobre la gente. Era la imagen de una niña que estaba a mitad de la larva y la mariposa; aguantaba las imperfecciones del gusano mientras intentaba salir del incómodo capullo de seda con las alas brotándole ya en la espalda.

-Anthon acaba de tener una crisis –explicó Pierre con voz calmada.

Odette se volvió hacia ellos con los ojos relampagueantes.

-¿Cómo ha sido esta vez? –inquirió.

Justo cuando Pierre estaba a punto de responder, Alba le interrumpió.

-Fui yo –admitió-. Abrí la puerta sin querer.

Odette hizo un mohín y puso los ojos en blanco.

-Pues que lo pague ella, porque yo no voy poner ni una sola moneda por ese imbécil.

Y después de decir esto se fue como una reina despechada hacia otra de las puertas del pasillo, y desapareció en su interior con ruido de tules rozándose.

Pierre suspiró. De repente parecía más viejo que antes.

-Volvamos a la cocina –dijo con voz cansada, agarrando a Alba del hombro-. No te has acabado todo el café.

2 Responses so far.

  1. Clara says:

    Adoro los miércoles :)

  2. Lobo says:

    Regla número 1: No empatices con nadie.

    Corrigo a Clara: Adoramos los miércoles :)

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¡Muchísimas gracias!