Salsa de tomate.

Ayer en el supermercado escuché un estruendo y un llanto infantil en el pasillo de al lado. Al acercarme sigilosamente vi una niña pequeña y rubia con un chándal rosa que sollozaba desconsolada al lado de un gran charco de salsa de tomate, de un rojo reluciente y triste sobre el suelo sucio. Latas rojas rodaban por las baldosas con un sonido metálico cascado, mientras otras se tambaleaban deseando caer también.  La madre, embutida en una falda lápiz y una americana oscura, huía de la mancha que se expandía peligrosamente hacia sus zapatos de ante, al tiempo que gritaba y gesticulaba, haciendo que la niña llorase cada vez más fuerte. Tienes que tener más cuidado, que siempre haces lo mismo, cagüen la leche, ya estoy harta de ti. La niña hipaba sin poder dejar de gimotear mientras cogía entre sus manitas una de las alas de mariposa que le crecían en la espalda y que habían sido las causantes de que hubiera derribado sin querer la torre de latas de salsa de tomate.




2 Responses so far.

  1. gato says:

    Como dice Silvia Marsó en varias ocasiones, en su —a mi juicio acertado— papel de madre a lo largo de la película "Nene, los muertos no se tocan": "Me cago en los hijos..."
    Ahora que lo pienso, no sería la figura que parecía escabullirse apresurada, hacía no se sabe donde, en el post anterior...
    Lo digo por las suelas rojas. A lo mejor no eran de Christian Louboutin, como me atreví a suegerir, sino simplemente salsa de tomate; vulgar y glamurosa.
    Delicioso el final, que ternurita.

  2. gato says:

    Error: quise decir "para nada glamurosa"

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