Siempre con esa ridicula obsesion por el amor.

Pues sí, porque lo único que redime al ser humano es el amor. Lo sé ahora que he crecido y no lo saboreo ya entre brumas, sino de forma mucho más virulenta, como bocanadas de aire huracanado, tan agradecidas en este viaje nómada por el desierto. Ahora que no huele a ceras de colores ni tiene esa apariencia fantasmal que no se dejaba estrechar del todo ni tocar del todo ni ver del todo. A veces me invade de tal manera que tengo ganas de gritar. Tan fuerte que no sé cómo agradecerlo. A veces se va, sí, pero siempre vuelve, un calor repentino que reblandece mis huesos. Amor del bueno, del que no duele, del que te gustaría llenar el mundo y a todo lo que te inspira, del que me gustaría impregnar un poco cada una de estas letras. Amor de ese que hemos leído tantas veces con un encogimiento de hombros, incondicional, lleno de gratitud simple y absoluta por existir a quien te recalienta el corazón cuando el frío arrecia. Un amor tan profundo que te preguntas cómo no has podido sentirlo mucho antes, como una nueva parte de tu cuerpo que nunca te hubieses detenido a mirar. Tan sencillo que no necesita preguntas, ni comparaciones, ni etiquetas, ni nada de nada. Con una fuerza tan grande que es capaz de hacerte levantar por las mañanas e incluso de hacerte llegar a pensar que la especie humana tiene perdón, si es capaz de llegar a amar así.



2 Responses so far.

  1. Julia says:

    Increible, me encanta esta entrada y sobre todo la ultima frase, me encanta =)

  2. Lola says:

    No podrías haberlo descrito mejor. No dejes de escribir, nunca.

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¡Muchísimas gracias!