Aprender a patinar.

La verdad es que estos días son una especie de limbo en el que tengo a la vez ganas de hibernar y una curiosidad algo miedosa por ver cómo es mi primer día de universidad (una fecha que, para quien no lo sepa, llevo esperando desde que puse un pie fuera del colegio de primaria). En estos días tontorrones me doy cuenta de que hago muchas cosas estúpidas. Como salir de casa al mediodía con los cascos grandes, un vestidito corto y tacones con la idea de ir buscar vestidos (sí, es uno de los planes más atractivos que se me pueden ocurrir) y así de paso "practicar un poco con los tacones, y así si me caigo, mejor caerme sola". Mentira cochina. Da mucha más vergüenza torcerte un tobillo cuando no tienes nadie con quien reírte de ti misma al lado. 

El caso es que ayer, cuando volvía ya más muerta que viva a casa buscando mi refugio fresquito en el sofá y mi sombra y mis pies desnudos en el suelo (sólo las mujeres y ciertos hombres podemos sentir el orgasmo doloroso de lanzar los tacones por el aire y poner los pies en plano cuando ya no puedes más), me encontré con una imagen graciosa. Subía la cuesta que lleva a mi puerta, que en los días de invierno parece una subidita por el Kilimanjaro en plena ventisca y en los de verano me hace sentir como el vaquero curtido de una película del oeste, con las plantas esas rodantes pasando por mi lado con un silbido del desierto y yo poniendo un tacón tras otro con cara de enfrentarme a la calle. Llevaba toda la mañana andando en tacones y aunque sean de buena calidad duele y cansa. Cansa mucho. Porque andar en tacones exige dos esfuerzos, o más bien tres: uno físico, evidente, y otros dos derivados de él, uno psicológico y otro moral. El psicológico es desentenderte de tus pies para andar lo más natural posible. El moral es no sentirte un bicho raro cuando se te dobla traicioneramente un tobillo en mitad de la calle cuando precisamente mejor crees que estás andando y maldices tu cuerpo de rodillas para abajo. Hay que recuperarse, mojarse los labios, subir el volumen de la música y poner cara de sorpresa, como si eso nunca te hubiese pasado. Y seguir.

Bueno, pues agotada tras todos esos esfuerzos, estaba a punto de llegar a mi portal cuando me crucé con una niña pequeña (esta vez de verdad) que bajaba la cuesta sobre unos patines de línea de plástico rosa, abrazada al brazo de su padre con cara de miedo. Nos cruzamos cada una para un lado, las dos con cara de sufrimiento y con el convencimiento interno de que en cualquier momento nos íbamos a dar con los morros en el suelo. Las dos temblando sobre nuestros tobillos. Y en ese preciso instante en el que vi su mirada asustada y un poco avergonzada de encontrar a una niña mayor que la viese pasar el apuro, estuve a punto de decirle con compasión de hermana "y lo que te queda, maja".





One Response so far.

  1. gato says:

    Se me ocurre que podíais haber intercambiado, sobre la marcha, los elementos de voluntaria y gozosa tortura. En cualquier caso no hay mejor, en los momentos de angustia, que poder sentirse hermanado con otro angustiado.
    Por cierto, me ha parecido un artículo tremendamente sexy.

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¡Muchísimas gracias!