Sangra.


Cuando despertó aún escuchaba los ecos de aquellas palabras en la cabeza. Abrió los ojos de pestañas rojas poco a poco, con una mueca de dolor. Se encontró tumbada en su cama, la luz de la luna se filtraba a torrentes por la ventana e impregnaba la habitación de luz diamantina. Se revolvió un poco entre las sábanas, gimiendo. Recordaba haber soñado con imágenes difusas, sonidos chirriantes y dolores muy molestos. Se hundía en un mar embravecido que la zarandeaba como a una rama seca, sin dejarle respirar. Al evocar esa imagen se dio cuenta de que el agobio persistía, como un parásito agarrado a su pecho. Se incorporó de golpe, sacudida por una fuerte tos que le hacía temblar todo el cuerpo. Los brazos firmes de una criada la sujetaron de los hombros y le cubrieron la boca con un pañuelo, mientras ella intentaba expulsar todo el dolor por la boca. Al terminar, un sudor frío volvía a brillar sobre su frente, llenándola de perlas saladas. El dolor del pecho remitió y se agazapó como una fiera, esperando el momento oportuno para atacar de nuevo. El ritmo de su respiración poco a poco volvió a la normalidad.

La criada que había estado sujetándola durante el violento ataque de tos retiró el pañuelo con rapidez y se apresuró a lavarlo en una jofaina llena de agua. Alba se quieta donde estaba, reflexionando sobre aquella pérdida tan repentina del control sobre su cuerpo. Nunca había experimentado nada parecido, y estaba segura de que no le apetecía volver a hacerlo. Se sentía más agotada que nunca y con ganas de llorar, pese a que por fuera su cara no exteriorizaba ninguna emoción, al menos ninguna humana. Mientras pensaba, se dio cuenta de que la mujer trataba de cubrir la jofaina, como intentando que ella no viese su contenido. Con cuidado, se incorporó de la cama y se acercó a la criada por detrás, descalza. Al asomarse por encima de su hombro, descubrió que el agua era un líquido rojo que desprendía un intenso olor metálico, sobre el que el pañuelo flotaba como una barca encallada en un pantano. Las manos de la criada estaban manchadas de sangre diluida hasta las muñecas.

Alba retrocedió con una exclamación de horror, haciendo que la mujer pegase un brinco y que la jofaina cayese al suelo, desparramando todo su contenido. La carnicería manchó las baldosas y avanzó con rapidez hasta llegar a los pies desnudos de la chica. Alba dio unos pasos hacia atrás y volvió a subirse a la cama, mirando sucesivamente con los ojos desorbitados a la criada y la sangre que fluía ya por debajo de su cama. Unas habitaciones más lejos, el ministro escuchó un estruendo que procedía de la habitación de la joven y salió como alma que lleva el diablo hacia allí, sin preocuparse por las normas y las prohibiciones. Alba entre tanto se pegaba contra la pared y miraba a todas partes como un animal asustado y desconfiado, sin decir una palabra. La criada se había quedado en estado de shock, sin saber si salir fuera de la habitación o acercarse a la chica e intentar ayudarla. Se apresuró a absorber el agua manchada con un trapo, mientras intentaba no mirar a aquella llamarada naranja que se encogía entre las sábanas manchadas con su propia sangre.

Con cuidado, Alba deslizó un dedo por sus labios, y al acercárselo a los ojos comprobó que también estaba impregnado de sangre. Tragó saliva, y un sabor dulce y metálico la mareó durante unos instantes. El sabor de su propia vida, de su propia esencia, que se le escapaba por la garganta.

4 Responses so far.

  1. gato says:

    Sanguífera pesadilla la que describe este hematonírico relato. Creo que cumple con su estremecedora intención; yo he corrido a ocultarme en el interior de mi cesta.

    Mis saludos y gracias de nuevo
    (es que te he dejado otro comentario en un post anterior, pero quizás no lo leas)

  2. Micaela says:

    me gusto el post
    soy nueva en esto de los blogs
    te sigo porque me encanto tu blog
    saludos =)

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¡Muchísimas gracias!