La enfermedad.

La imagen de Alba, pálida como una aparición entre sábanas ensangrentadas, taladrándole con la mirada en silencio mientras un hilillo de sangre descendía por la comisura de su boca, cual vampiro satisfecho de comida, fue un recuerdo que atormentó al ministro hasta el fin de sus días. Se abalanzó a abrazarla con los ojos empañados en lágrimas y a prodigarle palabras de ánimo y afecto que la chica no escuchó. Tampoco correspondió a su abrazo. Se quedó encogida, blanca y temblorosa entre sus brazos, con la mirada perdida en algún punto del techo. Aquella fue la primera vez que el ministro sentía verdadera lástima por alguien, y eso redobló su afecto por la muchacha. La veía como un pajarillo herido, algo pequeño y frágil a lo que había que cuidar, sabía que ahora era cuando realmente dependía de él, y eso, unido a la atracción que sentía por ella, llevó su obsesión al límite.

Alba tuvo que permanecer en cama unos cuantos días más, en los que únicamente durmió, se ensimismó en sus propios pensamientos y tosió de vez en cuando. No dijo ni una sola palabra y se negó a comer. Se ovilló y permaneció mirando la pared durante horas, casi sin parpadear, haciendo caso omiso del ministro, que pasaba día y noche a su lado sentado en un sillón y con respeto absoluto por su silencio. Nadie se imaginaba lo que se le pasaba por la cabeza, y nadie se atrevía a acercarse a ella. Ni él mismo la tocó, ya que le daba miedo que se deshiciese entre sus manos como un sueño maravilloso si alargaba la mano y le rozaba un milímetro de su piel. Las palabras “neumonía tuberculosa” -susurradas con temor por el médico a su oído en un intento de hacerle recobrar la conexión con la tierra- no significaban nada para ella. Casi se olvidaba hasta de respirar. Lo único que daba señal de que seguía viva eran los escalofríos y los gemidos nocturnos, acompañados de fiebre y más tos. Y más sangre. Día tras día, noche tras noche. Venecia continuaba llena de vida, ajena a su habitación y a su cama, ajena a su dolor y al ansia y la desesperanza que carcomían día tras día al ministro. Alba iba a morir. Todos lo sabían, el médico lo sabía y hasta ella misma lo sabía. Pero no parecía importarle. No dejaré que te lleves su cuerpo, no ahora, no hasta que sea mía. Devuélvemela, por favor, pensaba con amargura el ministro, sin saber a quién iba dirigido el ruego.

2 Responses so far.

  1. gato says:

    Mis disculpas, porque creí que Sangra era un texto aislado, de ahí el comentario que le dediqué. Pero al ver que continuaba, he deducido que también había de tener un principio, y me he lanzado a buscarlo...
    Por favor, por favor, no mates a Alba. Después de leerte, en la progresión debida, creo que la quiero; no como el ministro rijoso, sino como el lector cautivado ama a su protagonista.
    ¿Sería suficiente soborno enviarte un beso a cambio de su vida?

  2. me encanta! hermoso texto. pasate por mi blog! saludos.

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