Imaginarme

De nuevo en la cocina repleta de palomas Alba se sintió algo mareada, como si todo lo que hubiese visto fuese un espejismo o su mente le volviese a jugar una mala pasada dejándola cruzar los límites de la imaginación, esos que otorgan el apelativo de locos a quienes se atreven a cruzarlos, y que luego se cierran tras sus espaldas para no dejarles volver al mundo real. Se sentó en una de las sillas y alguien le tendió otra taza caliente.

-Siento que hayas tenido que ver esto –dijo Pierre, sentándose a su lado. Alba se concentró en la taza, en cómo el líquido negro se movía de un lado a otro. El olor la despejaba-. Esos dos nunca se han llevado muy bien. Normalmente conviven sin problema, pero tienen caracteres muy opuestos.

-No pasa nada –contestó Alba sin dejar de mirar en el interior de la taza.

-Estoy seguro de que conseguirás llevarte muy bien con ellos, de todas formas. Odette es casi de tu edad, y Anthon… bueno, es un buen muchacho.

-¿Entonces ya da por hecho que me voy a quedar aquí? –preguntó Alba, entre divertida y algo molesta. El hombre se encogió de hombros.

-¿A dónde quieres ir? Seamos sinceros, cuando te encontré estabas a punto de morir de frío y de soledad. Aquí siempre habrá alguien para tenderte su mano cuando lo necesites, o una taza de café caliente.

-En realidad lo que está queriendo decir es que necesitamos más gente para el espectáculo –intervino Elise, que acababa de aparecer en la puerta con los brazos en jarras.

-El espectáculo es lo de menos, Elise –exclamó Pierre mientras la mujer se ponía manos a la obra a revolver cajones y armarios de espaldas a ellos.

-Vamos, Pierre, llevas encaprichado de esa niña desde que llegó. Tú quieres que actúe, y nosotros queremos comer. Entonces, ¿qué? ¿Vas a quedarte con nosotros o no? –preguntó al tiempo que se detenía en su búsqueda y la taladraba con la mirada. Alba se encogió de hombros.

-¿A dónde puedo ir si no?

-¡Excelente! –exclamó el hombre con una gran sonrisa.- Sabía que te convenceríamos.

-Pero, ¿qué tengo que hacer?

Elise se incorporó sujetando un enorme fajo de sábanas y telas, y la observó de arriba abajo.

-Creo que eso será lo de menos.



Alba caminó a buen paso detrás de la mujer a lo largo del pasillo repleto de puertas, y volvió a subir las escaleras llenas de plumas de paloma hasta la habitación de los cuadros. Elise hablaba sin parar mientras abría la puerta de la habitación de una patada, ya que los brazos los tenía ocupados con las sábanas limpias.

-La primera puerta es la de Anthon, ya la has visto, y la del final es la de Odette. Falta Olivia, que llegará mañana por la mañana, supongo. Nunca sabemos dónde se mete, pero siempre llega por la mañana. Tú por ahora dormirás aquí arriba. Sabes hacer la cama, ¿no?

Alba asintió con la cabeza, aunque no había hecho una cama en su vida. Elise arrojó las sábanas sobre el diván sin muchos miramientos y fue a cerrar la ventana, dejando fuera a un par de gorriones que se asomaban con curiosidad. Luego se volvió a mirar a Alba, que esperaba en el centro de la habitación con los brazos muertos a ambos lados del cuerpo y la cara de uno de los Niños Perdidos.

-Regla número uno: nunca, y escúchame bien, nunca molestes a Anthon. No tenemos dinero para más violines ni paciencia suficiente para soportar sus arranques, al menos yo. Así que mantente alejadita de su puerta, ahora que ya sabes cuál es. Si él te habla, le contestas, pero no te acerques para abrirle conversación por mucho que te atraiga la idea, ¿estamos?

Alba asintió enérgicamente, aunque no sabía por qué tenía que atraerle la idea de hablar con alguien que era capaz de romper su violín contra el suelo a la primera de cambio.

-Regla número dos: confía en nosotros. Eso no quiere decir que nos cuentes tu vida, sino que hagas exactamente lo que te digamos, ni más ni menos. Si nos haces caso podrás comer. No sé qué habrás pensado que es eso del espectáculo, pero no te lo tomes a broma. Para nosotros es nuestra forma de vida, y de él dependerá que sobrevivas o no. ¿Sabes hacer algo en especial?

Alba tomó aire. Se había preparado ya para esa pregunta, y en aquel momento, bajo la mirada taladradora de los ojos claros de Elise, sentía cómo todos sus recuerdos se disipaban bajo las brumas de Venecia. Hizo un enorme esfuerzo por recordar qué hacía en la mansión del ministro, qué era lo que mejor se le daba, qué había hecho siempre…

-Bueno, puedo imaginarme cosas.

Elise soltó una carcajada, mitad sorpresa mitad burla.

-Entonces esperemos que puedas imaginar que sabes hacer algo útil.

Le dio la espalda y se acercó hacia la puerta mientras se atusaba el moño. Justo cuando estaba a punto de abrirla pareció acordarse de algo y se detuvo.

-Ah, se me olvidaba. Regla número tres: no dejes entrar a los pájaros.

Y nada más añadir esto cerró la puerta de la habitación tras de sí. Alba se sintió de repente acechada: cientos de ojos parecían vigilarla desde los cuadros. Dio una vuelta sobre sí misma, recorriendo cada pintura con la mirada. Después, les sacó la lengua. Abrió la ventana y los gorriones entraron y se posaron sobre las escarpias de los cuadros, cantando en voz muy bajita. Alba se tumbó en el diván sobre las sábanas plegadas y se dedicó a escucharlos hasta que le pareció que ella también podía piar como ellos. Después se quedó dormida de nuevo.

2 Responses so far.

  1. Lobo says:

    Eso de sacarle la lengua a los cuadros me gusta.
    Me gustan los miércoles.

  2. gato says:

    Cuando alguien tiene el don, Miss, lo mejor que puede hacer es compartirlo.
    Gracias pues.

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¡Muchísimas gracias!